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CON MOVILIDAD REDUCIDA (6)

hippies por los hitos de humboldt

j. a. gonzález (Johnny)
13/08/2017

 

El barrio de Haight Ashbury de San Francisco, con el teatro Filmore en una calle cercana, llevó el peso de la psicodelia y de la constitución de las comunas en unos años que parecía que la libertad, el amor y la defensa de la vida sencilla, cuajarían en la filosofía de la mayoría de los humanos.

Yo, en aquellos finales de década era hippie, si nos atenemos a que tenía un pantalón amarillo, una camisa de flores multicolores y el pelo largo cuando me dejaban, que aún vivía El Paisano y no era cuestión de provocar. Ahora me doy cuenta que era una postura estética, pues ideológicamente estaba más cercano al blanco y negro del Mayo del 68 francés, del que tuve noticias rápidamente por las revistas que le enviaban de París los familiares emigrados de un muchacho al que daba clase en la cárcel de Astorga. Al año siguiente abordamos el tema en un seminario de Derecho Político dirigido por el catedrático D. José María Gil Robles, ex jefe en la república de la C.E.D.A. (Confederación Española de derechas Autónomas). Había vuelto del exilio y le habían repuesto en la cátedra de Oviedo. Él se descolgó con un libro al efecto: «No fue posible la paz». ¡Tela!

Las calles de Haight Ashbury siguen manteniendo las casas estilo Reina Ana, con sus galerías verticales características. Están en la parte alta de la ciudad de San Francisco y las tiendas vintage y los pequeños negocios hacen referencia a la década de los años 60 y a sus iconos que vivieron aquí: Janis Joplin, Jerry García, y a sus filosofías: meditación trascendental, la paz, el amor y la mística de la naturaleza.

En una tienda vintage compramos diademas y cintas hippies y salimos a integrarnos en el paisaje. En palabras de Manu Badenes «por aquí deambulan las dos categorías: el hippie, hippie, que es una persona ya talludita, con el pelo largo, a veces con canas, barbas los hombres y ropas de colores abigarrados; y el piji hippie, que viste igual, no lleva barba y el pelo largo son extensiones, porque si aparece de esta guisa el lunes en la oficina del banco donde trabaja, le cortan los güevos.

Nosotros somos de estos últimos y, para dar más el pego, vamos deseando la paz. Si tuviéramos tiempo nos haríamos con un perro dorado y callejero para pasear como una familia que despide sencillez y sosiego.

El último gran festival hippie fue el de Woostock, cerca de Nueva York, en el que tocaron todos los músicos que he citado y que fue como el canto del cisne de la psicodelia. Unos meses más tarde muere Janis Joplin y en el Festival de Altamon, los Rolling Stones, que habían llevado como equipo de seguridad a un capítulo de Ángeles del Infierno, mataron a un negro que le había derribado la moto y que portaba una pistola. Cinco puñaladas y patadas hasta la muerte recibió Meredith Hunter. Posteriormente, los Ángeles culparon a Jager Richard, que tardaron una hora en salir desde la actuación del grupo telonero, para tensionar el ambiente y cantar Simpathy for the Devil, en el mismo infierno. Fue denominado Festival de la Muerte de la Nación, Woodstock.

En el 70 muere Jimi Hendrix y en el 71 Jim Morrison (The Doors), con 27 años ambos.

Unos días antes de Woostock, una secta satánica mata a Sharon Tate y cinco años después Patricia Hearts, nieta del legendario William Randolph Hearts, es secuestrada, o se enroló, nunca quedó claro, por el Ejército Simbiótico Popular. Los padres veían que sus retoños, a los que consiguieron tener separados de «ideologías comunistas», se iban de casa y se refugiaban en comunas, en lugares apartados o viajaban a la India o Katmandú, pasando por Ibiza y el resto del Mediterráneo.

La policía, azuzada por estos progenitores descolocados y llenos de miedo, presionaba continuamente, prohibiendo cualquier tipo de manifestación o el consumo de drogas psicodélicas, disolviendo el movimiento poco a poco como un azucarillo en un vaso de absenta.

Por la tarde, aún vestidos con alamares hippies, hacemos un recorrido rápido por el Golden Gate Park y luego vamos al puente del mismo nombre para recorrer el símbolo de San Francisco en todas direcciones.

Los atardeceres y primeras horas de la noche la gente se traslada a los muelles de la bahía, donde está toda la «movida», al menos hoy que es sábado.

