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Diario de León | Viernes, 19 de diciembre de 2014

una mirada atrevida

León en minifalda

La atrevida mirada de eugenio forcano trastocó el paisaje leonés a finales de los años 60 con sus fotos para los catálogos de moda de la empresa tilsa. monumentos señeros, minas y pantanos se vistieron de minifalda

Ana Gaitero 26/02/2012

Cuando Eugenio Forcano abre la puerta de su casa en la Bona Nova, en la zona alta de Barcelona, aparece tras de él un museo de objetos raros y antigüedades con mucho de modernismo y toques de surrealismo. En el recibidor descansa, como lista para disparar, una cámara de madera con fuelle y sobre ella dos retratos de los que se hacían las parejas enmarcados en cartulina en forma de corazón. El hombre tiene una voz grave y vigorosa, acento catalán y un simpático bigote cuyo corte estrecho da una pista de su idea del perfeccionismo. Viste camisa y pantalón negro, que en realidad no se ven. El chaleco de listas moradas y naranjas y su cabellera blanca iluminan su rostro afable. Las cajas con fotografías de gran tamaño se han hecho hueco en el salón, al lado de los sofás un lugar ideal para deleitarse en su contemplación. «Mi estudio tenía aún muchas más cosas», aclara el fotógrafo.

Su pasión por la fotografía ha corrido pareja al coleccionismo. Enseguida pregunta por León. Por la Catedral. «No he vuelto a ir desde entonces», dice. Han pasado 43 años. La mitad de su vida. La relación de Eugenio Forcano con León fue breve pero intensa. Comienza el flashback. Más de 150 fotografías tomadas en los años 1968 y 1969 tiran del hilo de la historia.

Eugenio Forcano llegó a la capital cargado de carretes a todo color y acompañado de tres modelos alemanas, altas y rubias, para retratarlas con la moda de Tilsa, una industria textil que empezaba a despegar a orillas del Bernesga, impulsada por el Banco Industrial de León.

José María Riba, gerente de la fábrica y creativo de las colecciones durante tres años, los más prósperos, le contrató para hacer el catálogo que la empresa distribuiría entre sus clientes de toda España para lanzar la colección primavera-verano de 1968. La idea era hacer las fotos en la ciudad donde se diseñaban y confeccionaban las prendas. «Le sugerí empezar por León porque fotográficamente me interesaba la gente, pero también el clima urbanístico», explica Forcano en su casa del barrio de Bona Nova de Barcelona, mientras repasa las páginas de aquellos catálogos legendarios. La Catedral y San Marcos fueron los edificios históricos que más le impresionaron por su belleza en aquel primer viaje. Pero también hizo incursiones con las modelos en la Cerca Medieval, una auténtica desconocida para los propios leoneses en aquel entonces y aún ahora, y bajo la espadaña espectacular del santuario de La Virgen del Camino.

Con la cámara Hasselblad en ristre fue directo a la Catedral y sin encomendarse al Cabildo subió a las modelos a las verjas de la Pulcra Leonina y las hizo encaramarse a la portada, en osada competencia con las esculturas góticas. «No pedí permiso porque no me lo hubieran dado. Un cura que pasó por allí nos hizo bajar. La única vez que pedí permiso para hacer fotos en un templo fue en la Catedral de Barcelona y hubiera podido dar misa, porque creyeron que era sacerdote, pero de fotos al final, nada», relata con humor.

De aquel primer viaje a León recuerda que se alojaron en el Hostal de San Marcos (en los siguientes lo harían en el Quindós y el Conde Luna), casi recién estrenado como hotel. Sus suites y los exteriores del «impresionante» monumento plateresco se convirtieron en otro marco insólito para el catálogo de moda. No se le olvida que al llegar a León se incorporaron al plantel de modelos otras dos «impuestas» por los accionistas de la fábrica.

Forcano ya era por entonces un fotoperiodista consagrado. En 1960 había publicado su primera portada en la revista Destino, donde sus fotos mostraron a lo largo de doce años la realidad de un país en proceso de cambio y en pleno desarrollismo franquista. Un marine de la flota de Estados Unidos contemplando unas botas de vino colgadas del techo en una tienda de Barcelona fue su primer encuentro, sin pretenderlo, con el reportaje gráfico.

