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APUNTES

Llinguas y banderas

Las lenguas son parte fundamental de nuestro patrimonio cultural. Sin embargo, en ocasiones, su valor se desprestigia por el uso partidista de las mismas. El caso del leonés es un buen ejemplo de ello

ALBERTO FLECHA
05/02/2017

 

Que el respeto social por las Humanidades anda bajo mínimos es algo que a nadie pilla por sorpresa. Para una gran parte de la sociedad, la autoridad de los especialistas en estos temas es algo que se suele reconocer solo cuando sirve para confirmar con un marchamo de autoridad los propios prejuicios sobre el mundo que nos rodea. Y así nos va. Ahí andan discusiones ya zanjadas en los foros académicos dando saltos todavía de la barra del bar a las redes sociales pasando por la palestra política. En estos asuntos quizás sea el tema de las lenguas uno de los más manidos. A pesar de que los lingüistas las suelen tener bien inventariadas y clasificadas, los legos se afanan a menudo en retorcer incluso los términos más sesudos para hacer coincidir deseo y realidad. Más cuando todavía tenemos grabada a fuego esa idea romántica de que lengua y nación se funden abrazadas desde lo más profundo del origen de los tiempos.

En León no hemos sido ajenos a esta situación. Desde que Menéndez Pidal publicara El Dialecto Leonés en 1906, la caracterización del asturleonés como lengua quedó clara hasta la fecha. Y los estudios que se hicieron desde entonces por el ámbito académico fueron muchísimos. Dámaso Alonso o Caro Baroja son solo algunas de las grandes espadas de la cultura española que se acercaron a este patrimonio lingüístico con el afán de investigarlo. Además, son innumerables las tesis doctorales y estudios universitarios hechos sobre el asturleonés y sus dialectos desde entonces y hasta hoy. Lamentablemente son estudios que han pasado de puntillas para el gran público.

Lo que realmente ha hecho ruido, por el contrario, es el de la reivindicación política. Desde que en la Transición la cuestión autonómica saliera a escena, la información que ha ido llegando al público sobre la realidad de este patrimonio es la del uso partidista y, lo que es peor, desinformado del mismo. Se han tratado de ajustar los límites de la lengua a modernas realidades administrativas (Asturias y León han ido juntos o separados según el interés político de cada momento). Y también se ha abusado de neologismos, vulgarismos, barbarismos o préstamos de otras lenguas hasta convertir al leonés en un subproducto grotesco que ha llegado hasta hoy en forma de palabras como ‘lleunés’ o ‘Lleóun’ con las que todavía se mofa buena parte de la opinión pública de una lengua en la que fue escrito, por poner solo un ejemplo, el Fuero de León del que este año celebramos el milésimo aniversario. El uso de este ‘leonés’ se manifestó desde el principio como algo totalmente interesado, presidido por la intención de crear un proyecto político donde la lengua fuera un mérito más a la hora de reclamar un estatus regional o incluso nacional que lo hiciera más legítimo. Y lo que es peor, alejado de la tradición de estudios académicos y de la realidad viva del mismo, pues los rescoldos han estado ahí, languideciendo en lugares que vivían de espaldas a estas disputas capitalinas.

Esta situación no ha hecho más que perjudicar a una parte de nuestro patrimonio cultural. El leonés es un monumento que, como la Catedral o el Panteón de San Isidoro, ha llegado hasta nosotros como testimonio y testigo de nuestra historia. Sus últimos estertores pueden sentirse hoy en día detrás de las puertas que se cierran al anochecer en muchos de nuestros pueblos. También en muchas palabras que, como aparecidos, nos suplican desde lo más oscuro de nuestra memoria que cumplamos sus últimas voluntades. Es una realidad todavía viva como se puede comprobar en el documental ‘Llionés’ que hace apenas un mes ha publicado la productora RICI. Allí, académicos de la Universidad de León y hablantes de nuestros pueblos nos lo demuestran. La realidad y su evidencia están ahí. Los caminos también. Podemos tomar el de la defensa de nuestro patrimonio o, por el contrario, apuntarnos a la moda y levantar otro muro. Ejemplos no nos faltan.

 

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