Las focas y leones marinos están en el Pier 39 y en toda la zona compiten las tiendas con bares, restaurantes y puestos al aire libre de frutas de California que despliegan el colorido de los bodegones de Cezanne. Aquí comimos las cerezas y fresas más grandes y sin embargo más sabrosas de todo lo comido anteriormente. Las moras de moral, por otra parte, compiten con las que se venden en las tiendas de alimentación españolas, pero son anodinas al compararlas con las del moral de la señora Enedina, en San Román. Estoy salivando cuando escribo estas líneas.

En los muelles del otro extremo se sentaba Otis Redding a ver pasar los barcos que entraban y salían y que le inspiraron el tema Sitting on the Dock of the Bay (Sentado en el muelle de la Bahía).

Dejamos San Francisco un domingo soleado, con la gente en conciertos al aire libre y algún otro paseando en coches eléctricos de alquiler de color amarillo y un máximo de dos plazas; son descapotables, por lo que se exige casco a los pasajeros.

Enfilamos el Valle de Napa, plagado de viñedos donde se desarrollaba la serie televisiva Falcon Crest y donde un amigo nuestro de La Bañeza, Adrián Ferrero, tiene una empresa encargada de estudiar algún aspecto del vino de la región. Primero recibieron él y su socio un premio de la Universidad de Boston por un trabajo sobre ADN, que les puso en el mapa de la investigación y les posibilitó un contrato en el Napa.

Fue una lástima que Adrián estuviera en España en esas fechas presentando algún proyecto de investigación, aunque yo, con respecto al vino, siempre he tenido sentimientos encontrados. De joven había leído, de Charles Baudelaire que «Quien sólo bebe agua algún secreto esconde», y agrega «Quienquiera que haya precisado apaciguar un temor debiendo evocar un recuerdo, anegar un dolor, forjarse una quimera, todos han invocado al dios misterioso oculto en las fibras de la viña…caerá al fondo del pecho como una ambrosía». Pues, a pesar de ello, sólo el agua, el café o la coca cola me acompañaban.

Nos detenemos en Glen Ellen para visitar el Jack London Historic Park, ubicado en el antiguo rancho de London.

Jack London, el escritor de nuestra juventud, había nacido en San Francisco y criado por una mujer negra hizo de su vida bohemia y llena de aventuras, literatura de la buena. A los 17 años se enroló en un barco para cazar focas, al norte del Japón. Ya nunca volvió a echar el ancla en el transcurrir de su vida. Fue marinero, ostrero y buscador de oro en el Klondike. Su vagabundeo en trenes de mercancías lo llevó a prisión y al salir, el trabajo en una industria de enlatado de sardinas, lo condujo al socialismo, donde militó.

De Alaska llegó enfermo de escorbuto y en la convalecencia decidió ser escritor novelando la realidad vivida. Algunos de sus libros son ya clásicos y desde entonces la juventud americana y la de toda Europa, en algún momento, quiso ser un Jack London bello como un dios subido a la goleta de la aventura.

Para retratar las miserias de las clases populares de Londres viajó a Inglaterra y se confundió con los desarrapados de la sociedad que lo aceptaron como uno de los suyos hasta que, a los ocho días de dormir y vivir en callejuelas inmundas, tenía tal hambre, que dejó de mendigar y se fue a comer a un bar, descubriéndose que aquél pordiosero no era tal, de modo que no volvieron a confiar en él.

Compró el Rancho Hermoso, de 500 hectáreas, para montar una granja que paliara con sus beneficios los períodos de sequía literaria, pero fue un negocio ruinoso y la casa, con su piscina en el centro, terminó quemándose.

London murió en el 16, probablemente a consecuencia de la morfina que se inyectaba para los dolores. Tenía 43 años. Su mujer construyó una casa de piedra a la entrada de la finca, donde se encuentra el museo con los objetos personales de London, sus fotos, pipas y la maqueta de la goleta Snark, con la que pretendía dar la vuelta al mundo, aunque llegó poco más allá de Hawaii y Australia. Por cierto, visitó allí la isla de los leprosos, Molokai, y sus artículos contribuyeron a arrojar un poco de verdad sobre la vida de los enfermos, que era todo lo contrario al muladar en que lo habían convertido los que escribían de oído.

La casa original (Wolf House) mantiene las paredes de piedra, con dos filas de ventanas mirando al bosque de robles y hayas. Al lado la tumba, con una piedra sin trabajar y un cerco de ramas.

