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CANTO RODADO

La quimera de la universidad

El ascensor social de la educación se paró. La élite cuida su finca con másteres que cuestan un pastizal. Cifuentes y una recua de trepas consiguen títulos en una tómbola llamada universidad

Ana Gaitero
15/04/2018

 

A mi abuelo materno, Valeriano Alonso, el Moreno, le gustó más la labranza (y las cartas), que la medicina y nunca terminó la carrera que empezó en Salamanca. No vivió para conocerlos, pero tiene un montón de nietos y nietas con título universitario. En mi familia, la primera en graduarse fue mi hermana mayor, Luciana.

Ella quería ser bióloga pero optó por el Magisterio porque era lo que había en León, porque había que trabajar para estudiar y detrás de ella había cinco más. Está mal que yo lo diga, pero ha sido, y es, una gran maestra.

La educación, que había sido uno de los grandes sueños de la república, se quedó atrás y en manos del poder religioso católico durante la dictadura. Aquellas niñas, Leonisa y Catalina Gaitero, que eran las encargadas de la biblioteca escolar de Villaornate, promovida por el maestro Tomás Toral, fusilado en octubre de 1936 en Villadangos, acabaron en el exilio económico y trabajando en Necochea (Argentina) en la agricultura y la hostelería.

La llegada a la universidad de los hijos, y sobre todo de las hijas de los obreros, que eran la mayoría de la gente hasta que la clase media empieza a florecer con el molde del Seat 600, tiene apenas unas décadas de historia.

Han hecho falta sólo unos años y la excusa de una crisis para machacar el sueño de la universidad. Con el plan Bolonia, fabricado a la medida de la Europa de los mercaderes, se inventaron los másteres. Títulos que cuestan un pastizal y que facilitan el acceso a doctorados, pero también a empleos en determinadas empresas. O dan prestigio en el partido para trepar. Al estilo Cifuentes, la que no quería dejar entrar a los mineros en Madrid por la A-6.

De pronto, el ascensor social de la educación se paró. Hay que subir las escaleras peldaño a peldaño y con gran esfuerzo económico para estudiar una carrera porque las tasas se ponen por las nubes y a ver quién gana para pagar el máster de uno o dos vástagos.

En los tiempos del nefasto dictador se decía que algunos ricos conseguían el título a base de jamones o empujones. La costumbre, aparentemente erradicada, ha resucitado con los másteres. Cristina Cifuentes pagó por un máster, pero no ganó un máster. Eso sí, es doctora cum laude en mentir, algo que para el presidente de la Diputación de León ni siquiera es pecado venial. Será porque en el PP saben que mentir es gratis. O que la mentira está tan de moda que es el hilo argumental de casi todas las obras de teatro de éxito en la cartelera de Madrid.

¿Cuál es problema?, dice Juan Martínez Majo. El problema es que vivimos en una ficción, pero la realidad es que votamos a quienes arruinan nuestros sueños. A quienes empapados de mentiras y embarrados de corrupción nos quieren convencer de que hacen algo por León con unos presupuestos generales del Estado de broma, con 3.000 euros para invertir en la Ciuden.

Todo es ficción. Tanto es así que en realidad la catedral de Burgos está en León y la de León, ¿quién sabe dónde? En Correos no las distinguen. Hicieron un sello conmemorativo de León Capital Gastronómica y nos cambiaron las torres góticas. Tanto comer, nos dan gato por liebre. Pero, ¿cuál es el problema?

El problema es que no distinguimos entre realidad y ficción. Ya casi nadie sabe que Valladolid no es capital de Castilla y León, no lo dice en ninguna parte el Estatuto de Autonomía ni hay ley que la fundara, pero funciona como capital de facto y fuerza centrípeta de la Comunidad. Y la gente cree que es la capital. El problema es que preferimos la mentira. Y la ficción. Antes que encarar la realidad.

 

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