+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario de Diario de León:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 

El horizonte coreano

 

YONHAP -

Colpisa
06/05/2018

Se abre una nueva era de paz en Corea». Los líderes de Corea del Norte y de Corea del Sur, Kim Jong-un y Moon Jae-in, utilizaron palabras muy similares para resumir el acuerdo que alcanzaron hace unos días tras la histórica cumbre que cerraron con un sentido abrazo. La Declaración de Panmunjom que redactaron pone fecha —este año— al fin de la guerra que cerraron en falso con un armisticio, recoge la implementación de programas de acercamiento económico y abre el proceso para un desarme y una desnuclearización progresivas. Pero la falta de concreción en relación a esos dos últimos asuntos hace que todavía haya muchas dudas en el nuevo horizonte de esperanza que se abre en la península.

Los más escépticos esperaban con gran expectación ver cómo trataba la prensa oficial de Corea del Norte, la única ventana al mundo que tienen los habitantes de ese país, la cumbre intercoreana. Y, para su tranquilidad, los titulares dejaron en evidencia que las buenas palabras no son una broma. La agencia de noticias estatal KCNA —fuente de todos los medios del país— informó ampliamente sobre el resultado de la cumbre y subrayó el compromiso con la paz y con la «completa desnuclearización» de la península. Sin duda, ese discurso supone una ruptura radical con la retórica belicista que se imponía hasta este año.

No obstante, los analistas coinciden en vaticinar que Kim no renunciará a su arsenal nuclear. Le ha costado demasiado producirlo y es el poderoso comodín que le permitirá negociar con Estados Unidos. Así, las posibilidades que se abren ahora son limitadas: Kim podría acceder únicamente al desmantelamiento de las instalaciones nucleares militares —las utilizadas para las pruebas ya están derruidas— y comprometerse a detener el enriquecimiento de material fisible y el desarrollo de nuevo armamento atómico. Y también podría ir un poco más allá y aceptar la destrucción de algunas cabezas nucleares.

Sanciones económicas

No sería el único país en esta situación. India, Pakistán e Israel cuentan con armas atómicas, no han firmado el Tratado de No Proliferación y no por ello sufren sanciones económicas como las que ahogan a Corea del Norte. Precisamente, todo apunta a que uno de los principales objetivos de Pyongyang es lograr el levantamiento de esas restricciones. Si lo logra, podría centrarse en llevar a cabo un proceso de desarrollo económico similar al protagonizado por China, que ya se ha mostrado entusiasmada con el curso de los acontecimientos en la península coreana.

Sin embargo, y aunque Donald Trump ha agradecido en numerosas ocasiones la labor de su homólogo chino, Xi Jinping, en la cuestión coreana, sorprende el discreto segundo plano en el que se ha situado el gigante asiático. Nadie duda de que China tiene la llave del conflicto, porque el 90% del comercio exterior norcoreano está relacionado con la segunda potencia mundial, pero los dirigentes de Pekín han optado —por lo menos públicamente— por una actitud discreta.

Eso sí, Pekín fue el primer destino internacional de Kim como líder del régimen norcoreano y la actitud de China ha sido clave para propiciar el actual clima de concordia: primero apoyó las nuevas sanciones propuestas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y luego cortó el flujo del capital con la prohibición de importar materias primas y productos norcoreanos. Puede que Trump quiera atribuirse el éxito en Corea, pero basta leer sus tuits para convencerse de que no daba un duro por el proceso de paz y de que luego se ha limitado a subirse al carro que ha construido Xi. Lo mismo han hecho otros mandatarios, como el japonés Shinzo Abe o el ruso Vladimir Putin, que ya se han puesto a la cola para encontrarse con Kim.

