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territorio del yukón (i)

Grande como la imaginación

El montañero leonés Javier Fernández comparte su última aventura por Canadá. Un viaje emprendido en León hasta la tierra de la fiebre del oro

 

Los osos, fauna muy típica en Norteamérica. - Óscar Díez Higuera

javier fernández lópez*
29/01/2017

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FOTOS: De León a Canadá.

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Es la segunda vez que visitamos Canadá. Atrás quedó el verano del 2009 con los Parques Nacionales de Jasper, Banff y Yoko y los picos Athabaska y Lefroy. Si cerramos los ojos sus imágenes nos asaltan, sus olores nos transportan a la inmensidad de los espacios abiertos sin límites, la verdad es que Canadá es más grande que la imaginación.

Seducidos por aquella épica llamada de otros tiempos, la denominada Gold Fever o Fiebre del Oro, volamos hasta la capital del Territorio del Yukón, Whitehorse, población de unos 20.000 habitantes con un inusitado trasiego en los meses estivales. En la Oficina de Turismo, que ocupa toda una manzana, conseguimos amplia información sobre nuestros principales objetivos: el Parque Nacional Kluane, el Descenso del Yukón y la travesía histórica Chilkoot Trail.

Lo mejor, nada más llegar, la primera visión del Yukón, su silencio sepulcral y su amplio cauce reposado. Pero no nos llamemos a engaño, poco más arriba nos encontramos los rápidos de Whitehorse y comprobamos que su poderío es de pánico, 3.187 km de recorrido con una cuenca que alberga 854.000 km2 y drenando al Pacífico 6.430 m3 por segundo, en el Mar de Bering.

PARQUE NACIONAL KLUANE

En los primeros días nuestros pasos se encaminan al Parque Nacional de Kluane donde realizaremos la ascensión al pico Decoeli. Desde Whitehorse ponemos rumbo hacia el Oeste, hasta Haines Junction. La naturaleza es desbordante y por el cordón umbilical de la carretera transitamos lentamente con el todoterreno, atravesando bosques interminables, cruzando ríos sin fin, llegando a poblaciones que parecen oasis en la inmensidad de un mundo salvaje.

La ascensión al Decoeli de 2.300 m son nueve largas horas. Al principio cuesta trabajo encontrar el camino, la niebla oculta la montaña y muy poca gente viene por aquí por lo que la senda se pierde. Pero una vez en ruta, ascendiendo por el torrente, se disipa la niebla y el camino queda más definido. Antes de la cima la pedrera es un tanto inestable y una roca en equilibrio se voltea al ser pisada, lo que produce una aparatosa caída de Javier que se abre el labio y fractura los incisivos superiores. A pesar de ello continuamos hasta la cima donde el espectáculo no tiene parangón: al Este la inmensidad de la Taiga Boreal y al oeste el Parque Nacional de Kluane destacando en lontananza el Monte Logan que con sus 5.960 m es la cumbre de Canadá.

Durante el descenso los primeros indicios de fauna hacen presencia y un puercoespín nos contempla sin alterarse, y erizando sus espinas se va poco a poco ocultando entre la vegetación. Continuamos el descenso por el torrente, saltando continuamente de un lado a otro, pero como el caudal va en aumento, al final tenemos que descalzarnos.

Al día siguiente visitamos el Lago Kathleen y ascendemos otra montaña, la King’s Throne, y aunque el tiempo no es bueno, desde la cumbre podemos contemplar el lago en toda su extensión. Por la tarde regresamos a nuestro campamento a orillas del Pine Lake. Estamos a unos kilómetros de la población de Haines Junction, y esa tarde tenemos la ocasión de disfrutar de la Fiesta del Salmón, en la que se toman ensaladas y grandes porciones de salmón salvaje a la brasa, mientras un grupo de música local ameniza la velada.

En las jornadas siguientes nos dirigimos hacia el Sur, por la carretera llamada Alaska Highway, pasando a territorio estadounidense para llegar hasta la ciudad costera de Haines. Ciertamente en esta parte de Alaska el sustento diario proviene del turismo y la pesca. Aquí los contrastes entre un pequeño pesquero convencional y un crucero de placer se pueden plasmar en una foto sin gran dificultad, basta esperar el momento adecuado. Por la noche la iluminación de los cruceros delata sus horas de bullicio.

