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Diario de León | Miércoles, 26 de noviembre de 2014

CURIOSIDADES

La historia de los Smirnov

De proveedor oficial de las principales monarquías europeas a finales del siglo XIX, al más profundo de los olvidos. Ésta es la historia de la familia Smirnov, siervos de la gleba que amasaron una de las mayores fortunas de su tiempo con la producción y venta de la bebida rusa por excelencia: el vodka

Ignacio Ortega 19/08/2012

En cada familia hay motas negras y blancas. La historia de nuestra familia es como la historia de Rusia, trágica», relató Kira, bisnieta de Piotr Smirnov (1831-1898), el patriarca de la familia.

Kira Vladímirovna Smirnova, que vive en un modesto apartamento en el sur de Moscú, mantiene desde hace 20 años una ardua lucha por rescatar del olvido la historia de sus antepasados frente a la inacción de sus propios compatriotas y la frontal oposición de la multinacional que comercializa el vodka conocido como Smirnoff.

La historia arranca en 1858 cuando Piotr, su hermano Yakob y su padre, Arseni, viajan a Moscú para ganarse la vida. Kira aún conserva un documento de registro que corrobora el viaje que los Smirnov realizaron desde la histórica ciudad de Yaroslavl a la capital imperio zarista. Los Smirnov aún no eran libres, por lo que no pudieron asentarse libremente en Moscú hasta que el zar Alejandro II acabó con la servidumbre y liberó a 23 millones de campesinos rusos en febrero de 1861, dos años antes de que Abraham Lincoln suscribiera, el día de Año Nuevo de 1863, la emancipación de los negros americanos.

Los siervos rusos, y nuestro protagonista no eran una excepción, carecían incluso de apellido. Dice Kira que el apellido Smirnov que recibieron procede de la palabra «smirni» (manso, pacífico), ya que ésos eran los rasgos de carácter de sus creyentes antepasados.

Un pionero analfabeto

A partir de ese momento, Piotr aplicó todo su ingenio para labrarse un porvenir en Moscú. No lo tuvo fácil, ya que era analfabeto. Primero trabajó como lavaplatos y, años después, regentó una bodega en la que se vendía vino y otras bebidas alcohólicas. De hecho, el vodka se vendía con el sobrenombre de «vino de mesa».

La primera fábrica de Piotr Smirnov contaba con nueve empleados a orillas del río Moskova. La siguiente, instalada en la legendaria calle Piátnitskaya, era un edificio de dos plantas en el que trabajaban cien trabajadores. «Los Smirnov eran muy creyentes. Amaban el trabajo y los contratos se firmaban de palabra y con un apretón de manos», apunta Kira. Smirnov se casó tres veces (Nadezhda, Natalia y María) y tuvo diez hijos, entre ellos Vladímir (1875-1934), abuelo de Kira, que se niega a desvelar su edad, aunque confiesa que nació antes de la guerra contra la Alemania nazi.

En 1870, Piotr se animó a cruzar las fronteras del imperio y comercializar el vodka por Europa. Para ello, y con el fin de cautivar a los consumidores occidentales, modificó la terminación de su apellido a Smirnoff. Sus bebidas tuvieron éxito desde el principio y, tras muchos años de espera, en 1886, Smirnov fue nombrado suministrador oficial de la corte imperial de Alejandro III. «Él fue un siervo, así que sabía lo que era la miseria. Por eso hizo muchas obras de caridad y financió la construcción de hospitales, escuelas e iglesias. Quería que Rusia fuera un país normal y que la gente viviera bien», señala Kira.

En esos años todo eran satisfacciones para Piotr Smirnov, uno de los hombres más admirados del imperio ruso. Se había convertido en abastecedor de las principales monarquías del continente, desde Noruega a Holanda, desde Dinamarca a Inglaterra, y desde Suecia a España. Kira aún conserva las imágenes de las medallas y órdenes que la reina española Isabel II concedió a su bisabuelo con ocasión de la Exposición Universal de Barcelona (1888), y también las recibidas en la Expo de París al año siguiente.

«Una gesta irrepetible»

El historiador Alexandr Nikishin, fundador del primer museo del vodka, entre cuyos objetos figura el diván en el que falleció Smirnov, aseguró que éste «era el mayor empresario ruso anterior a la revolución bolchevique. Creó 400 bebidas diferentes y no todas alcohólicas, una gesta irrepetible, y llegó a ser conocido en todo el mundo».

«Lo que mató a mi abuelo fue la decisión del zar Nicolás II de imponer el monopolio estatal sobre el vodka en 1897», dijo Kira. Esa draconiana medida fue un revés mortal para el emporio del vodka creado por Piotr Smirnov. De hecho, éste murió al año siguiente y su testigo fue recogido por su hijo mayor, también llamado Piotr. El negocio ya no era tan próspero, por lo que tuvieron que reducir gastos. Piotr murió en 1910, tras lo que el negocio resistió a duras penas hasta la revolución bolchevique de 1917, año en que todas las propiedades de la familia fueron expropiadas por el Estado.

