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CANTO RODADO

Frida Kahlo en el Rastro

Marilyn ha desaparecido de la iconografía popular del Rastro de Madrid mientras Frida Kahlo se multiplica en chapas y carteles. Entre supercherías y antigüedades se simula que el mundo cambia.

 

Frida Kahlo en el Rastro -

ANA GAITERO
08/04/2018

Lo vi en las tiendas de turistas y en Rastro de Madrid. Marilyn se ha diluido entre las supercherías y antigüedades. Se multiplica el rostro de Frida Kahlo como el de una diosa del siglo XXI, con la esplendorosa diadema de flores y sus rasgos indios.

Marilyn ha quedado arrinconada. Olvidada en la parte trasera del puesto, mientras Frida se enseñorea de la primera línea sobre el tumulto turístico-festivo que desciende desde la plaza de Cascorro, el héroe de la guerra de Cuba, por la Ribera de Curtidores.

Pero Frida y Marilyn, no nos llamemos a engaño, tienen muchas cosas en común aparte de la belleza. Diferentes, pero ambas muy hermosas. Y las dos mujeres, estadounidense y mexicana, conocieron el éxito y el fracaso. El dolor y la felicidad. «Al final del día, podemos aguantar mucho más de lo que pensamos que podemos», decía. Mucho habla de mujeres esta frase.

El caso es que con el ascenso de Frida Kahlo en la iconografía popular del Rastro yo andaba por Madrid con la sensación de que estaba en México lindo y querido. Y creo que la culpa es del tufo a corrupción. Perdona, Frida. Mil perdones, México.

Os cuento. Aquí las mordidas son ya moneda nacional heredada del franquismo. Como heredamos títulos nobiliarios que pagamos y rinden tributo a la Corona —¡Ay, las reinas!—, como nos tocaron por trágicas hijuelas las cunetas y Cuelgamuros.

Lo dice Nicolás Sánchez-Albornoz en sus memorias de Cárceles y exilios, más allá de aquellos años bárbaros que Fernando Colomo retrató hasta con gracia. «Los restos del autócrata permanecen sepultados en un monumento que simboliza todavía saña y corrupción». Y dice más: «Sir Samuel Hoare, el embajador inglés en Madrid y buen conocedor de la corte del Palacio de El Pardo, definió el régimen de Franco como una dictadura templada por la corrupción». Es la explicación más convincente que he encontrado de por qué España soportó 40 años a Franco.

De aquellos polvos, estos lodos. Tenemos un máster en corrupción que no necesita firma de rector ni falsas firmas de profesoras arrepentidas. La lava se extiende a sus anchas por la villa y corte y por su extrarradio universitario. Lo malo es que este volcán que ha erupcionado en Móstoles —Universidad Rey Juan Carlos—, a cuenta del máster de Cristina Cifuentes, se extiende por el país como las carreteras radiales convertidas en autopistas agujereadas de baches.

La corrupción intelectual es más abrasiva que la económica. Pero todas son una. Y la misma. Como Frida y Marilyn son dos iconos de la mercadotecnia, como el Che lo es de la revolución. Perdona Frida, disculpa Marilyn... Lo siento, comandante.

También las reinas, que parecen tan distintas, una de pura sangre real y la otra con el estigma de la plebe, son la misma imagen de una monarquía impuesta por un dictador a una democracia que no ha salido de la etapa infantil y está hundida en la corrupción. Y en la mentira.

En fin, que tanto monta, monta tanto el PP como Ciudadanos. El azul y el naranja son dos versiones de un mismo color. Rajoy hace como que no ve y Rivera como no que escucha. Con barba y barbilampiño van por el surco marcado sin salirse ni una coma del guión.

Del guión los saca la justicia que desde Escocia a Alemania, desde Bélgica a Suiza, desmiente a la justicia española empeñada en meter en la cárcel hasta el último catalán disidente. El siguiente acto del drama es conocido. Lo escribió Serrano Súñer: «¿De qué os extrañáis españoles, Europa es la misma puta de siempre».

   
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