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Adiós al fotógrafo de la retaguardia

El ojo asombroso de Vicente Nieto

Fascinado por los fotogramas que encontraba en la basura, a Vicente Nieto le entró el veneno de la fotografía de niño. Muerto a los 99 años, hoy son los mejores fotógrafos del país los fascinados por sus imágenes

 

Vicente Nieto observa sus cámaras en León, en la muestra «La mirada furtiva» en el Instituto Leonés de Cultura. Junio del 2011. - j. casares

CARLOS FIDALGO
05/05/2013

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Las fotografías de Vicente Nieto.

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Sus primeras fotografías fueron retales de viejas películas revelados al sol sobre papel sensible, en la plaza de La Encina de Ponferrada. Pero las imágenes se desvanecían en segundos.

Miliciano durante la Guerra Civil, fotografió la retaguardia de la Columna Mangada, en la sierra de Madrid. Fue encarcelado tras la derrota republicana, pero no quemó sus negativos, como hicieron otros. Y dejó una colección de más de cinco mil imágenes de la España de posguerra que le han encumbrado entre los genios de la fotografía del siglo XX. Un genio intuitivo al que poca gente conoce. Su nombre era Vicente Nieto Canedo, murió el pasado 26 de abril a los 99 años, y aunque siempre se vio a sí mismo como un aficionado, había nacido con un don; un ojo asombroso para la fotografía que sólo al final de su vida ha captado la atención de los entendidos y curiosos.

Hijo de José Antonio Nieto y Amalia Canedo, un matrimonio de comerciantes que tenía un estanco en el número 14 de la plaza de La Encina de Ponferrada, Vicente Nieto Pitines —así le apodaban— jugaba de niño en las ruinas del Castillo de los Templarios y nadaba en las aguas del río Sil. Y le entretenía, sobre todo, rescatar de la basura retazos de películas de un cine de la ciudad y hacer copias de los fotogramas en papel sensible que compraba junto a sus amigos por unos céntimos. Pero las imágenes apenas duraban unos instantes. «Metedlas en agua de sal», les aconsejó un día alguien que los vio jugando con los fotogramas, según contaba el propio Nieto en el documental que Jesús Palmero y el fotógrafo berciano Amando Casado rodaron entre septiembre del 2009 y agosto del 2010 con el título de La mirada furtiva, con motivo de la exposición que el Ministerio de Cultura —al que nieto donó su archivo de más de cinco mil negativos— y el Instituto de Estudios Bercianos (IEB) organizaron para poner en valor su obra. «El veneno de la fotografía», como le gustaba decir a Nieto, había entrado en su vida para quedarse.

En aquellos años, el estanco familiar vendía de todo, aunque mucho menos que su competencia directa de los almacenes Romero, y la influencia de su cuñado el encuadernador José López Guzmán, —uno de los organizadores del socialismo en el Bierzo— se notaba en el negocio hasta el punto de que no sólo le habían puesto el combativo nombre de «La Lucha», sino que se habían atrevido a colocar en el escaparate unas atrevidas piernas de maniquí para vender medias de mujer, aunque enfrente estuviera la puerta de la Basílica de La Encina. La presidenta del IEB, Mar Palacio, recuerda lo que el viejo fotógrafo le dijo, socarrón, cuando en febrero de 2009 y gracias a la mediación del fotógrafo aficionado Marcos López, organizaron la primera muestra sobre su obra en Ponferrada antes incluso de la intervención del Ministerio de Cultura. «Decía que salía la gente de Misa y que entre las piernas y ‘La Lucha’, pocos se acercaban por allí».

Nieto dejó Ponferrada y sus juegos en la plaza de La Encina cuando tenía 15 años para vivir en Madrid junto a su cuñado y su hermana Soledad. En Madrid, comenzó trabajando en la paquetería de el periódico El Socialista, aprendió taquigrafía y fue testigo de la proclamación de la Segunda República. Pero tuvo que esperar cinco años para comprar en 1933 su primera cámara de fotografía, una Kodak Baby Brownie que le costó la pequeña fortuna de 13 pesetas en los almacenes Sepu. La Baby Brownie, —cuenta el historiador Manuel Jesús Álvarez García en el libro editado por el Ministerio de Cultura y el Instituto de Estudios Bercianos sobre la trayectoria del fotógrafo nonagenario (Vicente Nieto Canedo, Fotografías 1936-1967)— era un aparato de baquelita, «cuyo visor era un recuadro de hojalata». Con ella, el joven Vicente comenzó a tomar imágenes de su familia, y una de las primeras es una foto de su sobrina Cecilia López, y de sus amigos en la capital.

