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rancho canadá

El lejano oeste leonés

José González Juárez volvió de Canadá con la única ilusión de traer a su tierra el amor por los caballos y montar un rancho americano. Su motivación y el apoyo familiar lo hicieron realidad y hoy organiza fiestas vaqueras, conciertos ‘country’ y rutas ecuestres

sonia vidal álvarez
01/07/2012

 

Que nadie se lleve a engaño. A pesar del ambiente country, el trote de los caballos, el sonido del río, los sombreros de cowboy o el Mustang azul aparcado a la puerta, no, no se trata del viejo oeste americano ni los protagonistas de esta estampa son John Wayne ni James Dean. El Rancho Canadá, pese a su nombre, no se encuentra en ese frío país y el lugar parece sacado de la mismísima serie Bonanza.

Más de uno ya sabrá que hablamos de ese peculiar recinto ubicado en Naredo de Fenar —en Matallana de Torío—, pero para los que no, deben saber que Rancho Canadá parece traído insitu de un rodaje de vaqueros americanos a la provincia leonesa. José González Juárez —aunque muchos le conocen por Pepe o Pepo—, el dueño del rancho, recibe a los visitantes con sombrero, camisa vaquera, chaleco y botas de montar. En ese preciso instante el tiempo parece detenerse en la mitad del siglo XX, cuando las rutas con el ganado hacia el norte de Estados Unidos estaban en auge.

Pero no sólo es José, a éste le acompañan, entre otros, su nieto Jonathan o su gran amigo al que llaman Arizona, que le ayuda de vez en cuando con los caballos. Todos, con indumentaria de cowboy, componen pieza a pieza este sorprendente negocio familiar que nació hace más de 20 años con la idea de afincar en la provincia un centro country. No le falta de nada: bar y mesón, servicios de alojamiento, organización de rutas a caballo, fiestas y conciertos. A pesar de ello, José dista de llamarlo negocio, «no lo es, lo considero más un hobby, pues apenas nos da lo justo para vivir y no podemos dar trabajo a nadie como empleado. Eso sí, no importa trabajar duro a diario y durante muchos años cuando se hace por realizar un sueño».

El sueño de el niño José

Y es que aún no había cumplido la decena cuando José González Juárez ya sintió esa atracción por el campo y el ganado. Su historia es digna de contar y él lo hace con asombrosa sencillez, eso sí, a su vez lleno de orgullo. Y no es para menos, pues es un buen ejemplo de valentía y lucha por dedicarse a eso con lo que uno ha soñado toda la vida. «Nací en León en una casa de la Plaza del Grano, pero como a mi padre le gustaba el campo viví parte de mi infancia entre Villaobispo y Cármenes. Así comenzó mi afición, pues desde niño me rodeé de ganado y me dediqué a cuidar vacas», recuerda el dueño del rancho. Tras pasar cuatro años en el Ejército, «en el Regimiento de Infantería Nº36» —concreta quisquilloso— acabó en Francia trabajando en una fábrica. «No podía dejar de pensar en campos de gran extensión y en irme a América o Canadá», explica. Entonces, con sólo 24 años cogió su maleta y se fue a Quebec (Canadá) con el objetivo de trabajar para el ganado, y así fue. Durante 15 años vivió en esta fría región canadiense para rodearse y ser aquello que tanto deseaba.

Volver a sus raíces

«Allí encontré mi mundo ideal. Me fui para trabajar con el ganado y no me importó hacerlo solo, no tenía miedo y lo único que quería era hacer realidad esa inquietud que llevaba dentro desde que, de niño, creé esa ilusión de ser vaquero», comparte José González. Asegura que, a pesar de los duros y largos inviernos en los que acababa realmente aburrido de la nieve y el frío «es un país maravilloso. Sin embargo, marché con la idea de conocer mundo y volver a la montaña de León para traer esas novedades. Asentarme a orillas del río Torío, como y donde me crié; volver a mis raíces y traer aquí esa pasión que pude hacer realidad tan lejos», relata el dueño del negocio.

