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El León con más señorío

Del centenar de palacios capitalinos sobrevive una veintena ansiada ahora para fines hoteleros u oficiales El viejo León está lejos de resumirse en la Catedral, San Isidoro, San Marcos y otros templos que son paradigmas en cada uno de sus estil

 

Detalle del palacio de los Quiñones de Luna, adaptado para uso residencial. - norberto

emilio gancedoemilio gancedo 09/01/2011

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Palacios en León.

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El casco antiguo de León no es una pétrea homogeneidad medieval, como el de Cáceres, o una luminosa blancura morisca, como el de Granada; el leonés es uno de los más curiosos del país, a decir de los expertos, por la variedad de épocas, estilos y materiales que en él se han ido superponiendo, a veces con más o menos armonía, con mejor o peor gusto rehabilitador, pero en todo caso sugerente por lo diverso, por lo amalgamado: tradicionales casas de labranza, de tapial y entramado asomando por entre las iglesias de teja y canto rodado; bloques burgueses del XIX, con sus molduras y balconadas; edificios blasonados, cargados de años; o inmuebles de los años cincuenta para acá, de inconfundible ladrillo desarrollista; todos ellos conviviendo a un tiempo.

Y de entre esa telaraña urbana, a la sombra de los grandes monumentos leoneses (la Catedral, San Isidoro, San Marcos), esos que en ocasiones eclipsan al resto de secretos de la urbe regia , una serie de enclaves que también merecen atención por ser testigos del paso del tiempo, herencia de los sucesivos estilos y modas arquitectónicas y vetustos engarces urbanos: los palacios y casonas.

Su existencia, antaño oculta bajo décadas de suciedad y hollín, práctica ruina o reconversión en casas de vecindad, almacenes, talleres o tiendas, se ha puesto desde hace unos años de relieve gracias especialmente a la mirada que sobre ellos han puesto dos sectores: los hosteleros y hoteleros y las instituciones. Los primeros han sabido ver en estos añosos muros una oportunidad de ofrecer alojamiento y manduque en aquello que últimamente más aprecia el visitante: un marco histórico sugestivo y acogedor. Los segundos atajaron la situaciones agónicas de algunos edificios emblemáticos de la ciudad, rescatándolos y a la vez obteniendo beneficios sociales. Es el caso del palacio de Don Gutierre, hoy sede de la Concejalía de Cultura Leonesa, y el del Conde Luna, donde antaño se elevó uno de los palacios reales de la monarquía legionense, ahora espacio cultural municipal y asiento de la Universidad de Washington en León.

Pero la nómina de casas nobles capitalinas va más allá de estos dos notables ejemplos en los que, en realidad, se vació todo su interior, que incluía, en ambos casos, significativos ejemplos de corredores tradicionales de madera en sus patios, quedando prácticamente solas las fachadas, así como algunas vigas, elementos decorativos y parte de los artesonados.

Un paseo por el viejo León junto a un experto en urbanismo y funcionario del Ayuntamiento como es Juan Carlos Ponga revela la existencia de otros testigos de la casa noble o con pretensiones de serlo. De hecho, Ponga, autor de libros como León perdido. Construcciones singulares desaparecidas en la ciudad de León de 1800 a 2000 ha elaborado una relación, aún no exhaustiva, de todos los palacios leoneses. De la lectura de este registro, que abarca unos cincuenta edificios que estrictamente se podrían calificar de palacios, se deduce que veinte de ellos han desaparecido por completo y otros diez han sido muy intensamente o por completo -˜reconvertidos-™. Contando las casonas hidalgas de grandes dimensiones, muchas de recuerdo labriego y popular, la época contemporánea alumbró la ciudad con más de un centenar de este tipo de edificaciones blasonadas de uso únicamente civil; esto es, residencial.

Un recorrido solariego

El paseo comienza en la calle Ancha, donde se alza, entre las casas burguesas que flanquean la popular vía leonesa, el airoso palacio renacentista de los Marqueses de Villasinda o Villasinta, del siglo XVI. «Este palacio se quema a principios del XX, se hunde y lo recompone el arquitecto Torbado, quien pasa los grandes balcones de la fachada a la calle del Cid, donde aún pueden verse. Antes, esos balcones formaban la fachada que se extendía entre la torre que hoy queda en la esquina y la que acoge el Hotel París», detalla Ponga. Y es que casi todos los palacios de la ciudad seguían -"o intentaban seguir-" ese sistema: una fachada extendida entre dos torres.