«Si Néstor Luján no me hubiera llamado para pedirme que hiciera las portadas no hubiera sido fotógrafo. Destino cambió mi vida», afirma. Hasta entonces, y tenía ya 34 años, se considera un «aficionado». Aquel día decidió quitarse para siempre la corbata de comerciante y se compró en Els Encants (mercado de antigüedades de la capital catalana) una cruz de plata con piedras rojas y azules que forma parte de su indumentaria habitual. «La llevo desde que me llamó Destino porque me sentí libre», explica.

La fascinación de Forcano por la fotografía empezó en la infancia: «En la calle Prat de la Riba, de Canet de Mar, había un fotógrafo llamado Manuel Paratge, uno de aquellos magníficos retratistas de galería. El niño Eugeni Forcano se paraba cada día ante el escaparate, subyugado por lo que para él era un misterio», señala Rosario Martínez Rochina, su biógrafa y fiel colaboradora. Siendo adolescente empezó a revelar en un cuarto oscuro improvisado en su casa.

En Canet de Mar, pueblo natal de Eugenio Forcano, se abrió en septiembre la exposición permanente con las fotografías donadas por el artista, entre las que se encuentran varias de la serie leonesa de moda con el paisaje, los monumentos y el trabajo como telón de fondo. La casa museo Lluis Domènech i Montaner cuenta con 140 obras de Eugenio Forcano de gran formato, clasificadas en dos etapas: de 1942 a 1957, cuando era aficionado, y de 1960 a 1990, ya como profesional.

La colección leonesa de Forcano también tiene una referencia importante en el libro que se publicó en 2005, con motivo de la exposición antológica que patrocinó el Instituto de Cultura de Barcelona. «A través de sus trabajos para la revista de la empresa Textil Industrial Leonesa S.A. (Tilsa), Eugeni Forcano va a conducir el mundo ligero de la moda hacia el realismo del que el fotógrafo procede», subraya Javier Pérez Andújar.

Y tanto. Forcano se sumergió con las modelos en lo más profundo de León. Una mina de antracita. A 400 metros de profundidad realizó algunas de las fotos más impactantes del segundo catálogo que, bajo el título Moda Peregrina, hizo una incursión insólita en la provincia leonesa.

Pedro Torres puso los textos de este catálogo en el que el carbón untoso y negro se prestó a dar más luminosidad al color de los vestidos y prestancia a las modelos, aunque al final todas salieron tiznadas. «La mina es un mundo de un ignorado y continuado heroismo, de anónima y generosa renuncia y donde los hombres arrancan con tenacidad indomable el mineral que la industria insaciable devora».

Eran los tiempos en que la mina se imaginaba «fuente inagotable de riqueza» y los mineros se convirtieron en «seres casi mitológicos, modernos cíclopes de ojo luminoso» en la aventura de Forcano por capturar «ambientes inéditos» para la moda intrépida.

El Chelsea Look con el que Mary Quant, precursora de la minifalda, revolucionó la moda (y, en cierto modo, la vida de la juventud) de los años 60 se coló también en el pantano de Barrios de Luna y planeó sobre las montañas cantábricas, en la visita al parador de Pajares. La turné de Forcano por la provincia recaló en praderas cercanas a Riaño y en pueblos de adobe y tapial, donde puso al descubierto y retrató, para escándalo de algunos y algunas, los rostros de sus gentes.

El fotógrafo recuerda la experiencia con emoción y describe los objetivos que buscaba como si fuera a emprender de nuevo el trabajo: «El paisaje me gustó muchísimo y me encontré con un clima de especial humanidad. Buscábamos la parte rural de León e intentábamos incorporar a la gente del pueblo. Gente auténtica a la que me gustaba mezclar con la innovación de la moda. La gente del pueblo es la verdad de un país».

Una idea que resultó irreverente y provocadora para otros. El 11 de julio de 1968 apareció en la portada de DIARIO DE LEÓN una de las fotos que relizó Forcano para el segundo catálogo. Una joven modelo rubia con boina sobresalía por encima del rostro arrugado, pero no menos hermoso, de una anciana con pañuelo negro y sonriente. Al día siguiente se presentan ante Forcano dos policías que le entregan una carta: «Es de un teniente coronel que me dice que la anciana es su madre y que considera la foto como una falta de respeto». Forcano le responde por todo lo alto: «Le dije que el trabajo me lo había encargado Arias Navarro, que era uno de los accionistas de Tilsa, y no tuve más noticias del coronel».