La guerra le sorprendió en 1936 al comienzo de unas vacaciones de quince días. Vicente Nieto caminaba por la calle y escuchó en la radio el discurso en el que presidente de la República, Manuel Azaña, llamaba a la movilización popular porque los militares se habían sublevado. «En lugar de ir a comer, me fui a un círculo republicano y allí me dieron un fusil y unas balas», narró el fotógrafo en La mirada furtiva.

Con el mono de miliciano, el fusil y las balas, lo llevaron al Alto de los Leonés a pegar tiros, en un momento en que la guerra la hacían voluntarios que podían volver a casa en cualquier momento. Nieto recordaba cómo por las noches bajaban de la sierra para aprovisionarse saqueando las tiendas de Madrid.

Y a los 15 días, acabadas las vacaciones, que no la guerra, Vicente Nieto se pasó por la redacción de El Socialista. Pero allí no quedaba apenas nadie. Y de nuevo en el frente, terminó formando parte de la guardia personal del carismático coronel Mangada, en la sierra de Madrid.

Sus conocimientos de taquigrafía le alejaron de la primera línea en unos meses. La Columna Mangada se había reconvertido en la 32ª Brigada Mixta de la tercera División —la disciplina militar había sustituido a la milicia voluntaria— y destinado en sus oficinas de Santa María de la Alameda, a 70 kilómetros de Madrid, su sobrina Cecilia le hizo llegar su cámara fotográfica. Vicente Nieto comenzó a tomar fotografías de la retaguardia.

Nieto retrataba a milicianos de maniobras en imágenes que recuerdan a las que en esas mismas fechas tomaba Robert Capa, o en falsos combates. «Jugaban a la guerra en la guerra», le cuenta a este periódico Amando Casado, hablando de una de las imágenes más significativas que tomó Nieto en aquella época y a la que también se refiere el profesor de Fotografía de la Universidad de Salamanca, José Gómez Isla. «En un alarde de recreación, emulando el fragor de la batalla, Nieto construye una curiosa escena bélica en la que un combatiente —agazapado para esquivar el fuego cruzado— aparece auxiliando a dos de sus compañeros que aparentemente han sido abatidos por el enemigo» (Vicente Nieto Canedo, Fotografías 1936-1967). La sombra alargada del fotógrafo, sin embargo, delataba la ficción.

La guerra, a pesar de todo, le dejó imágenes reales que no llegó a fotografiar nunca, como le ocurrió al entrar en una iglesia tras la toma de Belchite (Zaragoza) por los republicanos en 1937. Nieto descubrió lo que parecía ser un montón de cadáveres, pero no se detuvo a mirarlos. «No sabía si eran santos o personas muertas», contó el fotógrafo, todavía afectado, en el documental de Palmero y Casado.

Después de la guerra, Nieto, que había alcanzado el grado de sargento, permaneció retenido en el campo de concentración de la localidad de Manuel, en la Ribera Alta de Valencia, antes de que le dejaran volver a Madrid. «Pasamos más hambre que la puñeta», recordaba en el documental de Palmero y Casado. Los guardias les daban de comer «un bocadillo con una sardina para todo el día» y hasta prohibieron a los lugareños que les echaran naranjas.

En Madrid, las cosas no le fueron mucho mejor. «En su calidad de ex combatiente republicano, no sólo tuvo que presentarse periódicamente en un campo de reclusión ubicado en Vallecas —en el que siempre se hizo presente quienes habían ganado y perdido la guerra— sino que temió seriamente por su vida cuando en distintas ocasiones, diversos grupos de falangistas acudieron a su domicilio en la Colonia de Manzanares buscando a su cuñado José López, quien, para evitar una muerte segura, se encontraba escondido», escribe el historiador Manuel Jesús Álvarez García.