Fue en dirección al Lago Chilkoot cuando pasamos por un puente y observamos a un naturalista con un potente teleobjetivo apostado sobre el trípode, nos llama la atención, detenemos el vehículo y curioseamos. No muy lejos nidifica una pareja de pigargos cabeciblancos, la bella águila norteamericana símbolo inequívoco de los Estados Unidos. El momento álgido es cuando, sin esperarlo, aparecen tres osos, una hembra con dos oseznos. Andan buscando comida, frutos y raíces, cruzando el puente siguen por la orilla del río, donde se introducen y capturan salmones que despedazan con sus potentes mandíbulas. Los seguimos y se colocan en una represa hasta que el guarda parques los ahuyenta golpeando con una barra de hierro la barandilla del dique. La estampa se sucede con frecuencia en Alaska.

En esta zona ascendemos los montes Riley y Ripinsky. La vegetación es muy abundante aquí y en algunos momentos hasta parece que estemos en la selva tropical, aunque las grandes coníferas delatan nuestra latitud. Desde la cima tenemos unas buenas panorámicas de los fiordos que dominan esta costa del Pacífico. Pero el mal tiempo hace acto de presencia y en los días siguientes la lluvia persiste, es inexorable en estas latitudes, y nuestra tienda resiste por el momento.

Tomando de nuevo dirección Norte, regresamos a Canadá. Queremos recorrer la mítica Alaska Highway para llegar hasta la capital de la Fiebre del Oro, Dawson City. El Lago Kluane nos muestra todo su esplendor, como tantos otros parece un mar interior y nuestra intención es acampar en sus orillas, pero está prohibido montar la tienda en la zona por la frecuente presencia de osos que encuentran aquí raíces y frutos que forman parte de su dieta habitual.

Aquí queremos seguir el Sheep Creek Trail, con la intención de ver las famosas cabras o Muflones de Dall, pero de nuevo nos encontramos con que el día anterior se cerró el acceso por la presencia de osos en la zona. Cambiamos de planes y subimos a la Sheep Mountain, donde aparte de paisajes espectaculares, vemos a pocos metros algunos rebaños de cabras salvajes.

Continuamos por la carretera atravesando pequeñas poblaciones como Destruction Bay cuyo nombre se debe a que en los años 40 del pasado siglo fue arrasada por un huracán, o Beaver Creek, donde se estudia la descongelación del suelo helado o permafrost por el cambio climático. En Tetlin Junction abandonamos la Alaska Highway para tomar otra ruta, la Taylor Highway en la que un letrero nos avisa de que no encontraremos ningún servicio a lo largo de cientos de kilómetros. Justos de combustible llegaremos a Chicken, donde ya vemos los primeros artefactos dedicados a la búsqueda del preciado metal, como la antigua gran draga y muchos otros restos de la época. Poco antes de entrar en Canadá la Taylor Highway se dirige al Norte hasta Eagle a orillas del Yukón. Nosotros seguiremos por la denominada Top of the World Highway hasta Dawson.

Con el parabrisas astillado por un impacto y tras cambiar una de las ruedas, llegamos con la de repuesto a Dawson City. Esta ciudad es una de las localidades míticas de la Fiebre del Oro, se la conocía como «el Paris del Norte». Algunas tabernas como la famosa Westminster Parlour pueden verse todavía y sus calles conservan muchos otros edificios de aquellos tiempos.

Todo comenzó en el verano de 1896, cuando sólo era una llanura cenagosa donde pastaban los alces, en la confluencia de los ríos Klondike y Yukón. Llena de fango era prácticamente intransitable. Aparecieron las primeras pepitas de oro y dos años después, en 1898, ya se había convertido en una ciudad de casi 40.000 habitantes, donde los vapores atracaban en los muelles descargando a diario mercancías y gentes en busca de fortuna. Finalmente se bautizó como Dawson City en honor al geólogo George Dawson quien cartografió la zona por encargo del Gobierno.

En la Oficina de Turismo el personal nos atiende con la indumentaria de la época, como si no hubiera trascurrido más de un siglo. Vemos que la predicción de auroras boreales es favorable, y efectivamente, esa misma noche, hacia la una de la madrugada el cielo se tiñe de verde a pesar de la claridad de estas fechas veraniegas. El Museo de la ciudad es fiel reflejo de la gloria de antaño con reproducciones de escenas cotidianas de la época y muchos artefactos y herramientas usados por los buscadores de oro. En las afueras se puede visitar la cabaña del poeta yukonés Robert Service y no muy lejos la del famoso escritor Jack London con su pequeño museo.