El rotativo no volvió a dar cuenta de las fotos de Tilsa pese a la promesa que había hecho a sus lectores. Al filo del siglo XXI el catálogo fue redescubierto en la Biblioteca Mariano Domínguez de Berrueta del Instituto Leonés de Cultura. La foto con las modelos encaramadas en las verjas de la Catedral, ilustró uno de los capítulos del Libro del Siglo del DIARIO DE LEÓN.

El espíritu transgresor e innovador de Forcano se destila también en las anécdotas de aquella peripecia. «De un pueblo tuvimos que salir por pies, porque las mujeres se enfadaron muchísimo cuando vieron a las modelos posando con sus hombres», recuerda el fotógrafo. El catálogo se iba acomodando a la realidad leonesa y en Barrios de Luna fueron las aguas el marco ideal y en las tierras llanas, de adobe y tapial, el pastor con las ovejas churras. Su manta rayada al hombro refulgen a la par que los vivos colores de la moda de punto de Tilsa. «Un género que competía con los mejores del país», asegura Eugenio Forcano.

«¡Cómo han cambiado las cosas, cómo se ha transformado el mundo desde entonces, desde que Forcano anduvo por todos esos pueblos!», como escribió Andrés Trapiello a propósito de las fotografías del libro Festa Major.

Así ha pasado con la ciudad y la provincia que recorrió y fotografió Eugenio Forcano a finales de los años 60. El parador de Pajares —un privilegiado mirador sobre el puerto que hoy se encuentra cerrado— fue otro de los alojamientos de la expedición. Las aguas anegaron Riaño y los pueblos de barro se vaciaron de aquellas gentes sorprendidas por el sueño frágil del progreso y la modernidad. Detrás del fotógrafo y las modelos iba una caravana de vehículos, con algunos de los accionistas de la empresa que no querían perder detalle, y «un autobús en el que llevábamos los trajes».

Desde que realizó el último catálogo para Tilsa, con la fábrica y las trabajadoras y trabajadores compartiendo la pasarela con las modelos, no ha vuelto a pisar León. No se imaginaba que la fábrica hubiera desaparecido hasta físicamente. «¿No queda nada?», pregunta pensativo. Eugenio Forcano recuerda con cariño, respeto y admiración a la persona que le hizo conocer León, José María Riba: «Éramos como hermanos, un hombre fuera de serie. El montaje que hizo en León fue impresionante, sobre todo por la parte humana», dice.

Todavía hoy mantiene una gran relación con José María Riba hijo. Su madre, sus tres hermanos y él vivieron en León durante aquellos tres años en los que su padre estuvo al frente de la fábrica textil. Las dos niñas que aparecen retratadas en el último catálogo, subidas en el tejado de la fábrica, con modelos infantiles son sus hermanas. «Era muy buen dibujante», como enfatiza Forcano y «conocía el tema técnico y sabía qué modelos eran realizables». El fotógrafo le recuerda como «un hombre innovador, emprededor, incansable e ilusionado».

Tilsa se creó en abril 1967. «Quizás, el proyecto más importante aunque no llegaría a tener un final feliz», dice un informe sobre las industrias promovidas por el Banco Mercantil e Industrial de León. Empezó a funcionar en el verano de 1967 y en 1969 se había convertido en una fábrica modélica, con comedor para los trabajadores, guardería para sus hijos e hijas más pequeños y un centro de formación para capacitar al personal.

Pero en 1976 cerró dejando en la calle a dos centenares de personas, la mayoría mujeres jóvenes.

El edificio levantado en la carretera de Vilecha, sobre una parcela municipal cedida al efecto, fue derribado en 1982 para construir el Mercado de Ganados y Mercaleón. Tilsa, al igual que la empresa minera Carbonia, sobrevivieron unos años al escándalo financieron del Grupo Poggy, al que pertenecían por entonces, y que se llevó por delante a otras empresas como Cementos del Duero y Almacenes Mazón.