Vicente Nieto, al contrario de lo que hicieron otros fotógrafos, no quemó sus negativos. Pero como antes de la guerra había pertenecido a la directiva de la Federación Tipográfica, afiliada a la UGT, lo detuvieron. «Salí esposado como un criminal», recordaba en La mirada furtiva. Fue conducido a la cárcel de Carabanchel, después al Convento de las Comendadoras y finalmente al penal de Torrijos, antes de ser absuelto y recuperar el empleo de taquígrafo y mecanógrafo que le había buscado en la platería Espuñes un antiguo compañero de armas.

Casado en 1947 con María Huerga Vega, amiga de su sobrina Cecilia y ocho años más joven, Nieto revelaba por aquellos años sus carretes en la Casa del Aficionado, en la calle del Carmen. Allí descubrió la revista Arte Fotográfico y en ella, la convocatoria del Primer Concurso de Fotógrafos Noveles de la Real Sociedad Fotográfica. Tuvo que comprarse una cámara Fowel fabricada en España porque las bases obligaban a usar material nacional —se gasta 300 pesetas—, y presentó dos fotografías con su nombre, dos con el de su mujer y dos con el de su cuñado. Así ganó tres accésit y la suscripción gratuita durante un año a la Real Sociedad Fotográfica a partir de 1955 que le hizo madurar como fotógrafo.

De 1955 a 1967 fueron los años de sus mejores fotos. Imágenes que tomaba con una cámara Rolleiflex en las excursiones de la Real Sociedad Fotográfica por localidades próximas a la capital y que le emparentan con la Escuela de Madrid. Nieto, que usaba hasta cinco seudónimos para redactar el boletín mensual de la sociedad, se convirtió en «un cazador de imágenes» —en expresión de Amando Casado— que sin intervenir en la realidad como hacía su contemporáneo, el bembibrense Bernardo Alonso Villarejo, más conceptual, encontraba el momento o la composición adecuada a lo que quería contar con la imagen. Niños, ancianos, hombres solitarios, contraluces, tomas verticales llenan sus encuadres. «En la vida, todo es fotografía, sólo hay que saber traducirlo», decía Nieto con motivo de la exposición del IEB que posteriormente también pudo verse en León, a través del Instituto Leonés de Cultura.

Nieto, «un fotógrafo sin complejos» porque nunca fue un profesional, el «tapado» de la Escuela de Madrid, según Casado, «el fotógrafo que sabía mirar y al que nadie vio», escribe Manuel Jesús Álvarez de él, dejó de hacer fotografías tras cambiar la platería—que no le daba para vivir— por un empleo como representante de material fotográfico. Dejó de acudir a las reuniones de la Real Sociedad Fotográfica para centrarse en su labor como comercial, a pesar de su timidez. Y paradójicamente, tuvo que desmontar el laboratorio donde revelaba para reconvertirlo en almacén.

Nieto no volvió a tomar ninguna imagen. No supo lo que era el color. Mucho menos la fotografía digital. Pero nunca se dio de baja de la Real Sociedad Fotográfica, a la que consideraba su segunda casa. En el año 2002, una primera exposición en Guadalajara rescató parte de su obra. Pero el momento más especial llegó cuando en 2009, el IEB montó su primera muestra en Ponferrada. Hoy sus negativos se conservan en el Archivo de Salamanca. Y a su muerte se ha escrito que es un fotógrafo imprescindible. La frase que otro fotógrafo, Paul Strand, le dedicó a Lewis Shine, también sirve para resumir a Nieto, según la periodista Ester Catoira, que colaboró en La mirada furtiva: «Era un hombre modesto y no se consideraba un artista, no daba el tipo de artista, pero lo era, y tenía un ojo asombroso».

Pero al viejo fotógrafo de la columna Mangada, que no tuvo descendencia, le define sobre todo una imagen. Cuando su esposa murió en 1999, enferma de alzheimer, Vicente Nieto colgó un reloj de bolsillo bajo uno de los retratos que había tomado de ella. El reloj, y eso lo dice todo del hombre que fue, todavía está detenido a la hora en la que murió María Huerga.

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