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POr el camino del inca

El hechizo andino

Una expedición de leoneses relata su viaje por la cordillera más larga del planeta, donde descubren los orígenes, la historia y las costumbres de uno de los rincones más increíbles del planeta: Machupicchu

 

Varios montañeros posan junto a un letrero de señalización en la máxima cota, a 4.600 metros, conocida como el paso Salkantay. - ÓScar Díez

Un alto en el camino para reponer fuerzas. - ÓScar Díez

Javier Fernández López
31/05/2015

Con casi 9.000 kilómetros de longitud, los Andes es la cordillera más larga del planeta. Cobija la cima de América, el Cerro Aconcagua, con 942 metros de altitud, y también el Titicaca, el lago navegable más alto de la Tierra. El desierto de Atacama es el más árido del mundo y la Cordillera Blanca, el sistema montañoso tropical más alto que existe. El nevado Alpamayo está reconocido por muchos como la montaña más bella del planeta y el campo de hielo más vasto del continente lo encontramos en los glaciares de la Patagonia Austral, entre Chile y Argentina. Por último, el Cotopaxi, en la Avenida de los Volcanes de Ecuador, es el volcán activo más alto que existe, y su vecino el Chimborazo es el punto de la superficie más alejado del centro terrestre. La cordillera reúne todos los elementos para seducir.

En esta ocasión, desdeñando las cimas de los Nevados, Óscar y Javier junto con Luís Miguel y Carlos nos proponemos realizar el Camino del Inca. No por ser senderismo pierde su hechizo andino.

Lima suele ser una ciudad de paso para los andinistas y desde allí es importante concertar el vuelo a Cuzco, su duración es de una hora escasa, mientras que si optamos por el bus cama será más económico, pero con 22 horas por delante de trayecto. Llegamos los cuatro andinistas a Cuzco, considerado el «ombligo del mundo» y capital del imperio. El esplendor de sus iglesias y palacios se hace patente. También visitamos el mercado central o de San Pedro, donde cada mañana vienen y van campesinos cargando cestos llenos de ropa multicolor de alpaca o barreños con mate de coca, infusión muy recomendable para vencer el mal de altura, o soroche, como lo llaman aquí. En los puestos fijos se puede degustar el cuy, roedor muy tradicional en la gastronomía peruana. Existen lugares en los Andes donde convergen historia, montañas y leyendas. Tal vez sean estas últimas las que más atraen al montañero. Muy cerca de Cuzco encontramos la fortaleza de Sacsayhuaman de impresionante aspecto, estas piedras talladas en múltiples ángulos dan testimonio de la tenacidad de los Incas, máxime cuando no había cinceles de hierro.

Toda expedición comienza antes del viaje. Sus orígenes, su historia, las costumbres del entorno, sus fotos antes de transitar esos parajes... Hablamos del que puede ser el trekking’ más popular de Suramérica. Existen dos rutas: la clásica —podíamos decir de bajura—, con jornadas más bien apacibles y sosegadas o la ruta Salkantay que se desenvuelve en unos escenarios más salvajes, más acorde para exploradores como nosotros.

Arriba, el último campamento; en el medio, los tintes andinos que fue adquiriendo la travesía; abajo, una imagen del primer día de ruta.
OSCAR DÍEZ

El comienzo

El pistoletazo de salida nos sitúa en Mollepata, a 2.900 metros con una sorpresa que no nos comentan en la agencia: los porteos a lomos de los burros sólo admiten cinco kilos por persona. La primera jornada es exigente, unas ocho horas superando 1.000 metros de desnivel. Tenemos representación internacional con españoles, alemanes, nepalíes, croatas, un chileno y un brasileño.

Los primeros pasos discurren por zonas verdes y poco a poco el ambiente adquiere tintes andinos. En el Paso de Sayllapata ya se divisa el Humantay.

Nos detenemos media hora y por mucho que la estudiamos no encontramos ruta lógica. Canales entrecortados, pendientes muy pronunciadas... pero sólo su visión ya nos compensa. Reponemos fuerzas en Soraypamapa, a 3.900 metros. Son unas instalaciones un tanto cutres y pernoctamos en unas tiendas protegidas por un toldo. La noche andina despliega todas sus constelaciones con gran nitidez.

Ingerir líquido es vital para acometer el itinerario y por eso el té y los hidratos son abundantes en el desayuno. Continuando el ascenso, la vegetación deja paso a la nieve y algunos expedicionarios contratan caballos para acceder al Paso de Salkantay, que con sus 4.600 metros es el punto culminante de la travesía.

