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Pedro Udaondo, alpinista Carta a Pedro Udaondo

 

ISIDORO RODRÍGUEZ CUBILLAS ANA MARTÍNEZ DE PAZISIDORO RODRÍGUEZ CUBILLAS ANA MARTÍNEZ DE PAZ 01/04/2007

|||| Los héroes de nuestra infancia, que siguieron con la misma pátina de pureza en nuestra juventud, han sido los espejos en los que constantemente nos mirábamos para tratar de superarnos y alcanzar las metas que ellos habían conseguido, aunque siempre con la cruel certeza de que nunca lo lograríamos, pero sabiendo que poco a poco podríamos aproximarnos. Pedro Udaondo fue uno de mis ídolos de mis años juveniles, al igual que para muchos montañeros de mi generación y de otras generaciones siguientes, y así, de forma paulatina en el transcurso de los años, fui recorriendo muchos de los senderos verticales que antes que yo él había trazado en las paredes más hermosas de los tres macizos de los Picos de Europa. El 4 de agosto de 1992, justo el día en el que se cumplía el centenario del primer ascenso a Torre Santa, cuando descendía de la cumbre a la que había ido testimoniando mi pequeño y particular homenaje a los primeros escaladores en esta fecha señalada, al destrepar de la misma cumbre por la arista hacia el oeste, me encontré con una persona que con mano firme estaba asegurando a sus compañeros que se encontraban escalando en el último largo de la clásica vía Sur Directa. Después de saludarle y hacer los comentarios habituales, seguí mis pasos en solitario, pero poco más adelante un intuitivo pensamiento me hizo dar la vuelta a preguntarle si él era Pedro Udaondo. Desde aquél momento se inició una inquebranable amistad que nos llevó en los años siguientes a recorrer juntos muchas rutas de escalada y muchas montañas en distintos lugares. La leyenda viviente que para mi había sido Pedro Udaondo era ahora un habitual compañero de cordada, conmigo y con mis amigos. Subimos juntos en los años siguientes a muchas montañas de los Picos de Europa, el Naranjo, Torre Santa, las Agujas del Corpus Christi, de la Canalona, de Mesones, de Tajahierro nos vieron pasar unidos a la misma cuerda. Ascendimos a la Bermeja, a las Torres del Friero, Palanca, Peñalba, Delgado Úbeda o Friero. Recorrimos juntos itinerarios clásicos como la Canal del Pájaro Negro, el espolón de los Franceses a Peña Vieja, el espolón Norte del Torrecerredo. Hicimos gratificantes recorridos en invierno a varias montañas. Formando una sola cordada remontamos la vía Ferrari al hermoso Alpamayo, en los Andes peruanos, y también caminamos juntos por los glaciares de las remotas montañas del Pamir. Conoció, de nuestra mano, el macizo de Peña Ubiña o las Hoces de Vegacervera, y en muchas ocasiones compartimos la amplitud de un cielo despejado que teníamos como techo, dejando volar nuestra imaginación y haciendo proyectos para visitar otros macizos o alcanzar cumbres tanto inéditas como conocidas. Su voracidad por las montañas no conocía límite, no importaba que el recorrido que hacíamos ya lo hubiera realizado muchas veces, él conseguía que cada escalada fuera siempre novedosa. La vía Sur Directa de Torre Santa la escaló en más de 30 ocasiones, en los últimos años muchas conmigo, y puedo dar fe de que siempre se entusiasmaba con ella, como si fuera la primera vez que pasaba por aquellos lugares tan conocidos para él, empapándose del placer de superar cada tramo de dificultad y convirtiendo los pasos más duros en inagotables fuentes de placer. En León había entroncado con muchos de los montañeros y escaladores que forman la gran familia de este deporte en nuestra provincia, siendo su menuda imagen familiar entre todos ellos, que se disputaban el poder escalar con él cuando aparecía por las Hoces de Vegacervera. Siempre fue consciente de los peligros de la montaña, y en más de una ocasión tuvimos que acelerar el paso en una loca carrera para escapar de la tormenta que se avecinaba, y otras veces la prudencia nos hizo el abandonar la escalada al no encontrar las condiciones necesarias o ante la inminente llegada del mal tiempo. Reconocido y admirado por todos, Pedro Udaondo se ha ido de nuestras vidas, pero permanecerá para siempre en nuestras montañas, y al subir por los inclinados senderos que llevan a vega Huerta o al collado Jermoso, al trepar por la verticales paredes de Torre Santa o del Picu Urriellu, sentiremos de forma cálida su presencia azuzándonos para que no nos detengamos. Nuestra cuerda de escalada siempre tendrá un hueco reservado para él. Ha desaparecido el hombre pero continuará la leyenda. |||| Querido Pedro: Te escribo esta carta para contarte alguna de las cosas que no me ha dado tiempo a decirte. Espero que te llegue, estés donde estés, que seguro que será el mejor de los lugares para ti. Antes de haberte conocido, formabas parte de los héroes de aventuras montañeras que, en las largas veladas invernales junto al fuego, nos relataba Isidoro con todo lujo de detalles. Fui cincelando tu imagen en aquella evanescente y fantástica atmósfera. Tenías que ser un hombre fuerte, bruñido, acrisolado, curtido en múltiples batallas contra el viento, el frío, la nieve y el sol intenso, y tu rostro estaría surcado por las huellas que dejan en la piel tantas hazañas en la montaña. Fue en una tarde de otoño, en un seminario sobre el Naranjo, donde tuve la suerte de encontrarme contigo. Aquella figura de héroe, de hombre impertérrito, se desvaneció ante aquella sonrisa amplia de tu cara y esa mirada directa y afectuosa que me dedicaste, y, sobre todo, tu piel: nunca se me olvidará el efecto que me causó aquella piel fina y tersa, que no correspondía a aquel librador de batallas. Aquel encuentro sería el comienzo de una gran amistad y de un sinfín de recorridos juntos por estas montañas que tanto nos gustan. ¿Te acuerdas de las largas conversaciones que manteníamos mientras subíamos aquellas interminables pendientes? Jugábamos a arreglar el mundo. Me contabas tus grandes escaladas y yo te escuchaba boquiabierta, poniendo imágenes a tus palabras, disfrutando como en la mejor película de aventuras. Tus historias se convertían en un globo de helio que tiraba de mi mochila. ¿Y ahora qué, Pedro? Después del Pedro héroe, del Pedro humano y entrañable, vas a tener que ayudarme a reconocerte en los recodos de los caminos, en esa piedra a la sombra, en las rugosidades de la roca y en el silbido del viento. Bueno, Pedro, me voy a despedir; pero no por mucho tiempo, porque nos quedan muchas cosas por hacer y muchas cosas de que hablar en esas pendientes interminables que nos llevan hasta el cielo. Un beso. Ana.

   
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