En ese momento, Vladímir Smirnov, al que su padre había enseñado todos los secretos de la elaboración del vodka, se dedicaba a los negocios de caballos. Precisamente, su estrecha vinculación con los príncipes y la aristocracia zarista casi le cuesta la vida tras la revolución. «Le declararon enemigo del pueblo, lo encarcelaron y lo llevaron al paredón para ejecutarlo en varias ocasiones, pero nunca llegaron a matarlo», asegura su nieta.

Finalmente, logró huir en barco, por el mar Negro, hasta Constantinopla junto a su amante. Atrás dejó a su esposa Alexandra y a su hijo Vladímir, padre de Kira y de Galina. «Cuando desembarcó en Constantinopla no tenía apenas dinero en el bolsillo. Mi familia lo había perdido todo», dijo.

Vladímir no perdió el tiempo y formalizó el derecho de propiedad sobre la producción y venta de la marca registrada Smirnov, para lo que recibió un poder escrito de su hermano, Nikolái, que permaneció en Rusia y falleció durante las purgas estalinistas. En esa carta de la que Kira conserva una copia se puede leer: «Querido hermano, Vladímir, te autorizo a tomar en mi nombre decisiones en lo que respecta a los asuntos de (la empresa) Hijos de Piotr Smirnov en todos los países».

A partir de ese momento, Vladímir empieza a producir el vodka Smirnoff, pero los turcos no están muy familiarizados con esa bebida y los emigrantes blancos rusos no tienen ni un rublo. Entonces, Vladímir comienza una travesía por Europa que le lleva a Bulgaria, Praga, Vilna y Polonia, donde abrirá la fábrica Smirnovka, cuyo volumen de producción es muy modesto. Por ello, deciden emigrar a Francia y abrir una filial con ayuda de otro emigrante ruso, Dúbnikov, con el nombre Pierre Smirnoff.

«Los Smirnov lo habían perdido todo en la revolución bolchevique, por lo que mi abuelo quería al menos conservar el legado de sus padres», apunta nuestra interlocutora. Vladímir aún recuerda de memoria las recetas que le enseñó su padre, que incluían azúcar, limón y un poco de Jerez.

En aquellos tiempos, en Estados Unidos los grupos mafiosos se habían apoderado del negocio del alcohol tras la ley seca, por lo que un emigrante judío, Rudolf Kunet (Kutnetski) viajó a Francia en busca de nuevas ideas. Precisamente, su abuelo había suministrado alcohol a Piotr Smirnov. Enfermo y sin blanca, Vladímir firmó un contrato con Kunet por el que le cedía la licencia de producción del vodka Smirnoff en Estados Unidos, Canadá y México, y la venta por todo el mundo. «Mi abuelo soñaba con que el vodka se popularizara en Estados Unidos», dice Kira. Eso sí, el contrato estipulaba varias condiciones, entre ellas que Kunet debía acordar con él cualquier cambio en el contrato.

Nada más llegar a EE.UU., Kunet introdujo varias cláusulas en el contrato sin consentimiento de Vladímir. En resumen, Kunet se arroba todos los derechos de producción y venta del vodka Smirnoff, actualmente la marca más popular del planeta.

«El contrato de cesión de licencia tiene un vigor de diez años, pero al término de ese plazo, Kunet y los empresarios estadounidenses con los que se asoció nunca intentaron ponerse en contacto con nosotros. Ellos dicen que la Guerra Fría se lo impidió. Mi familia nunca renunció a sus derechos. La compañía aduce que se lo compraron a otros descendientes de Nikolái, pero nunca recibimos ningún dividendo. Nosotros también somos responsables del actual éxito de la marca Smirnoff, pero nadie nos lo reconoce», señala Kira.

Nada a cambio

Antes «los americanos no sabían lo que era el vodka. Pensaban que era una medicina, ya que no tiene ni sabor ni olor. Ellos le tuvieron que llamar whisky blanco para poder promover su consumo tras la Segunda Guerra Mundial».

Un año después de ceder la licencia, Vladímir murió en la más absoluta de las miserias, por lo que fue enterrado en una fosa común en Niza. Sólo tras la caída de la Unión Soviética, Kira y su hermana Galina viajaron a Francia y erigieron una tabla conmemorativa. Kira, cuya única hija emigró a EE.UU., no pierde la esperanza de que su apellido recupere el lugar que le corresponde en la historia rusa. «Estoy orgullosa de llevar el apellido Smirnov. El vodka no tiene culpa de los problemas del pueblo ruso. La culpa la tiene la ignorancia y la falta de oportunidades», sentencia Kira.

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