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KILIMANJARO-RUTA MACHAME

En la morada de los dioses

la cima del kilimanjaro es codiciada por escaladores y científicos de todo el planeta. el montañero leonés javier fernández y su compañero palentino narran su aventura en el ascenso al techo de áfrica

 

Campamento Barranco Hute, con la cima del Kilimanjaro al fondo. - óscar díez higuera

Javier Fernández López *
24/03/2013

Desde que en 1889 el veterano escalador alemán Hans Meier, tras dos intentos fallidos, hiciera cima en el macizo del Kilimanjaro, esta cúspide africana es codiciada por escaladores y científicos de todo el planeta. Ubicada entre las fronteras de Kenia y Tanzania y con Meier como propietario, se sitúa a tan sólo 3 grados del ecuador y se yergue como el monarca del Valle del Rift.

El volcán, desde tiempos ancestrales, forma parte de la mitología africana. Al igual que en el Himalaya o en los Andes, estas montañas se creía eran morada de los dioses y cuando algún humano osaba profanarlas con su presencia, le caían las maldiciones en forma de avalanchas y frío glacial. El origen de la palabra Kilimanjaro proviene de los vocablos Masai kiliman (montaña) y njaro (agua) helada, literalmente significa la «montaña del agua helada».

En el verano, completando una expedición anterior al Atlas durante la Semana Santa, el palentino Óscar Díez y yo decidimos cerrar el raid por tierras africanas fijando dos nuevos objetivos: el techo de África y los parques nacionales más importantes. Dicho y hecho. Volamos haciendo escala en Zurich, a Nairobi y durante el trayecto surgió un regalo para la vista: sobrevolamos los Alpes, que también conocemos pero que nunca habíamos observado desde el cielo.

Ya en el aeropuerto de Nairobi, respiramos un ambiente de desconfianza y con nuestro inglés, precario pero eficaz para salir del paso, tramitamos los visados y gestionamos el transporte hasta Arusha ya en Tanzania. Los precios, como suele ser en estas latitudes, son siempre abusivos.

El primer paso es el itinerario hasta la frontera con Tanzania, donde nuevamente dejamos dólares a dolor. Lo empezamos a llamar el «visado revolucionario». El paisaje continua con una monotonía que languidece al más optimista, arbustos y acacias es lo único que divisamos, salpicado por algún que otro termitero. Si a esto le añadimos el ‘swahili’ de fondo y el atronador ruido del motor, nos convertiremos en presa del sueño durante las siguientes horas.

Por fin nos alojamos en Mero House, un modesto hotel, y a continuación nos damos un ‘garbeo’ por Arusha. Desde luego, lo desproporcionado de los precios no constata el progreso de la localidad, donde viven de la agricultura principalmente, producen maíz, café, trigo, sisal y algunos derivados lácteos. Es punto de partida no sólo para el Kilimanjaro sino también para los concurridos parques nacionales del Serengueti o Manyara.

De regreso al hotel y después de cenar abordamos el tema de la ascensión. Existen dos rutas, la Marangu y la Machame con una duración de seis días para cada una. Puesto que la primera está masificada en exceso, elegimos la segunda que, tras la negociación, nos queda en 650 dólares (en el país equivaldría a un millón de pesetas aproximadamente, teniendo en cuenta que un profesor en Tanzania cobra 70 dólares mensuales).

Primer Día de mi diario

Nos levantamos con gran optimismo y ese acicate que contagia lo desconocido. Por fin iniciamos la ascensión de una de las siete cimas del mundo. Son las doce horas cuando llegamos a Machame Gate. El guía formaliza la inscripción en el parque pagando la «cuota de mantenimiento», el precio está incluido en el pago total y los grupos se rigen por el siguiente organigrama: un guía con cinco clientes y cinco porteadores.

En nuestro grupo estamos Óscar y yo junto a un holandés, Martín, y una pareja inglesa: Sara y Simmond. Tanto el guía como los porteadores son nativos de color y llevan algunos años trabajando en tal menester. Cogemos la mochila de ataque, el bastón y la cámara y acto seguido estamos en ruta zigzagueando por las proximidades del Kilimanjaro. Transitamos lentamente por la selva alta, ya no se trata de caliza o gneiss sino de barro a raudales por un camino que se va estrechando con el paso de las horas. Más que una ascensión me recuerda un tour por la selva peruana, aunque evidentemente escasea la fauna.

La nieve se sustituye por el verde tranquilizante, terapéutico y frondoso, El hecho de contemplar una tela de araña escarchada cobra su verdadera dimensión en un lugar como éste. Todo es un ir y venir de porteadores, unos suben otros bajan y con un equipo muy precario, pues el 80% no tienen botas.

