+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario Diario de León:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 

CANTO RODADO

Las izquierdas

La primera vez que fui a votar tenía aún diecisiete años. Sí, diecisiete. Mi nombre estaba en el censo electoral porque se había confeccionado para marzo del 83 y las elecciones se anticiparon....

 

Las izquierdas -

Ana Gaitero
02/12/2018

Fue la profesora de Historia, Soledad, quien nos informó en el instituto, el García Bellido de Armunia, que si cumplíamos los 18 antes de marzo del 83 podríamos votar aquel 28 de octubre en el que todo parecía que iba a cambiar. Así pues, me presenté con el DNI y una enorme emoción en el colegio electoral, en La Virgen del Camino. Y voté.

Entonces no tenía ni idea de quién era Clara Campoamor, ni de que las españolas votamos gracias a su tesón y por una diferencia de tan solo cuatro votos en uno de los debates más duros que han agitado el parlamento.

El socialista Indalecio Prieto abandonó la Cámara, iracundo: «Es una puñalada trapera para la República», dijo. El leonés Gordón Ordás, del Partido Radical-Socialista votó en contra. Gritaban que las mujeres iban a votar cautivas de la iglesia y los maridos. Clara Campoamor no le tenía miedo a la democracia. Aquellos cuatro votos fueron una victoria amarga para la abogada que había nacido en el madrileño barrio de Malasaña y dejó los estudios con diez años para ayudar en casa. Clara fue modista, dependienta y telefonista de periódico antes de ganar una plaza de auxiliar en la administración. Con 32 años, se matriculó en bachillerato y cuatro años después era licenciada en Derecho. En 1925 fue la segunda mujer en incorporarse al Colegio de Abogados de Madrid.

Pero volvamos al debate. Fue el «día del histerismo masculino», según escribió la diputada en su libro El voto femenino y yo: Mi pecado mortal, en 1935. Clara Campoamor consiguió que el artículo 25 de la Constitución no consagrara la desigualdad con la apostilla de que las mujeres, ‘en principio’, eran iguales en derechos a los hombres.

Logró borrar el añadido que dejaba en el aire cuándo sería aquel principio y que las españolas con 23 años, igual que los hombres, pudieran votar en las elecciones sucesivas. Aquel triunfo, sumado a sus luchas por el divorcio y la igualdad de los hijos nacieran o no dentro del matrimonio, terminó con su carrera política. Ningún partido quiso llevarla en sus listas. Dice Yolanda Alba, autora de Masonas, que la pertenencia a la masonería de Clara Campoamor también fue decisiva en el ostracismo a que fue sometida.

Con la Guerra Civil tuvo que exiliarse y murió en Lausana, Suiza, en 1974. Traigo hoy a Clara Campoamor a cuento de que tal día como ayer, hace hace 87 años, se produjo aquel memorable debate. Y de la importancia que tiene que mujeres y hombres podamos elegir en este país a quienes nos representan.

Y viene a cuento, también, de los bochornosos episodios que se han vivido en el parlamento español en las últimas semanas con insultos y escupitajos (reales o imaginarios) volando por encima de sus señorías. La izquierda, o las izquierdas, no tiene excusas para ser como las derechas populistas, como ese Pablo Casado que alienta al odio al inmigrante. Ni siquiera como venganza a partidos que, como Ciudadanos, llamen golpistas a los independentistas. No tienen razón, como no se sostiene que los políticos encarcelados lleven en prisión preventiva un año, pero el ‘y tú más’ no es un argumento político.

Después de 40 años de Constitución el Congreso, como las crotes autonómicas, es una pelea de gallos que aburre a la ciudadanía y desprestigia a la política. Y si el comportamiento de las izquierdas no se diferencia de la barbarie que se nos echa encima acabará por calar el mensaje de que los parlamentos no sirven para nada y la desafección política será el estoque final a la democracia. Lo ha dicho alto y claro Lidia Falcón.

Una quiere tener la ilusión de los diecisiete, pero los gallitos (y los garitos en los que atrincheran las izquierdas) lo ponen difícil. Afortunadamente, tenemos al feminismo que, como decía ayer Asier Arias, es junto al ecologismo uno de los «muros de contención de la barbarie». Aunque uno y otro son marginales en las urnas.

   
Escribe tu comentario

Para escribir un comentario necesitas estar registrado.
Accede con tu cuenta o regístrate.

Recordarme

Si no tienes cuenta de Usuario registrado como Usuario de Diario de León

Si no recuerdas o has perdido tu contraseña pulsa aquí para solicitarla