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«Este rincón es uno de los paraísos del Planeta»

La indómita Alaska ha sido el escenario de la última aventura de Javier Fernández del Club Yordas. Su expedición, que relata en este reportaje, le llevó a la conquista de la montaña más alta de norteamérica y una de las más solicitadas, la McKi

 

DL - EL MAPA MUESTRA PARTE DEL RECORRIDO HACIA EL MCKINLEY Y OTRAS CUMBRES CERCANAS

DL - EL MAPA MUESTRA PARTE DEL RECORRIDO HACIA EL MCKINLEY Y OTRAS CUMBRES CERCANAS

JAVIER FERNÁNDEZ LÓPEZ grupo de montaña yordasJAVIER FERNÁNDEZ LÓPEZ grupo de montaña yordas 02/11/2008

Lejos, muy lejos de nuestro reducido circulo de vida, de nuestra morada de asfalto acero y hormigón, de las prisas y los atascos encontramos la indómita y salvaje tierra de Alaska. Durante las primeras semanas del mes de junio, desarrollamos una expedición (J-2) el gallego Javier Moldes, del club Alpino Manzaneda, y yo, del Yordas, con el firme objetivo de hacer cima en la montaña más alta de norteamérica, el luminoso McKinley. La historia de Alaska es muy singular dentro de los Estados Unidos de América. En 1867 fue comprada a los rusos por siete millones de dólares. Su extensión es equivalente a tres veces la península Ibérica y el 3 de Enero de 1959 obtuvo el reconocimiento como miembro de pleno derecho, constituyéndose el estado 49. Sus habitantes se enorgullecen de su hábitat hasta el punto de someter a votación, en el 2004, la construcción de una carretera para acceder a Juneau -única capital de EE.UU. sin conexión por tierra- que, debido al impacto medioambiental, fue rechazada y se optó por potenciar el tráfico de ferries. La columna vertebral del estado de Alaska es la cordillera que lleva su mismo nombre, la Alaska Range . Con 966 kilómetros de recorrido, posee innumerables cimas aún vírgenes y los picos más solicitados son el Foraker y el Hubert y, cómo no, el monte McKinley o Denali. Este último es el punto de destino de nuestra aventura, que comienza en Ancorage, la ciudad más grande de Alaska. Desde allí partimos para el pueblecito de Talkettna -donde se inspiró la serie Doctor en Alaska -, que cuenta con apenas 1.000 habitantes y un aeródromo que da fe de que la avioneta es el medio más utilizado en el transporte del estado, la proporción es de una aeronave por cada diez habitantes. Ya en la Station Ranger, comprueban los permisos previamente solicitados por Internet con meses de antelación -en el 2008 cobran 200 dólares por anticipado- y seguidamente, si el tiempo lo permite, cargamos lo equipajes a bordo mientras petardea el motor del aparato y enfila la pista de despegue. Material y víveres Javier y yo, únicos pasajeros, aterrizamos en tres cuartos de hora sobre la pista de nieve del coloso Yakee. Además de la mochila, cargamos también la pulka o trineo con un peso de 50 kilos en material y víveres. En Alaska, la naturaleza marca su propio ritmo y el Denali está salpicado por una Taiga saturada de piceas condimentadas por pinos, cedros y aliseos, como apreciamos durante el vuelo. Pero a orillas del Mckinley sólo predomina el hielo y las nieves perpetuas. El gigante de granito despliega todos sus malos espíritus contra quienes osan invadir sus dominios. La estrategia planteada para nuestro ascenso es el estilo alpino, es decir, siempre ascender y nunca retroceder -también denominada expedición cápsula -. Al no realizar porteos, todo nuestro equipo estará siempre con nosotros. La aventura es a cámara lenta. Tenemos cinco campamentos por delante y hay tomárselo con calma, sin prisa pero sin pausa. Durante la larga caminata utilizaremos los campamentos intermedios. Con una marcha más lenta pero una aclimatación perfecta. Tenemos que fundir nieve para cocinar y beber durante los ascensos, gracias a unos revolucionarios y recientes camping- gas estadounidenses prescindimos de los engorrosos hornillos de combustible. El color oscuro de la tienda ayuda a descansar la vista, pues durante toda la jornada diurna el blanco de la luz acaba fatigando los ojos sin darnos cuenta. El hecho de dormir vestidos y con las cantimploras dentro del saco se va sumando al cansancio. Al cabo de una semana los efectos se hacen notar, es la cima de Norteamérica y su ascenso pasa factura. Después del campamento 3 (C-3) acometemos unas rampas que finalmente nos sitúan en el verdadero campo base, el C-4. La semana pasada mucha gente desistió del ascenso por un temporal que registró este campamento y que provocó temperaturas de 40 grados bajo cero . Hasta el C-5 tenemos un largo trecho, las rampas con mayor inclinación están equipadas con cuerdas fijas. A mitad de travesía, improvisamos un vivac -campamento que se instala provisionalmente para pasar la noche- haciendo un escalón, que nos lleva una hora, en la nieve. No anochece en estas latitudes y el panorama es de cine. Mar de nubes delimitando un horizonte de cristal. En la lontananza los picos más altos asoman tímidamente sus crestas cimeras, pero ninguna parece usurparle la hegemonía al majestuoso McKinley, que con sus 6.194 metros es el rey del Denali. En el C-5 por la noche la temperatura en la tienda es de 25 grados bajo cero. Prudentemente podemos decir que se trata de buen tiempo teniendo en cuenta que nos encontramos en el ártico. Es el segundo día y asoma el sol como predecesor de buen tiempo. Sin pensarlo, parecida a un hormiguero, tiene lugar la estampida general que formamos españoles, griegos, norteamericanos, noruegos, rusos y japoneses, toda la urdimbre en busca de la codiciada cima. El C-5 queda desierto. Trascurren las horas muertas, el paso es lento, hay que sacar fuerzas de flaqueza. Primero el Denali-pass más tarde el llamado campo de fútbol y finalmente la Horlii-Denaly, una afilada y expuesta arista que constituye la ante cima, o sea, la guida. Con mucha cautela y con más arrojo que entereza coronamos la cúspide norteamericana el viernes 13 de Junio, el emblema del Yordas junto con el piolet de mi hermano son testigos mudos del largo raid. Nos queda la odisea del descenso, siempre más expuesto y arriesgado que el ascenso. En total, han sido 16 días de abrumadora marcha por los hielos del Denali que, al mismo tiempo, no deja de ser uno de los paraísos del planeta. Los dedos de las manos se me resentirán dos semanas una vez lleguemos a León, pero esta vez con total convicción no dudaré en afirmarlo, valió la pena.

   
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