Nos desplazamos hacia el oeste para coger la Hwy. 101 y abordar los parques cercanos a la costa. Subimos a la cima del Humboldt Redwood State Park y un gran cartel con una interrogación gigante anuncia un Confusion Hill, o sea, Monte de la Confusión. Interesados en el tema, resultó que era una construcción llamada «Gravity House» con una sala que, a base de luz, música, dibujos e ilusiones ópticas, creaba la sensación de que estabas acostado en el suelo, cuando, en realidad, permanecías en pie. La intención del «confundido» visitante, siempre era levantarse, que era como siempre estuvo, erguido. Con esto no contábamos.

Tomamos una carretera paralela a la Hwy. 101, de unos 25 km. y denominada Avenida de los Gigantes. Sequoias enormes la flanquean y helechos abundantes la convierten en una selva inextricable. Resulta que esta es la región de los Bigfoot, esas criaturas gigantes, mitad hombre peludo, mitad mono. En todas las pequeñas aldeas que nos cruzamos existen escultores que tallan bigfoots con motosierra. También hay congresos sobre ellos y M. V. me ha mostrado en internet vídeos que se han ido publicando de bigfoots en movimiento entre helechos y coníferas.

Continuamos hacia Eureka y Arcata en la costa y allí nos alojamos esta noche, soñando con Yetis peludos que bajan al pueblo en la oscuridad.

Por la mañana el día despierta enfurruñado y nos disponemos a visitar el Jedediah Redwood Park. Antes vamos a la oficina de información, donde el Ranger, un entusiasta del Parque, nos desechó algunas rutas previstas por encontrarse intransitables en esta época del año y nos diseñó otras alternativas.

El Parque lleva el doble nombre de Jedediah y Humboldt en honor al explorador, trampero y comerciante de pieles que participó en descubiertas por Colorado, Utah y California y murió en el Camino de Santa Fe, probablemente en un enfrentamiento con los indios. Es famoso por la apertura del Camino del Sur, que atravesando las Montañas Rocosas era una alternativa al Camino de Oregón, mucho más corto para llegar a California. También atravesó el parque actual abriendo la Ruta de la Costa. El Parque homenajea además al alemán Alexander Humboldt, viajero sabio, biólogo, geólogo y humanista, que puso su fortuna al servicio del estudio y la exploración. Nunca vio la naturaleza como un enemigo al que hay que dominar, sino como un ser, cuyas leyes hay que respetar y, en todo caso, llegar a acuerdos. Darwin dijo de él que era el hombre más grande desde el Diluvio.

Tomamos un desvío de la Hwy. Howard Hill-Alameda. Es una carretera escénica con sequoias, arroyos y robledales, con musgo y praderas donde triscan los ciervos. En Alameda hay un sendero de dos kilómetros adaptado, que transcurre por el núcleo de las sequoias gigantes. Es necesario estar aquí, en el majestuoso bosque impenetrable, para escuchar una nueva dimensión del silencio. Se diría que el viento se ha calmado y el ruido de los coches queda lejos. Dicen las guías que un árbol colosal (100m.) del recorrido es el séptimo más grande del mundo.

Fuera del bosque el día se ha espabilado y un sol tibio asoma de vez en cuando entre nubes dispersas y una ligera bruma marina.

Nos retrepamos en un promontorio, con catalejos en ristre, para atisbar el paso de las ballenas en su viaje desde el Mar de Cortés (México) hasta las aguas frías de Alaska. No se dignaron en aparecer, pero había que intentarlo.

Dejamos a la derecha el Monte Shasta y dormimos al borde del mar, en Crescent City. El Monte Shasta es un volcán potencialmente activo, cuya última erupción se sitúa a finales del s. XVIII y donde se producen fenómenos extraordinarios, según cuentan. Estamos pues ante un vórtice energético.

Lo descubrió Fray Narciso Durán, que le denominó Monte de Jesús María, si bien el siguiente visitante, un inglés, lo nombró Shasty, que dio el nombre actual.

Los miembros de la Iglesia de los Santos del último Día, muy popular en Estados Unidos, defienden la existencia de una «convergencia energética» en el Monte Shasta. También hay un monasterio zen.

 

1 Comentario
01

Por Manolix 19:04 - 06.11.2017

Sin lugar alguna la moda hippie sigue presente entre nosotros. Es un look que marca tendencia entre las personas más diversas.

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