+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario Diario de León:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 

El novio de la muerte

 

Manuel Vilas
08/04/2018

Aunque he pasado la Semana Santa en Estados Unidos (aquí la llaman ‘Easter’), he seguido con cierto interés la polémica suscitada por la presencia de miembros del gobierno en la procesión de Málaga y por las banderas ondeando a media asta en los cuarteles, en señal de duelo por Jesucristo. Un estado laico no casa con ministros tan eclesiásticos y romanos, esto es evidente, lo ve cualquiera que tenga una mirada mínimamente respetuosa y objetiva con la democracia. Y lo de las banderas a media asta resulta cómico, y a cualquier católico de verdad yo creo que esa unión de cristianismo y pistolas debería de irritar más que las blasfemias castizas de Willy Toledo, dicho sea de paso.

El caso es que me puse a ver la tele española por You Tube. Y el caso es que ya ni me acordaba de aquella canción de El novio de la muerte. La canción originariamente era un cuplé que cantaba Lola Montes. Como cuplé, la canción tiene su raro encanto. Se narra en ella la historia de un legionario misterioso que sella un pacto con la muerte. He leído que la canción se inspiró en un hecho real, en la vida del legionario Baltasar Queija. Este hombre nació el 26 de marzo de 1900 en Minas de Riotinto (Huelva) y murió en combate en Marruecos el 7 de enero de 1921. Fue la primera baja en la recién estrenada Legión. En su pecho guardaba la carta de una mujer, su amada, quien acababa de morir.

Qué pronto se moría la gente entonces. Hay algo en la letra del cuplé que rompe la lógica. Es el momento en que dice: «Si algún día Dios te llama/ para mí un puesto reclama/ que a buscarte pronto iré». Un cuplé no tiene que tener la lógica de los relatos perfectos. Dicen que Baltasar Queija era muy pequeño. Esto vuelve a combinar mal con el idealismo romántico que la canción exhibe. La historia de España tiene algo de cuplé desacompasado.

Me acuerdo de cuando yo hice mi servicio militar obligatorio. Más de un año de mi vida tirado íntegramente a la basura. Algo aprendí, sí. Aprendí a sobrevivir. Recuerdo que el 24 de diciembre de 1985 un soldado de mi compañía se pegó un tiro en la boca con su cetme, cuando estaba haciendo guardia a las doce de la noche en una garita helada. Ese cuartel ya no existe. Fue destruido. Allí ahora solo hay un yermo y ninguna memoria de ese otro novio de la muerte, a quien en este caso sí tuve el honor de conocer.