Poco más adelante de la sede de la Diputación, el ya bien conocido palacio de los Guzmanes (mandado construir al insigne arquitecto Gil de Hontañón por Juan Quiñones y Guzmán el mismo año en que fue nombrado obispo de Calahorra, en 1559), se alzaba, en lo que hoy es el Jardín del Cid, el palacio de Ramiro Díaz de Laciana, convertido en 1663 en convento de monjas agustinas y en 1894 en el cuartel del famoso regimiento de Burgos, que mandara memoler el Ayuntamiento en 1970. Poco más allá del edificio de aire neomudéjar de principios de siglo que acoge la Cruz Roja, la Audiencia Provincial sacrificó, en 1945, la gran casona de la familia de los Ceas, donde la tradición popular sitúa el nacimiento de Guzmán el Bueno y que hoy muestra, encajada en la fachada, la monumental portada creada en el siglo XVIII para la Real Fábrica de Hilados de León. El paseo propuesto rodea la Real Colegiata de San Isidoro, donde, a su costado, se alza la mansión blasonada del vizconde de Quintanilla, de gran extensión, portón, ventanales y balcones enrejados. Y continúa, por la plaza de Torres de Omaña, señoreada por el palacio del ilustre Cardenal Lorenzana -"obispo de Plasencia, arzobispo de México, arzobispo de Toledo, primado de España, cardenal primado...-", construido en el siglo XVIII con tres plantas y resabios renacentistas. En el XIX se convirtió en casa de vecinos, y así subsiste en la actualidad. Frente a él, otra curiosa mansión de principios del XX sigue preceptos historicistas.

Vuelta a la calle Serranos, y con su venerable aire rústico, puede contemplarse el casón (con un magnífico escudo de los Tovar) cuyo primer propietario fue Álvaro de Neyra y Quiñones, señor de Coladilla, adelantado del Reino de León y que recibió el título de marqués de Lorenzana.

«Muchos de estos edificios son o eran propiedad de la Iglesia, y es que en León hay dos partes bien diferenciadas; a la izquierda de la calle Ancha, dominada por la Catedral y el clero; y la de la derecha, más comercial y burguesa», reflexiona, en este punto, Juan Carlos Ponga. Y es que siguiendo por la calle San Pelayo, con su solitaria portada gótica al lado de los aún en pleitos Principia , arribamos a las cercanías de la Pulchra no sin antes contemplar un excelente ejemplo de casona leonesa con hermoso patio datada en 1764. Y a la izquierda, en el patio del colegio de las Teresianas, los restos del siglo XIII -"ejemplo único de edificación civil medieval en León-" ajudicado por algunos al palacio de Alfonso IX, al de su esposa doña Berenguela o al de un noble innominado.

Ya en la calle Pablo Flórez, y sirviendo de sede al Museo Vela Zanetti, el restaurado palacio de Villapérez guarda, además de los tesoros artísticos del artista de Milagros, un extraordinario artesonado del siglo XV -"asimismo visitable-", que incluso comparte con otra casona aneja. Regresando hacia la Catedral, sus inmediaciones nos enseñan la majestuosa fachada del Hospital de Regla, del XVII, cuajado de escudos con la enseña del león de los Prado, en realidad la parte central del inmenso palacio elevado por esa célebre familia de la montaña oriental, y que fue traído desde Renedo de Valdetuéjar. Y frente al primer templo de la ciudad, otro gran ejemplo de casona leonesa decimonónica, la sede de la Fundación Sierra-Pambley, con su delicioso museo dedicado a la vida cotidiana de una de las más destacadas familias de la época. Muy cerca, y aunque de época contemporánea, el gran edificio de Manuel de Cárdenas que albergara al Banco de España, por el momento en obras, acogerá otra institución: la sede del Procurador del Común.

Cruzando la -˜frontera-™ de la calle Ancha, y no sin antes echar una ojeada al palacio episcopal, aunque se escape, por su carácter institucional-religioso, a nuestra clasificación civil y ciudadana -"siglo XVI, portada gótica flamenca, con uno de los patios porticados más hermosos del Noroeste-", el paseo se interna en el León bullicioso y tabernario del Barrio Húmedo. Destacan, entre su caserío, el ya conocido palacio del Conde Luna (que fue, entre otras cosas, café musical, funeraria, almacén de frutas y casa de vecinos) y el de Don Gutierre, del XVI, que en realidad es el de los Villafañe y Tapia, un error de denominación pues el primero, ya desaparecido, se ubicaba entre la actual calle Cascalerías y el edificio de Bodegas Manchegas. Lo más seguro es que el pueblo trasladara ese nombre al único palacio que quedaba en la plaza, una vez eliminado el -˜auténtico-™ de Don Gutierre.

Los pasos y las indicaciones de Ponga, experto en urbanismo histórico, llevan al visitante hasta la calle de Fernández Cadórniga, con su palacio renacentista de los Quiñones de Luna, ahora reconvertido en viviendas, y restaurada toda su fachada, y que fue casa nobiliaria de un regidor perpetuo de León.

