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CANTO RODADO

La era posgubernamental

En la era posgubernamental sólo nos queda la esperanza de una hogaza de pan y un tarro de miel de León o de Zamora, tierras hermanas

 

La era posgubernamental -

ANA GAITERO
14/01/2018

La posverdad cruzó las puertas de la vetusta Academia de la Lengua con las últimas campanadas de 2017. Se acomodó en las páginas del diccionario oficial con holgura y autosatisfacción. El neologismo, manoseada palabra en los tiempos de las fake news, del no vestido y el antiperiodismo, designa la «distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales».

Coincide la era de la posverdad con la era posgubernamental. Todo es pos en la posmodernidad y en la sociedad posindustrial. Pos y post, o, en su defecto, plasma que te crió. En la era posgubernamental, el ministro del Interior, que es de Sevilla, y a lo mejor nunca ha visto nevar, mira en la tele un partido de fútbol como si lo que pasa en la AP-6, el único tramo de carretera de pago a la entrada de Madrid, en un tramo de montaña, fuera algo ajeno al país, como Rajoy mira a Cataluña. Mano dura y se acabó.

En la era posgubernamental, el ministro de Fomento, que es cántabro y sí ha visto nevar, señala a la ciudadanía por salir de casa y hace la vista gorda con la concesionaria de la autopista que no puso ni los mínimos medios para hacer frente al temporal. Y la delegada del Gobierno en Castilla y León hace correr la voz: los conductores son los culpables de este desastre.

En la era posgubernamental, sólo a un político lunático se le puede ocurrir ser investido presidente de la Genaralitat en diferido, mientras bloquea la situación de su querido desde Bruselas sin aceptar la realidad. Sin recibir los mensajes que le llegan desde ERC con la anunciada retirada de Carme Forcadell de la candidatura a presidir el Parlament y la promesa de los Jordis antes el juez de que abandonan la vía de la DUI.

Yo les entiendo. El problema catalán ya no me importa. Puedo decir que ya no me duele. Es su problema. No de los catalanes y catalanas. Sino de los gobiernos y posgobiernos. No voy a permitir que sus mentiras me importunen, ni que rocen sus imposturas. Ni el caradura de Rodrigo Rato, otra eminente figura del desfalco, mientras amenaza, en sede parlamentaria, que dirían ellos pomposamente, a la diputada que le llama por su nombre. Delincuente.

En la era posgubernamental, cuando un centro de salud en pleno centro de León se queda sin atención médica por falta de previsión y de organización, la culpa es de la gripe que llega en invierno y también de la ciudadanía griposa, quejosa y exigente, que no tiene más que hacer que salir de casa para ir a la consulta médica.

En la era posgubermental los políticos se han convencido de que su misión es cubrir un cupo de fotos diarias disfrazados con mandiles, como si fueran a guisar para la junta de la calle, como en aquellos tiempos cuando llegaba el invierno y la hora del sosiego para tomar decisiones sobre los comunes intereses. Para trabajar en cuanto la luz lo permitiera. Ahora posan sin cocinar un plato. Sirven ficción a la brasa, posverdad enlatada y migajas de entusiasmo por el prometedor futuro que disfrutarán Vivimos en esa era en la que los guardianes de la libertad, y, digo bien, los guardianes, se permiten banalizar sobre el delito, digo bien, delito, de acoso sexual y lanzar dardos con acusaciones de puritanismo. ¿Acaso no es un ejercicio de libertad señalar a quiénes hasta ahora han tenido derecho de pernada por los privilegios del patriarcado durante siglos? ¡Ah, no! Melindres feministas.

En la era posgubernamental sólo nos queda la esperanza de una hogaza de pan de Benavente y un tarro de miel de Sanabria, por hablar de tierras hermanas y de la realidad, y de la solidaridad de la mujer que lo repartió entre los niños y niñas atrapados en la AP-6 la tarde-noche del día de Reyes.

   
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