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paseos tras el brexit (II)

Un niño de la guerra de 90 años

el leonés paco robles llegó a inglaterra en 1937 para tres meses y sigue allí. es uno de los niños de la guerra evacuados en el vapor habana tras el bombardeo de gernika

ana gaitero
25/09/2016

 
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Tierra de esperanza entonces y de decepción e incertidumbre ahora. Francisco Robles Hernando cumplió 90 años dos días después de que el Brexit ganara en el referéndum británico. «Es una locura, un error», comenta preocupado por la deriva que puede tomar el Reino Unido fuera de la Unión Europea.

De niño creía que La Pasionaria «era mi tía». Su padre le llevaba al hombro a los mítines del Partido Comunista en Bilbao. En Londres ha sido miembro activo del Partido Laborista, le fichó el ahora diputado Steven Pound. A su espíritu práctico se debe el logro de zonas ajardinadas y servicios públicos en su comunidad.

El niño de la guerra es un hombre decidido y activo. Todos los miércoles se pone al volante y atraviesa Londres con su flamante coche para acudir a las actividades del Centro de Mayores Miguel de Cervantes ubicado en el barrio de Notting Hill, en las inmediaciones de la concurrida Portobello Road.

«Antes estábamos en Candem Town pero Rajoy nos ha quitado mucho dinero y este es más pequeño. Antes era la guardería para niños», comenta para añadir: «Y ahora le han votado otra vez...». No lo entiende, pero así como participó en el referendum y dijo no al Brexit, no cree que sea él quien deba decidir «si Rajoy es bueno o no para España».

El niño que llegó para tres meses a Inglaterra es abuelo y bisabuelo y tiene acento, aspecto y pasaporte británico. También español. «Durante muchos años ni me planteé la nacionalidad, pero me cansé de que me pusieran en la cola de los extranjeros cuando viajaba», comenta. Se casó con María, una española de La Línea de la Concepción que llegó a Londres en 1949. Sus dos hijas están en Inglaterra, Elena habla español con acento entre andaluz e inglés, y su hijo vive en Alicante.

El niño de la guerra Paco Robles cerca de su residencia en Northolt, al norte de Londres. GAITERO

Paco Robles reside en Northolt, en una colonia de viviendas que la British Airways construyó para sus empleados. Está al oeste del barrio de Ealing, situado al norte del Greater London, muy cerca del aeropuerto de Heathrow y de unas pistas de la Royal Air Force.

Los terrenos formaron parte de una granja que poco a poco fue absorbida por las nuevas urbanizaciones. Las pequeñas colinas convertidas en jardines se hicieron con los escombros del antiguo estadio de Wembley. Y pronto harán otras con la tierra que sale de la gran obra del tren subterráneo en el centro de Londres.

Muy cerca de su casa discurre el Grand Union Canal, navegable desde Londres a Birmingham a lo largo de 137 millas —unos 220 kilómetros— de recorrido. Por sus orillas, se puede pasear hasta el corazón de Londres.

En la cocina de su casa, la mesa camilla, en la que Paco lee el periódico y come cada día, está cubierta por un hule con la imagen del mapa de España con la antigua división provincial y el águila bicéfala. Un recuerdo de sus primeros viajes a España. Durante muchos años fue considerado un prófugo porque no se presentó a las quintas y hasta 1954 no consiguió el permiso para entrar en el país y ver a su madre y su padre, que después de las penurias de la guerra vivían de nuevo en Mansilla de las Mulas.

En Northolt, al salir de la estación de metro, se encuentra la Tower Green Clock, un reloj que fue levantado en honor al rey Jorge VI con motivo de su coronación, el 12 de mayo de 1937. Pocos días después, el 23 de mayo, arribaba a Southampton el vapor Habana con cerca de 4.000 criaturas de 5 años en adelante.

El barco había zarpado en Santurce tres días antes en una misión de evacuación para protegerlos de la guerra civil. El 26 de abril de 1937 la histórica población vasca de Gernika fue bombardeada por los aviones alemanes de la Legión Cóndor, que curiosamente tenía su destacamento en la base aérea de La Virgen del Camino, en la provincia de León.