Cierra la calle uno de los conventos con más solera de la ciudad, en el de las Concepcionistas, que en realidad es un palacio, pues María de Quiñones lo cedió, en el siglo XV, a estas monjas de clausura. Visto desde fuera, es palacio leonés -˜de libro-™: dos torres y fachada extendida, con vigas a modo de corredor tradicional, entre ambas. Siguiendo por la Rúa, en la acera de la izquierda se alzaron los palacios de los Valdecarzana y Obregón, de los cuales no quedan hoy sino trazas. Y en la otra dirección, restaurado por completo para pisos, el palacio blasonado de Ramiro Marcelo Díaz de Laciana, construido por el noble montañés que se estableció en la capital leonesa a mediados del siglo XVI.

Pero en este sector del viejo León no puede uno olvidarse del palacio de Jabalquinto, del XVII; de la casona ubicada a un lado del hoy llamado de Don Gutierre, del XVIII -"ambos con usos hosteleros-"; del caserón, residencial, de conde Rebolledo; o del palacio barroco de los Villafañe en la plaza de San Marcelo o de las Palomas. A uno de sus costados está el bien conocido Nuevo Recreo Industrial, asentado sobre un palacio que ha pasado por numerosas manos. En 1672 pertenecía a un caballero de Santiago, regidor de León, luego pasó al marqués de Torreblanca, de la familia de los Quiñones, a fines del siglo XVII fue adquirido por un noble matrimonio y luego pasó a Bernardo Escobar, casado con doña María Álvarez Acebedo, matrimonio que se distinguió mucho en la resistencia leonesa contra la francesada. La casa fue saqueada por las tropas napoleónicas, que no dejaron más que algún adorno en las paredes. Una nieta de aquel matrimonio vino a ser la propietaria de la mansión, Eusebia Escobar, que se casó con el famoso general guipuzcoano Pedro Balanzátegui y Altuna, quien dejó el ejercito y llegó a ser nombrado alcalde de la ciudad. Aquí se instaló el telégrafo en 1857, luego pasó a gobierno civil, fue adquirida por el Casino Leonés y más tarde por la sociedad Nuevo Recreo Industrial.

Alto coste económico

«Los principales problemas que aquejan a estos edificios son la inadecuación funcional y el deterioro material -"explica Eloy Algorri, el secretario del Colegio de Arquitectos de León-". El segundo tiene fácil solución técnica y difícil viabilidad económica, porque los costes son considerables y la rentabilidad dudosa. La inadecuación funcional tiene un remedio más complicado y constituye el principal desafío para los arquitectos, quienes nos vemos en la tesitura de encajar nuevas necesidades, funciones, normativas y un interminable etcétera en un contenedor que impone sus propias leyes y límites».

«El año pasado -"ejemplifica Eloy Algorri-" vimos en la Comisión de Patrimonio un proyecto en la calle Dámaso Merino que resumía muy bien los problemas de adaptación de inmuebles de esta naturaleza a casa de vecindad». «No obstante, tengo la impresión -"continúa-" de que los palacios y casas nobiliarias han acabado en su mayor parte como sedes de instituciones. Sin ir más lejos, el propio Colegio Oficial de Arquitectos de León se encuentra asentado en el Palacio de Gaviria».

Los problemas son, así pues, económicos y técnicos, así como de utilidad. «No podemos olvidar que, aparte de unos cuantos edificios que usaron piedra escuadrada para su fábrica, por lo menos en sus fachadas, la mayoría de las casonas y palacios leoneses antiguos se hicieron de tapial, como las casas de labranza de las comarcas rurales circundantes, y muchos no soportaron bien el paso de los años», añade Ponga. Los incendios, ventas, derribos por ruina o por orden municipal, traspasos de toda índole, desamortizaciones, restauraciones y el paso continuado de unos a otros usos y de unas manos a otras acabaron con muchos palacios desde la Edad Media al siglo XX, y buena prueba de ello, por ejemplo, es el hecho de que no queden sino meras huellas de los cuatro palacios reales con los que llegó a contar la ciudad, antaño asiento de monarcas.

Así y todo, el laberinto de piedra, adobe, teja y losa que es este León antiguo, cruce de caminos abierto a todos los vientos del Norte y el Oeste, esconde una serie, variada y multiforme, de añejos edificios de tan diversa época y formato que, reunidos una misma población, resulta imposible o muy difícil de observar en cualquier otro sitio. Además de velar por la oportuna adecuación en las reparaciones y por propiciar los pertinentes arreglos, las instituciones no tienen que gastarse mucho en la divulgación de estas maravillas: sólo hay que darse una vuelta atenta para disfrutar de ellas.

   
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