La maquinaria de la fábrica, que había sido equipada con la tecnología textil más moderna, fue subastada por 3.220.000 pesetas el 25 de octubre de 1977 en los Juzgados de León. Así acabó la historia de Tilsa. El destino fatal de la fábrica dejó mal recuerdo en León y finalmente ha quedado en total olvido.

La memoria de sus años más prósperos e innovadores pervive en el legado fotográfico de Forcano. A casi mil kilómetros de León. El trabajo de Eugenio Forcano en León salió a relucir el año pasado durante la presentación oficial de Aldimo, la Asociación Leonesa de Diseñadores de Moda, en un acto público celebrado en el Palacio de los Guzmanes en junio pasado (las palabras de la periodista que lo mencionó están en su blog: aldimo.blogspot.com).

Meses después, Eva López, del equipo coordinador del Purple Weekend, quiso traer a León una exposición con las fotos de Forcano dentro del festival. «Es parte de la cultura de nuestra ciudad, se muestran rincones singulares de ella, es un testimonio del trabajo de una empresa muy importante en España, reflejo de la moda de la época y que encima se hacía en León, y el excelente trabajo de uno de los fotógrafos más prestigiosos de nuestro país», explica.

A Forcano le ilusionó mucho la idea de exponer en León y enseguida se puso manos a la obra. Guarda un buen recuerdo de aquel trabajo que, como todos los que hizo para la industria de la moda, le sirvió para experimentar y, sobre todo, como seguro económico para «hacer lo que he querido hacer». «La moda era lo que me daba el dinero. Me permitió hacer el reportaje, que entonces lo pagaban muy poco», explica.

Los industriales catalanes empezaron a buscarle a raíz de las fotos que había hecho como aficionado. «Creían que era buen publicitario, pero la primera vez que me enfrenté a un trabajo de este tipo, por encargo de Carlos Barral, aún no sabía manejar el color», confiesa.

Hizo del defecto una virtud y se superó a sí mismo. «Hice ver que sabía y al final mi mayor problema se presentó cuando me pidieron la factura. No quería cobrar ni más, ni menos que el mejor», explica. Así se lo dijo al editor y acertó. Siempre le fue bien con el género. Sus fotos en Don, una revista financiada por los pañeros de Sabadell, han sido comparadas con el cine de Fellini. Forcano trabajó para otras muchas firmas de moda como Pulligan, Belcor, Warner’s, Myrurgia, Dupont y Delpire, entre otras.

Precisamente, un cartel que hizo para Lycra, con la modelo completamente desnuda, pero con las piernas tapando su cuerpo le supuso otro encontronazo con la censura. Fue castigado con 25.000 pesetas de multa.

La presencia de fotos leonesas en la exposición de Canet de Mar no se debe solo a que sea el pueblo natal del autor. Esta localidad costera tiene una gran relación con la industria textil. Fue la sede la Escuela de Ingeniería Técnica de Géneros de Punto, que hoy se dedica a la investigación e innovación textil. José María Riba se formó en esta escuela y de ella trajo a León a varios técnicos para poner en marcha las líneas de producción de Tilsa, recuerda su hijo. Llegó a León a través de Juan Díez Robles, miembro del consejo de Administración del Banco Industrial y propietario del concesionario de Butano en León.

«En Tilsa, mi padre ocupaba la gerencia y la parte creativa mientras que la parte técnica estaba dirigida por Fernando Zabala Zabala, que era ingeniero superior en Géneros de Punto por la Escuela de Tarrasa (Barcelona)», explica José María Riba Soler. Ambos habían coincidido con anterioridad a León y siguieron colaborando en los años 80 y 90 en la empresa Ignacio Carner, de Igualada.

Sólo una de las hijas volvió a León para asistir a una boda hace 25 años. Era un crío pero los recuerdos están vivos: el parador de Riaño, Carrizo, los anticuarios de la Muralla. Riba, otro coleccionista impenitente, dejó la fábrica leonesa tras recibir una oferta de otra industria textil de Mataró, donde también contó con Forcano. En su lugar quedó José Mª Alsina, que hasta entonces fue su ayudante. De origen catalán, se casó con una leonesa y estuvo en la fábrica hasta su cierre en 1976, recuerda la viuda de Riba, Nieves Soler Serra.

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