Al cabo de cinco horas llegamos a Machame Hute donde los portadores han montado la tienda (ni de alta ni de media montaña, una vulgar tienda de camping) y cenamos a la luz de los quinqués de petróleo. Reverberando suciamente en nuestros rostros el brillo anaranjado, intercambiamos opiniones sobre nuestras profesiones,

No es posible ir al saco sin contemplar la noche africana, escudriñamos el horizonte en busca de constelaciones, la noche es clara y apacible. A mi mente llegan recuerdos de las narraciones de los colonizadores británicos, cuando en mi época de joven explorador leía las aventuras de Baden-Powell quien institucionalizaba la filosofía de los sonidos del silencio durante la noche en el Continente Negro. El saber interpretar el silencio amenazador, aquellos extraños ruidos en la lontananza que delatan a un depredador al acecho, el chasquido de una rama por una pisada imprudente. En verdad, ahora lo entiendo, es indescriptible para aquel que no lo ha vivido.

Segundo Día: Llega el mal de altura

Durante la noche llueve a cantaros y cala parcialmente la tienda. Son las siete y desayunamos abundantemente. Tenemos una mala noticia, Sara se levanta con molestias intestinales y un malestar general, claros indicios de que el mal de altura ha hecho presencia. Hemos pernoctado a 3.000 metros de altura y los efectos se hacen notar. Perdiendo todo el importe de la expedición Sara y Simmond emprenden el regreso bajando con el guía. Incomprensiblemente, el verano pasado Sara estuvo en los Andes e hizo cima en un seis mil. En ocasiones el mal de altura se presenta sin ninguna lógica, es como tirar una moneda al aire.

No ha salido el sol cuando damos los primeros pasos y la niebla se desliza subrepticiamente por las pendientes que nos esperan en la jornada. El paisaje es ideal para un thriller y constituye uno de los mayores atractivos del ‘Kili’, el panorama del terreno experimenta mutaciones tan sólo con el paso de las horas. Ahora es Meri, uno de los porteadores, el que realiza las funciones de asistente, o sea sustituye al guía. Por cierto, lleva mi mochila y no fue precisamente un regalo para mis ojos aquella visión. Cometimos el primer error al llevar mochilas de expedición con gran capacidad y calidad, puesto que los porteadores, aprovechando la robustez, les atan todo tipo de bolsas, suyas y de otros clientes, estiran los correajes de tal forma que llegan a desprenderlos de las costuras y por si fuera poco cuelgan bidones de gasolina que usan para cocinar.

Cuando los rayos de sol empiezan a despuntar tenemos delante de nosotros una imagen que no olvidaremos, la primera visión del ‘Kili’, ornamentada por sus plantas vernáculas, los senecios. Al cabo de tres horas y media de marcha acampamos en Shira Hute, a 3.800 metros. La jornada es totalmente superflua, de hecho nos hemos alejado del pico.

Tercer Día: ‘los merodeadores’

En el saco de dormir, nuestros pensamientos ascienden la montaña. El panorama es de cine y Óscar se levanta tres veces para fotografiar las estrellas. Se aprecian la Osa Mayor, Centauro, Escorpión, Sagitario y la Cruz del Sur. La temperatura descendió a 8º C bajo cero y las paredes de la tienda están rígidas. Reanudamos la marcha con Martín. Este holandés lleva un año en Tanzania ejerciendo como profesor «misionero» y dado su espíritu aventurero no quiere prescindir del ‘Kili’ aunque no tiene experiencia en montaña.

La ruta de hoy discurre por senderos imperceptibles en grandes explanadas de piedra volcánica de color gris y negro. En principio el camino es rectilíneo hacia las faldas del cráter, pero antes de alcanzar su base volvemos a rodear, subir, bajar y vuelta a rodear, la historia, una vez más, se vuelve a repetir. A las tres horas de trayecto encontramos una gran mole pétrea, emblemática dentro del macizo, se trata de Lava Tower en cuya base se encuentran los restos de un antiguo refugio. Seguidamente, acometemos un descenso de varios cientos de metros, aunque desde Lava Tower se podría atacar la cima, y decidimos por unanimidad rebautizar a los porteadores con el nombre de ‘los merodeadores’. Antes de llegar al campamento Barranco Hute, topamos con un hermoso bosque de senecios gigantes.

Martín se acuesta rápidamente, le duele la cabeza. En este campamento encontramos algunas casetas de madera a modo de letrinas pero sin inodoro ni sistema de drenaje y cuidado con poner las tiendas a sotavento. De todas formas, el lugar es de ensueño ya que nos encontramos acampados en una zona colindante a un precipicio que posee un mirador cósmico a la selva.

Cuarto Día: empieza el ascenso

No hemos dormido muy bien, el suelo de la tienda tiene desniveles y hace frío. Teniendo en cuenta que hemos visto el volcán por todas sus caras, hoy forzosamente empezaremos a ascender. A nuestra diestra disfrutamos de un hermoso mar de nubes con la imponente silueta del monte Meru, otro volcán muy próximo a Arusha.