En la capital leonesa, muy cerca de la Catedral, donde cuenta que fue bautizado, nació Paco Robles el 25 de junio de 1926. Los avatares de la vida llevaron a la familia a Vizcaya. Su padre, Germiniano Robles, procedía de una casa hacendada, pero venida a menos, de Mansilla de las Mulas y emigró cuando le ofrecieron un trabajo en el departamento de Química de los Altos Hornos de Vizcaya. Estaba casado con Martina Hernando. Tuvieron tres hijos: Paco, María Jesús y Pedro. Los dos mayores fueron embarcados en el buque Habana aquel 20 de mayo del segundo año de la guerra. Entre los 4.000 niños vascos, dos eran leoneses. Fue un viaje sin retorno. «Vinimos por tres meses y nos quedamos toda la vida», afirma Paco.

El quinto por la izquierda, de pie, es Robles al poco de llegar a Inglaterra. GAITERO
Con Carmen Kilner y periodistas de la BBC. GAITERO

La misión fue promovida por la duquesa de Atholl, presidenta del Comité Nacional Unificado de Ayuda a España, que presionó al gobierno británico para que admitiera a los menores como refugiados. Parece que no fue una tarea fácil. «Los ingleses no querían mojarse por la República», apostilla Robles. Fue la sociedad civil la que apostó por ofrecer este apoyo a España.

Gracias a aquel ‘viaje sin billete de vuelta’, Paco se libró de ser cura, pues ya le tenían preparado el destino, pero perdió sus raíces. «En León me llaman el inglés y aquí onion spanish (cebolla española)». «En el Habana pasamos tres noches muy malas de vómitos y sin poder dormir porque no encontrábamos camas», relata en el libro Recuerdos: Basque children refugees in Great Britain. Niños vascos refugiados en Gran Bretaña, editado por Natalia Benjamin. La BBC acaba de recoger su historia pensando en el 80 aniversario de la llegada de los niños vascos en el vapor Habana, que se cumple el año que viene.

En Souhthampton les esperaban unos médicos con chaqueta blancas: «Nos pusieron a todos inyecciones antes de desembarcar». La ruta del puerto al campamento de North Stoneham, en Eastleigh, «estaba llena de banderas y decoraciones; yo creí que era para recibirnos pero luego entendí que eran las banderas que pusieron los ingleses para celebrar la coronación de Jorge VI», explica.

Vivieron en tiendas de campaña hasta que les ubicaron en colonias o con familias. Dormían sin desvestirse y cogieron pulgas, piojos y algunos incluso sarna. También recuerda la diarrea que sufrieron después de comer los dulces que les llevaban. «Venían a vernos los ingleses en bicicleta y nos traían caramelos, pasteles y muchos bizcochos. Cogimos diarrea porque no habíamos comido eso desde hacía casi un año», o sea, desde antes de que empezara la guerra. Todas las mañanas les tocaban la canción Land of hope and glory (Tierra de esperanza y gloria) para levantarse. A Paco se le quedó grabada y hoy sigue siendo unas de sus favoritas.

Marina del pueblo de Hayes, Northolt, un puerto en el Gran Canal. GAITERO

Paco cumplió los 11 años al mes de llegar. Luego fue destinado a la colonia de Whersnead Park, en Ipswich. Recuerda los grandes jardines y el bosque y que en otoño los dueños de las propiedades iban a cazar. «Nosotros, los chicos, buscábamos los pájaros para ellos, haciendo el trabajo de los perros de caza y los amos nos daban seis peniques por cada pájaro que encontrábamos».

Eran los pequeños Azarías de los ingleses. Niños inocentes como el personaje de la novela de Miguel Delibes que hizo famoso Paco Rabal. En la colonia de Wickham Market, un viejo hospital que abrieron para acoger a los niños había ratas y se contagiaron de sarna, «nos trajeron maestros para enseñarnos inglés, pero yo no quería aprenderlo», relata. Sólo pensaba en regresar a España. Pero le empezó a hacer gracia la expresión I think so, la repetía en cualquier situación y todos pensaron que sabía ya hablar. Se convirtió en el primero de la clase. Como premio le regalaron una semana de vacaciones en Londres junto a su amigo Pedro Encinas.

Luego fue adoptado por una familia de Birmingham. «Lo pasé muy mal porque sólo me querían para trabajar, me tenía que levantar por a las seis de la mañana y dar de comer a las cabras, a los cerdos y los cerdos y limpiar la cuadra y luego tenía que ir a la escuela a cinco millas de distancia», explica. Apunta también que «era de los más listos porque lo que enseñaban yo ya lo había aprendido en los Salesianos de Baracaldo».

