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Novenas y ‘anovenas’

 

02/10/2011

Una de las más arraigadas tradiciones religiosas de nuestro otoño en los altos pagos de esta paramera leonesa adscrita al influjo de la «reina y madre del pueblo leonés», será sin duda la celebración de un buen número de novenas, algunas tan sonadas como la de la propia fiesta de la Virgen, el día 15 de septiembre, la de San Miguel, la de San Froilán…

Todas ellas nacidas de un tronco común, desde que el santuario fue puesto bajo el Real Patronato, según Cédula de S.M. la Reina, expedida en Trujillo a cinco de enero de 1516, aprobada y confirmada por S.S. León X en su Bula dada en Roma en el tercer año de su Pontificado, a 22 de mayo de 1517.

La reiterada asistencia a las solemnidades religiosas que acompañan el ritual de las novenas, terminó por dar a luz un producto típicamente leonés: las ‘Anovenarias’, una especie de profesionales que aparecían puntualmente cada otoño para acompañar con sus susurrantes rezos a la dolorida Virgen con el Hijo muerto.

Nadie preguntaba su nombre ni filiación alguna, pero todas ellas parecían cortadas por el mismo patrón. Rigurosos lutos voluntarios o impuestos por el destino, rugosas caras semiescondidas en pañolones atados por un lazo en lo alto de la cabeza… formaban larga fila desde los populares barrios labrantines del viejo León para llegar a la altiplanicie del santuario, después de atajar por la senda de las viñas de Trobajo de Arriba.

Y una vez acabada la novena correspondiente, con el inevitable recorrido del pétreo Vía Crucis de la campa, regresaban por el mismo camino y en silencio hasta ganar la ciudad de León «entre dos luces».

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