Una vez en este idílico enclave, cada grupo de senderistas escucha a sus guías las explicaciones sobre las viejas leyendas que arropan la zona. La mitología inca y estas montañas comparten infinidad de creencias y anécdotas, algunas más creíbles que otras, pero siempre dignas de escucha. El jaguar, el cóndor y la serpiente simbolizan la guerra, la paz y el mundo oculto respectivamente.

Iniciamos el descenso y en pocas horas el paisaje experimenta mutaciones insospechadas. Nos internamos poco a poco en un valle con ambiente más selvático. Acampamos en Chaullay. Aquí no hace frío, tenemos alguna ducha y los guías, como de costumbre, nos preparan palomitas de aperitivo antes de la cena.

Nuevo día y jornada de relax, atrás quedan los días más exigentes. El día es placentero, el recorrido distendido. El guía nos enseña algunas plantas medicinales como la cola de caballo y poco después pasamos de largo Colpapampa, instalando el campamento en Sahuayacu Playa. Esa tarde descendemos en vehículo a Santa Teresa con un gratificante baño en sus aguas termales, la verdad es que nos lo hemos ganado.

Es el cuarto día y tenemos que llegar a Aguas Calientes, primero por el camino y finalmente por la vía férrea. El acceso al enclave está muy abandonado, la carretera en muchos tramos esta sin asfaltar y la vía del tren denota un caótico estado de mantenimiento. Son los últimos kilómetros y tenemos ganas de llegar. La prosperidad de Aguas Calientes es evidente, no es un pueblo cualquiera de Perú. Con 600.000 visitantes al año Machupicchu es el mayor reclamo turístico del país.

La culminación del camino requiere un último esfuerzo. Prescindiendo de los microbuses que ascienden a la ciudadela, optamos por subir a pie al día siguiente. El amanecer en las ruinas será el final apoteósico del azaroso camino.

Descubriendo Machupicchu

Al día siguiente, con verdadera ansiedad por penetrar en una ciudad abandonada hace más de cuatrocientos años, desistimos de usar el bus y caminando en menos de una hora subimos. Lo que vemos a continuación dará pábulo a los sentidos. A nuestra diestra divisamos el Huainapicchu, cerro que domina la ciudadela. A partir de aquí la imaginación se desborda, el aire sabe diferente y el deambular por los vericuetos del pasado se torna mágico.

Pero antes de describir aquella inolvidable jornada, lo mejor es, como en toda historia,a empezar por el principio. Influido por su padre y abuelo el norteamericano, Hiram Bingham decide explorar zonas desconocidas de Sudamérica en busca de restos de civilizaciones ya extinguidas. Se centra en una ciudad Vilkabamba, como antiguo reducto de la resistencia inca ante el arrollador avance de los españoles. Al sexto día llega a una lugar denominado Mandorpampa, donde conoce a un campesino, Melchor Arteaga, quien le habla del Cerro Machupicchu y de los restos de una gran ciudad. Ascendiendo durante dos horas llega hasta donde habitan dos familias, y un niño se ofrece como guía hasta el intrincado laberinto. Era el 24 de Julio de 1911, y hacía casi 400 años que había sido abandonada. Una vez en los Estados Unidos, se convence de la importancia que reviste el descubrimiento accidental y desecha la búsqueda inicial. Consigue más fondos y en 1912 prepara una numerosa expedición científica. Sin saberlo, Bingham inicia un viaje hacia la inmortalidad.

Al cabo de una semana de excavaciones aparecen los primeros huesos y posteriormente se suceden los desenterramientos.

Casi cien años después sabemos mucho pero aún nos queda un trecho.

A excepción de las techumbres de las casas todo lo demás permanece intacto. Si fuese abandonado, en dos o tres años la Naturaleza se lo comería otra vez y para evitar esto un esmerado servicio de mantenimiento desbroza la maleza todos los meses. La ciudad se divide en dos sectores bien diferenciados: el agrícola y el urbano, Llama la atención la sucesión de terrazas, unas 600, aparentemente simples pero que en realidad son el secreto del Machupicchu, pues constituyen un sólido asentamiento y al tiempo los cimientos de la ciudadela, única explicación para mantenerla erigida tras cuatro siglos.

Atravesando la plaza principal, lugar de congregaciones por su extraordinaria resonancia, llegamos al final del asentamiento descubriendo la Roca Sagrada, donde aparece una piedra con la silueta de un monte circundante a Machupicchu. Los misterios perduran, empezando por el verdadero nombre de la ciudad puesto que Machupicchu es un cerro igual que el Huaynapicchu, ¿Tal vez fuera el mayor centro de la civilización inca, un lugar al que se le atribuye el sobrenombre de Tampu Tocco? No hay prueba reputada. Lo cierto es que un día en la inmensidad de la desolada cordillera andina, la naturaleza se manifestó y el inca supo escuchar.