Estamos acampados en la desembocadura de Bonanza Creek y a pocos kilómetros nos encontramos con la famosa Draga nº4, impresionante ingenio mecánico para la extracción de grava y la separación del metal amarillo. Lo cierto es que dada su pírrica producción, de unos 15 lingotes al año, su vida fue limitada. En la actualidad sigue habiendo pequeñas explotaciones mineras, pero la forma de trabajar es totalmente diferente, removiendo el terreno con excavadoras.

Desde Dawson City ponemos rumbo nuevamente hacia el Norte, ahora por la Dempster Highway, una pista sin asfaltar que lleva hasta Inuvik en el Delta del MacKenzie. Nosotros nos quedaremos en el Parque Tombstone, para ascender a la Montaña Goldensides, desde donde podemos contemplar la inmensidad de este territorio. Tras esta incursión en el Gran Norte regresamos, y ya por la Klondike Highway llegaremos de nuevo a Whitehorse, donde nos espera la siguiente aventura: descender en canoa por el río Yukón.

DESCENSO DEL YUKON

Llega el momento tan esperado, el Yukón nos aguarda. En el hotel conocemos a Robert, el guía para los próximos días en el río, descenderemos un tramo de 300 km junto con 3 canadienses y 2 suizos, compartiremos la aventura durante 6 días, en total somos 8 expedicionarios.

Al día siguiente con verdadera ansiedad por adentrarnos en tan secular río, nos encontramos de nuevo con Robert a las 08.30. En una furgoneta con remolque vemos las canoas canadienses que serán nuestros vehículos durante los días siguientes. Tienen 4,60 m de eslora y unos 95 cm de manga. En nuestro equipo contamos con una gran mochila de goma por canoa y dos bolsas estancas para el equipo personal, aparte del chaleco salvavidas que siempre llevaremos puesto durante la navegación. Para el material común y víveres cada canoa lleva dos bidones de cierre hermético y un remo de repuesto. Todo se amarra y asegura a los listones de sujeción. Ante la amenaza de osos nos proporcionan un espray que dispara un líquido irritante a base de pimienta.

Ya en las proximidades del Lago Laberge nos equipamos con la indumentaria y aparecen dos motoras que nos trasladan con todo el equipo hasta la desembocadura del lago (si lo hiciéramos remando nos llevaría 3 días más, nos comenta Robert, puesto que no tiene corriente). Las motoras nos dejan en Lower Laberge donde hubo un antiguo poblado dedicado al transporte fluvial. Almorzamos donde queda un pecio, restos de una antigua nave de madera que naufragó. Como todos los vestigios de estas características están catalogados como patrimonio nacional, no pueden ser modificados ni trasladados.

Comenzamos a remar al mediodía, son las primeras horas de navegación por el Yukón y damos paladas amplias cada uno por un lado de la canoa, siendo el de la popa el que dirige haciendo de timón con el remo. La corriente es de unos 11 km/h y cuando paramos para descansar nos traslada silenciosamente, además tenemos buen tiempo. Cuando llegamos al primer campamento hay que descargar todo el equipo y amarrar las canoas a la orilla. La cena de hoy son salchichas de bisonte y Robert enciende fuego con sorprendente facilidad. Calentamos dos teteras y dos cazuelas, así siempre disponemos de agua caliente para infusiones y agua hervida para beber. Lo primero es montar las tiendas pues en esta época, las precipitaciones son frecuentes en el Yukón, después hay que buscar leña para mantener la fogata.

Muy temprano desayunamos y la rutinaria labor de levantar el campamento nos lleva una hora todos los días. Al principio nos cuesta remar al unísono, pero según van pasando las horas nos coordinamos mejor. El tiempo sigue apacible y continuamos el curso del río, con monumentales bosques de piceas, abetos y álamos en ambas orillas. Hay gaviotas, águilas y también patos. Vemos alces, castores y algún puercoespín que serán los testigos mudos de nuestra aventura.