Dicho y hecho. Quince años después regresaba a León con su idea e ilusión en la mente. Justo a este punto de espectacular belleza de la provincia, donde se hizo con la posesión de unas tierras abandonadas, que ya no se trabajaban. Y toda esa maleza la convirtió en lo que hoy es Rancho Canadá. «Aún no puedo decir que esté terminado. Siempre quedan cosas por hacer y poco a poco, con gran esfuerzo y la ilusión de toda una vida, lo hemos ido mejorando. Eso sí, nunca hemos recibido ningún tipo de ayuda o subvención. Sólo luchando se consigue esto», destaca nuestro cowboy local.

Folclore americano

No hace falta sentir la llamada del viejo oeste para tener el gusanillo de querer disfrutar de un divertido concierto de música country o de una atractiva ruta a caballo por la montaña para los amantes de la naturaleza, los animales y el hermoso paisaje leonés.

Los picaderos de Rancho Canadá ponen a disposición de cualquiera sus esbeltos caballos para realizar actividades ecuestres, siempre con un guía, atravesando campos, paseando a la orilla del río o galopando por prados de la provincia. Una bonita experiencia desde 15 euros la hora hasta 20, dependiendo de la extensión del recorrido. «Principalmente ofrecemos rutas desde una hora hasta un día entero —explica José—. Las más frecuentes llegan hasta Vegacervera o Boñar, pero el cliente es quien decide y, si le apetece, podemos incluso acampar y pasar la noche», explica.

El gran amor que José siente por estos animales se deja ver en cada palabra: «son un compañero más, te prestan su amistad y se les coge un cariño muy grande», reconoce. Asimismo, el dueño del rancho cuenta cómo, del total de sus 14 caballos, algunos están aún sin domar, pero siempre tratan de hacerlo ellos mismos, al igual que el criarlos. «Comprar un caballo que luego va a ser utilizado para las rutas es algo muy delicado, pues no sabes en qué condiciones ha crecido y a veces pueden resultar agresivos. Los nuestros han nacido en el mismo rancho, son de gran confianza, están bien enseñados y les conocemos a la perfección, que es lo más importante», puntualiza el dueño de la finca.

Campamentos de niños y jubilados son algunos de los habituales en Rancho Canadá, según González Juárez. Pero el semblante de éste se entristece cuando habla de la juventud: «no les queda nada de afición por los caballos, ahora están todo el día aislados con el ordenador y el móvil». Por eso, José, desde su micro mundo vaquero, trata de impulsar esta actividad.

¿Y a este oeste leonés llegó la crisis? José reconoce que no lo han notado mucho, pues mucha de la gente que acude son ya jubilados. Eso sí, la ilusión, «que aún hoy siento» —recalca—, es la que ha hecho que esto siga adelante. Entre tanto, Rancho Canadá continúa con su sinfín de actividades. Un nuevo escenario, construido y estrenado recientemente en el salón principal, amenizará las próximas fiestas vaqueras y conciertos de música country. «No paramos de renovarnos e intentar mejorar este sueño. Incluso estamos pensando en preparar una concentración motera», explica su dueño. Tanto en su página web http://www.entucity.com/ranchocanada como a través de su Facebook cualquier interesado en sus servicios puede contactar con el rancho.

Todo está cuidado al detalle y al acceder al bar parece pararse el tiempo. Un retrato de John Wayne cuelga de la pared, al igual que la imitación de un bonito revólver, varios bustos de caballos o un lazo de cowboy. Quizás no salte la pólvora entre indios y vaqueros ni corra el whisky a mares como en el oeste americano, pero el ambiente vaquero se contagia al instante. Por eso no es de extrañar que entre su álbum de curiosidades esté el haber sido escenario de algunas de las escenas de A galope tendido, una película de Julio Suárez Vega. O que el mismo Anthony Quinn hiciese una parada de un día en Rancho Canadá, del que dijo, asegura José, «que le había encantado».

El boca a boca es lo que mejor funciona para este tipo de negocios y es que ya ha llegado a este singular rincón de la provincia visitantes de Madrid, «pero sobre todo es conocido en Asturias, cuyas gentes nos visitan mucho», explica el cowboy más leonés.

José González Juárez, echa la vista atrás, a su vida en Canadá, «donde tanto se apreciaba el campo y a sus trabajadores» y se pone algo nostálgico. Pero cuando ve su gran sueño, cuando lo palpa y mira a su alrededor, a su rancho, pronto se le pasa. Se ha cumplido un sueño.

 

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