En cualquier caso, todo apunta a que, por fin, la necesitada población norcoreana se verá beneficiada por la nueva coyuntura de la península. No en vano, prosperidad y desarrollo fueron también términos muy utilizados durante la cumbre del viernes. Si se ponen en marcha proyectos económicos relevantes entre el Norte y el Sur —que antes ya dieron como resultado el complejo industrial conjunto de Kaesong—, y finalmente algunas de las sanciones se levantan —como sucedió en Birmania durante el proceso de democratización—, Pyongyang podría crear empleo y riqueza, así como acceder a la tecnología y el conocimiento surcoreanos. Como sucede en China, un aumento del bienestar en Corea del Norte sería una forma más efectiva de legitimar al régimen en el poder que las bombas atómicas.

La pesadilla de los japoneses

Casi 100.000 japoneses de ascendencia coreana emigraron a Corea del Norte entre los años sesenta y ochenta atraídos por la promesa de hallar el «paraíso en la tierra», pero se encontraron con una realidad desoladora de la que muy pocos lograron escapar.

En 1960 con apenas 17 años, Eiko Kawasaki decidió embarcarse en un viaje al Norte tras oír «historias maravillosas» sobre la prosperidad y la igualdad de la que disfrutaban allí todos los trabajadores, gracias al régimen utópico y paternalista fundado por Kim Il-sung.

«Fuimos arrastrados por falsas promesas. Nadie nos obligó a ir, pero creemos que el Gobierno de Japón pudo hacer algo para evitarlo», explica en un encuentro con los medios Kawasaki, que escapó del país estalinista tras vivir allí 43 años, dejando atrás a su marido y cinco hijos.

Ella es una de las muchas ‘zainichi’ (descendiente de coreanos llegados en la era de dominio colonial nipón sobre la península coreana, 1910-1945) que se dejó llevar por propaganda impartida en centros escolares nipones controlados por Chongryon, asociación de coreanos residentes en el archipiélago afín al régimen de los Kim.

Su viaje a Corea del Norte, organizado por Pyongyang con la connivencia del Gobierno de Japón y la Cruz Roja nipona —según han denunciado algunos historiadores y desertores como ella—, fue ya un anticipo de lo que les esperaba allí.

La adolescente tomó uno de los trenes que recorrían el territorio nipón fletados por Chongryon para transportar a los emigrantes, y de los cuales, una vez a bordo, era «imposible» bajarse o contactar con el exterior, según su relato.

El destino del tren era Niigata (oeste de Japón), de donde a su vez partía un barco hacia Chongjin (costa oriental norcoreana), la tercera mayor ciudad del país y uno de sus principales puertos.

«Los pasajeros íbamos entonando canciones tradicionales coreanas, y algunos hasta lloraron y gritaron de alegría al avistarse la costa norcoreana. Pero el ánimo se desvaneció en cuanto llegamos a Chongjin, cuyo aspecto era mucho más miserable que el puerto de pescadores de Niigata», cuenta Kawasaki.

Pronto descubrieron también el racionamiento de comida, la obligación de informar sobre el comportamiento de otros o la censura de la correspondencia que mantenían con sus familias en Japón. Kawasaki se vio «atrapada» en el Norte pero sabía que se arriesgaba a morir o a terminar a un campo de prisioneros si trataba de escapar.

Así aguantó décadas, durante las que se casó y tuvo cinco hijos, y hasta que decidió huir cuando «las cosas empeoraron» con la llegada de la «gran hambruna» a mediados de los años 90. Ahora, Kawasaki, con el respaldo de otros desertores y de juristas nipones, han decidido presentar una petición ante la fiscalía de Derechos Humanos de la Corte Penal Internacional (CPI) para exigir responsabilidades a Chongryon, al Gobierno nipón y a otras partes implicadas, como la Cruz Roja de Japón.

Kawasaki logró escapar del Norte en marzo de 2003.

   
Escribe tu comentario

Para escribir un comentario necesitas estar registrado.
Accede con tu cuenta o regístrate.

Recordarme

Si no tienes cuenta de Usuario registrado como Usuario de Diario de León

Si no recuerdas o has perdido tu contraseña pulsa aquí para solicitarla