Paco Robles con su mono de trabajo en 1940, con 14 años. DL

Pasó por otras dos colonias y durante la guerra fue trasladado, con su hermana María Jesús, a Rowley Lodge, en Barnet. Trabajó en una fábrica de armamento, luego en una panadería y vio de cerca las bombas que no había visto en España. «Una mañana nos cayó una bomba de mil kilos en el jardín y mató a todos los animales. Tuvimos la suerte de que ninguno de nosotros salimos muertos o heridos», recuerda.

Hubo más traslados a nuevas colonias hasta que fue trasladado a Kensington Gardens Square, en Bayswater, Londres, hasta después de la guerra. Trabajó durante bastantes años en una industria lechera, primero como controlador y más adelante como vendedor. En 1969 entró a trabajar en la compañía British Airways. «Tenía un buen trabajo», confiesa. Pero después de sufrir un accidente laboral —le cayó encima el peso de una carga— se jubiló en 1982.

Su hermana María Jesús estudió enfermería en Hackney, en el nordeste de Londres, una especie de ciudad interior que se ha convertido en popular barrio de artistas y gente bohemia con restaurantes y locales de ocio que abren hasta altas horas.

«No eran tiempos fáciles para nosotros. Perdimos y a la vez ganamos mucho. Para mí, perdí mi identidad. No soy ni española ni inglesa», comenta María Jesús Robles en el libro de Natalia Benjamin. Su nieta Martina lleva el nombre de su madre, aquella de la que la guerra separó a María y a Paco y a miles de niños y niñas.

«Primos míos fueron a Rusia. Todos volvieron con carrera. Zapatero les elevó la pensión porque la que llevaban de Rusia no les llegaba para nada. Fueron muchos a México: desde Valencia, en el 37 salieron 160.000 personas», explica.

Foto tomada por Paco Robles en 1940 en la colonia de Rowley Lodge, en Arkley Barnet . ROBLES

CARTA AL REY

Desde antes de que surgiera el movimiento en España le ha interesado la memoria histórica de la guerra y la dictadura. «Una vez le escribí al rey Juan Carlos y le dije que debiera de estudiar un poco la historia de España», cuenta mientras busca la carta de respuesta de su secretario. «Vino de visita con la reina Sofía y habló en la cámara de los Lores y dijo que los emigrantes españoles han ayudado mucho y han traído mucha cultura. Pero no habló de nosotros, no somos inmigrantes somos evacuados».

En uno de sus viajes a España se acercó hasta el Valle de los Caídos. Está convencido de que Franco «mató a más gente después de la guerra» y aún le impresionan las peripecias de personas que lograron escapar de la cárcel. Su padre pasó por seis prisiones y campos de concentración. «Enseñaba a presos a leer y escribir y me contó que muchas veces venían los de la boina roja, los requetés, y llamaban nombres. Les metían en un camión y les llevaban al cementerio o a un paredón. Eso pasaba mucho por las noches», relata.

Aquí cayó la bomba de mil kilos en 1941, durante la guerra mundial. DL

Cuando venía a España contaba estas cosas y no le hacían mucho caso. «A mi padre le detuvieron los moros e italianos y le dieron una paliza que le quitaron el sentido del olfato», añade. Sus recuerdos basculan entre los episodios que le contaron de la guerra y la relación con su padre y madre después de la contienda. «Quise traer a mi padre y a mi madre y después de todo lo que moví en el Foreing Office me escribe mi madre y me dice: Papá no quiere ir». Prefería el pueblo.

En los años 50 llevó a Inglaterra a su hermano pequeño, Pedro, que no fue evacuado. Otra carta de su madre —les escribía desde los tiempos de las colonias— le alertó de que el chico «dice que se va a la mina. Yo no sabía ni que había minas en León».

Se cumplen 80 años de la guerra civil. Y en pocos meses será el 80 aniversario de aquel viaje sin retorno que cambió la vida de aquellos niños vascos con los que también iban dos leoneses. Paco Robles tiene ahora 90 años. Sale a caminar cada día y regresa a casa en el autobús. Goza de e una memoria excepcional. Y una alegría vital detrás de la cual se encuentra una persona luchadora y optimista, también de carácter fuerte, dice su hija. La pérdida de su esposa, hace dos años, le dejó sumido en una profunda tristeza de la que se despoja cada día con sus rutinas y relaciones sociales. «La echo de menos a todas las horas», dice con pesar mientras mira el retrato de María y recuerda la primera vez que bailaron en aquel salón de Bayswater.

 

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