Siempre que efectuamos una ascensión, sobre todo si es un pico de este calibre, surgen simultáneamente al menos dos novelas, la de los paisajes y naturaleza y la de sus personas. Tratándose de un pico tan cosmopolit,a el paisaje es de lo más variopinto: nosotros los clientes, o pacientes, como los ingleses, caminamos en plan señorito, con nuestro bastón, nuestra cámara al cuello y parándonos en cada escaparate natural según vamos encontrando algo interesante.

En el otro ángulo, sudorosos, sucios y cogiendo resuello, los ‘merodeadores’ equilibran con sus brazos los grandes barreños y petates que portan en sus cabezas. Nosotros, lejos de nuestras obligaciones, de nuestro reducido círculo de vida, de nuestra morada de asfalto, acero y hormigón, disponemos de la parcela de las vacaciones para conocer, aunque sólo sea de forma efímera, otras culturas.

En esta ocasión, siguiendo un ritmo ascendente, en cinco horas alcanzamos Barafu Hute, último campamento antes de atacar la cima. Nos encontramos a 4.600 metros y el sitio tiene dos casetas metálicas. Para los guías, por supuesto. El día es bastante bueno y Martín se toma cuatro cervezas para celebrarlo (le advertimos de lo malo que es el alcohol en estos vericuetos). Estamos a tan sólo un día de buen tiempo para hacer realidad nuestro sueño. Cenamos a las cinco y media para iniciar el asalto final a las doce de la noche. Resulta mosqueante levantarse tan temprano cuando no hay hielo.

Quinto Día: sufrida ascensión

Con la imponente silueta del Mawenzi, un frío sepulcral y un viento fastidioso, a la luz de los frontales iniciamos la marcha. La noche fue horrorosa, los golpes de viento no nos dejaron pegar ojo. Meri nos repite insistentemente ‘pole, pole’ que en swahili significa despacio, despacio. En verdad, vamos caminando con una parsimonia y una lentitud pasmosa, pero al cabo de una hora con las rachas de viento empieza a tambalearse y le tenemos que sostener, su forma física deja bastante que desear.

Llevamos cuatro horas de aburrida y sufrida ascensión al ritmo del asistente y un porteador que le acompaña cuando, de repente y sin saber por qué, nos saludan efusivamente. Hemos llegado a la punta Gillman, a 5.685 metros y ahora entendemos el madrugón. Aprovechándose de la oscuridad quieren darnos a entender que hemos alcanzado la cima, se tumban en el suelo y esperan que con el frío desistamos y comencemos el descenso (en estos países subdesarrollados es habitual encontrarse con este tipo de gente). La reacción no se hace esperar, les voceamos Uhuru Peak, la verdadera cima del ‘Kili’ y ante su pasividad continuamos solos, hecho que produce su incorporación inmediata. Acometemos los últimos metros del Olimpo africano.

Al hollar la cima encontramos unas maderas a modo de anuncio del final del camino, son las cinco y media y pensamos que es bonito ver amanecer. Martín sigue vomitando y ahora se acuerda de las cervecitas. «Mis pensamientos volvieron a trepar por las cuestas heladas hacia la cima, donde los Dioses tienen su morada y tan sólo dejan entrar en ella al que se enfrenta noblemente con el peligro y está dispuesto a ofrendar su vida para gozar unos instantes del hechizo de las cumbres». Aquellas palabras de Hermann Buhl resultaron proféticas.

Permanecemos un par de horas admirando el soberbio panorama que nos ofrece el ‘Kili’, somos conscientes de que tal vez nunca volveremos al lugar y que finaliza un episodio más de nuestra vida.

Sexto Día: Objetivo conseguido

Acampamos en Mweka Hute y despertamos con la satisfacción que nos brinda el logro del objetivo. Poco después, los ‘merodeadores’ nos pasan un papel con el orden jerárquico del equipo: un guía, dos asistentes y tres porteadores, es el precedente para las propinas.

Los tres acordamos pasarles 30 dólares cada uno de nosotros y les parece muy poco. Como Martín habla más inglés intenta averiguar algo y parece que con la cantidad de fotos que disparamos, nos han tomado por unos reporteros. Se nos plantan una hora en el campamento, acto al cual hacemos caso omiso, ya de por sí el precio es una exageración desde el principio y más en un país como Tanzania.

A continuación, marchamos a buscar pájaros para fotografiar. A regañadientes cargan las mochilas y poco a poco descendemos. El mantenimiento del parque queda patente ese día. Caminos totalmente embarrados, durante cinco horas bajamos a marcha ralentizada. Este día me preguntan que si les doy el chaquetón de goretex para no pasar frío... están acostumbrados a pedir en extremo.

Finalizando la singladura nos vemos con una expedición norteamericana, un tal Charles, de Washington me comunica que han pagado 2000 dólares y por si fuera poco dejan 250 de propina, ahora entiendo las caras largas cuando dimos la nuestra. En fin, diferentes culturas siempre generan diferentes costumbres, lo importante es que andar nos da alas al igual que dormir nos da sueños.

* Javier Fernández es miembro de la sección de montaña de la Casa de Asturias