A medio día un aperitivo y más adelante atracando en la orilla izquierda, observamos las ruinas del poblado Hootalinqua por donde el escritor Jack London pasó en 1897. Los indios Tlingit eran sus habitantes y durante un largo tiempo fue un establecimiento para avituallamiento de mineros y viajeros. En 1910 se abandonó pero aún hoy se mantienen algunos tramos de la línea telegráfica. Desde el poblado subimos a un promontorio colindante desde donde se obtiene una buena panorámica de la desembocadura del río Teslin.

Volvemos al río y al poco nos detenemos en la isla Shipyard. Tiene un antiguo astillero ya abandonado y encierra un secreto: el vapor Norcom, que siendo de buenas proporciones quedó en dique seco allá por el año 1931. Hoy su visión es fantasmagórica entre la vegetación. Es difícil creer que esta abrumadora soledad del río hubiera visto transitar en la época de la Fiebre del Oro unos 25 vapores impulsados con ruedas de palas. Continuamos hasta el siguiente campamento donde esa noche el guía nos sorprende con un guiso nativo a base de verduras, arroz y lentejas.

Al día siguiente, madrugón. Son las 07.30 y el desayuno norteamericano a tope, huevos con bacón. Salimos a la 09.00 hay optimismo y buen tiempo el Yukón es generoso con nosotros. Al cabo de una hora Robert nos muestra la gran roca donde colisionó el vapor SS Klondike I y unos 2 km más abajo perviven los restos de la tragedia, una enorme quilla semienterrada en los sedimentos. El Yukón es muy receloso con las reliquias del pasado. Curiosamente el barco que se presenta al público en Whitehorse, el SS Klondike II es un gemelo del que aquí encalló.

Es el tercer día y nos encontramos con más canoas que se nos anticipan mientras comemos. Lo cierto es que a medida que avanzan los días los campamentos son más precarios, en ocasiones sólo las piedras negras que rodean las fogatas son el único indicio de su ubicación, ya no hay ni troncos a modo de asiento. Empieza la llovizna y nos enfundamos en las prendas de «Goretex», hasta ahora el tiempo nos sonreía pero las precipitaciones son habituales en el Yukón incluso en la época estival. El cielo adquiere un tono gris plomizo y el aguacero va en aumento, ya no son días tan placenteros y soleados, el viento incrementa sus rachas y el oleaje se manifiesta dificultando el remar, en ocasiones juntamos las canoas para descansar mientras el río nos lleva.

Desembarcamos en una antigua serrería y montamos las tiendas a toda prisa. Esa noche mientras todos duermen Óscar y yo actualizamos el diario a la luz de la fogata, la lluvia ha cesado y el silencio invade el campamento. Pero no estamos solos, un castor con pasmosa facilidad cruza el río y ahora por la orilla nada corriente en contra, la verdad es que el Yukón está lleno de vida, también en las horas nocturnas. Hacia las 2 de la madrugada comienza a chispear y después la lluvia aumenta su ritmo, pero estamos en la tienda y mañana será otro día.

Al día siguiente el panorama es gris, se avecina un duro día. En Big Salmon Village, otro antiguo asentamiento, visitamos el arte funerario de estos pueblos nativos, pero a prisa retornamos a las canoas y vuelta a llover. Un poco más abajo contemplamos una pequeña draga. Son muchas las huellas de la Fiebre del Oro y cada día tenemos un nuevo descubrimiento, lo cierto es que el estado canadiense lo mantiene celosamente intacto. Tras unas cuantas horas de navegación acampamos de nuevo e intentamos secar la ropa, pero la humedad es persistente y parece como si los espíritus del Yukón reclamasen, en sus dominios, el derecho a la soledad. Es la última noche, la aventura ha sido intensa y apuramos las infusiones de menta recolectadas a la orilla del río.

Por la mañana en dos horas alcanzamos la localidad de Carmack, nuestra meta, no hay embarcadero y el escalón es considerable, un resbalón y Javier cae al agua del Yukón con todo el equipo. Todo un final apoteósico. De nuevo nos recoge la furgoneta, llegamos a Whitehorse y finalmente en el famoso Klondike Rib & Salmon, cenamos, celebrando nuestra odisea y pensando en la siguiente, el Chilkoot Trail.

Javier Fernández López es miembro del SLAC Collado Jermoso.




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