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La pequeña Pamela perpetúa la especie

Con apenas dos meses, este ejemplar de burro zamorano-leonés pone de manifiesto el resurgir de una raza con mucha tradición y que, a pesar de haber tenido sus horas bajas, comienza a perfilarse como una alternativa de ocio con mucho que aportar.

 

Sobre estas líneas, un primer plano de Pamela, la burra de la raza zamorano-leonesa que ha nacido hace un par de meses en Navatejera. Abajo, varias instantáneas de las tres burras de Ezequiel Seijas. - FERNANDO OTERO PERANDONES

ANA GIL
20/05/2018

Llevan a sus espaldas un fardo cargado de tradición. Mucha historia detrás es la que tiene el burro zamorano-leonés y mucho también lo que ha contribuido a facilitar el día a día del hombre. Esta curiosa raza tiene ahora en León un nuevo motivo de celebración y apenas alcanza los dos meses. Se llama Pamela y pace en Navatejera, en una explanada plagada de hierba que comparte con su madre, Priscila, y con Luna. Las tres llenan de orgullo a su dueño, Ezequiel Seijas, pintor de profesión y amante de los burros, a cuyo cuidado dedica su tiempo libre.

«Antes había mucha tradición de criar burros, pero es algo que se ha ido perdiendo con el tiempo», explica Seijas. Es de un pueblo de Zamora, pero lleva 27 años viviendo en León. Tiene esa mezcla de zamorano con un punto leonés que también tienen estos animales a los que adora.




Sobre estas líneas, un primer plano de Pamela, la burra de la raza zamorano-leonesa que ha nacido un par de meses en Navatejera.
Varias instantáneas de las tres burras de Ezequiel Seijas. FERNANDO OTERO PERANDONES

A sus tres ‘chicas’ las ha llevado a Las Meloneras de la Plaza del Grano algún mes de septiembre, pero la tradición de participar con animales pasó a mejor vida y ahora ya las exhibe poco en actos públicos.

«Son muy nobles y su mantenimiento es fácil», asegura el dueño de estas tres burras.

Hierba seca, pan duro o zanahorias componen su alimentación, junto con algún cereal que Seijas les lleva cada día en invierno y algunas chucherías que les dan los vecinos. Ahora, pacen en el prado que les da cobijo, aprovechando la hierba que crece en estos meses. Pero Pamela todavía no sabe lo que es. Se alimenta de la leche de su madre y parece que la hierba empieza a llamarle la atención. Priscila, la progenitora, llegó a Navatejera hace siete años a cambio de un burro y es la primera vez que tiene descendencia. Ahora tiene 14 y, al igual que el resto de los de su especie, puede alcanzar los 30 si está bien cuidado.

Hasta el extranjero

Ezequiel Seijas es uno de los 350 criadores de burro zamorano-leonés que hay en España. De esta raza, cerca del 80% de los ejemplares está en Zamora, un 10% en León y el otro 10% restante, distribuido en varios puntos de España como Santander, Andalucía o Madrid. Hasta ha traspasado nuestra fronteras y se pueden encontrar ejemplares en Colombia, Alemania o Francia.

La Asociación Nacional de Criadores de la Raza Asnal Zamorano-Leonesa (Aszal) es la encargada de controlar lo que acontece a este animal. Tiene un registro de burros en el que fue recopilando datos durante dos décadas. Hace diez años que lo cerró, pero en él figuran los animales de la raza precedesores de los actuales. «Todos los burros zamorano-leoneses que hay ahora son descendientes de estos originarios», explica Jesús de Gabriel, secretario de Aszal.

Catalogada en peligro de extinción desde 1987, esta raza, caracterizada por su nobleza y su gran tamaño, cuenta con un centro de reproducción asistida a través del cual se lleva a cabo un estricto control reproductivo de las hembras gestionado desde Aszal. Sus responsables aseguran que la raza está atravesando un buen momento con un censo actual de 1.400 ejemplares. «Con las crisis bajó la compra-venta porque la gente había perdido poder adquisitivo, pero ahora estamos atravesando un buen momento», aclaran.

Lo que más interesa es el número de crías y 90 nacieron el año pasado. Esta cifra pone de manifiesto el buen momento de este equino, del que nacieron 40 crías hace dos décadas, cuando la Aszal inicio su registro. La cifra ha ido creciendo, a excepción del año 2009 cuando esta cifra alcanzó los 160 ejemplares y marcó todo un récord. En el último año ha aumentado en cinco ejemplares más. A paso lento, pero seguro, se va perpetuando la especie.

Ahora mismo, quien cría y tiene asnos es porque realmente quiere, porque le gusta y por una cuestión estricta de ocio, pues se trata de un animal que ha dejado atrás su papel de trabajador para pasar a ser casi de compañía. Antiguamente, estos asnos ayudaban a sacar agua de los pozos, a transportar las lecheras o a arar la tierra, pero ahora han pasado a mejor vida al quedar postergadas esas tareas.

Sin embargo, desde Aszal están estudiando dar un giro a esta realidad y que los burros retomen su papel protagonista de antaño, pero adaptado a los nuevos tiempos.

Con su carácter tranquilo, su corpulencia y su enorme capacidad de adaptación, se perfila como un animal que todavía tienen mucho que aportar.

   
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