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Violeta parra

De folclore leonés

Es emocionante escuchar en Chile uno de los romances más extendidos en León: Blancaflor y Filomena. Y es que En Chile están celebrando el centenario de Violeta Parra, la más salvaje y auténtica de la familia

alberto flecha pérez
13/08/2017

 

En Chile veo que están celebrando el centenario de Violeta Parra. Dice el escritor Rafael Gumucio, en Babelia, que Violeta es Chile y que Chile es Violeta. O al menos buena parte de lo que hoy es Chile ha salido de ese terremoto creativo que era la más salvaje y auténtica de la familia de los Parra. Chile, tierra de poetas: así dice el eslogan. Algunos, como Huidobro, con ecos de vanguardia lejana; otros, como Neruda, con los colores desvaídos de una postal olvidada en un escaparate. Ninguno con la fuerza de Violeta. Fue el tronco de un árbol que llevó la sabia de la cultura popular a brotar en un país que quería mirarse de otro modo, allá por los años sesenta. Y ahí sigue, presente su mirada de hormigón en murales de algunas calles santiaguinas. También en sus obras. Obras que salieron del pueblo y que al pueblo volvieron tras pasar por su mirada. En el museo que lleva su nombre, me enfrento a ese seísmo de manifestaciones artísticas que es Violeta: cerámica, pinturas, tapices… Y sobre todo a sus canciones. Cuecas, coplas, jotas que se pierden entre lo folclórico y lo personal. Y romances. Ahí es donde esta mujer me pilla por sorpresa. Y es que escucho composiciones rejuvenecidas en labios de la Parra que también pueden encontrarse en la tradición del otro lado del Atlántico. Bueno, encontrarse sí, pero muertas. O casi. ¿Qué pasó con aquellos esfuerzos de Joaquín Díaz y de tantos como él? ¿Hubo quizás un tiempo, hace cuarenta años, en que España también quiso ser Parra y sin embargo cayó en la marca España?

Algunas de esas composiciones que Violeta Parra recogió en Chile, que esparció fuera del pecho y que hoy son inspiración no solo de folcloristas sino también de raperos o músicos de rock en otros lugares, duermen en recopilaciones aquí. Muchísimas en León. Quizás sea León uno de los territorios que más materia prima conserva en ese sentido. Pero ahí está; durmiendo en buena medida el sueño de los justos.

Los primeros pasos

Es emocionante escuchar en Chile uno de los romances más extendidos en León: Blancaflor y Filomena. Cuando Menéndez Pidal hace una primera aproximación al romancero leonés por los primeros años del siglo XX, a través de la memoria de una muchacha de la zona de Sahagún que estaba en Madrid a su servicio doméstico, ya aparece una versión de este romance. Una versión que luego se derramará ampliamente por todas las recopilaciones que se harán posteriormente en estas tierras, desde las de Josefina Sela a las de Jesús Antonio Cid. La vitalidad de esta tradición en León continuaba todavía a finales del siglo pasado. Así fue advertido a principios de los noventa por otro gran investigador, Diego Catalán. El romancero, como tantas manifestaciones de cultura popular, continuaba existiendo por aquel entonces en todas las comarcas y pueblos leoneses. Había sobrevivido a los medios de comunicación y había sobrevivido también a los esfuerzos de aquellos que como Violeta Parra habían intentado llevarlo a otras palestras, pero que aquí no triunfaron. Ya han pasado veinte años, ya casi es imposible encontrarlos en los labios de la gente de los pueblos. Difícil hacerlo en otro lugar que no sea el mausoleo de las bibliotecas. Curioso es que suceda aquí, en una de las cunas del romancero. Aquí se cantó a Bernardo del Carpio, el héroe que se enfrentó a Alfonso II cuando quiso convertirse en vasallo de Carlomagno, un romance que pervivió entre los judíos sefardís de Marruecos, como nos recuerda José Luis Puerto. Aquí saltaron los romances de boca en boca en numerosas variantes y versiones. Gerineldo, Delgadina o Blancaflor y Filomena. Romances que cruzaron el Atlántico, romances que ahora escucho cantar a Violeta en Santiago de Chile.

En el museo de Violeta Parra, Chile se mira; en lo que fue y en lo que puede llegar a ser a través de la obra de esa mujer excepcional. El visitante que viene de fuera lo mira con una secreta envidia. Y también con muchas preguntas.

 

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