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eleazar villa carcedo

poeta por 2,20 euros al día

romperá en breve su hábito de no publicar («debo observar más la vida») con un libro, el primero de este filósofo tabernario y callejero que nunca ha dejado de intentar responder a la pregunta ‘¿quién soy yo?’ «es la única que me importa»

emilio gancedo
18/11/2012

 

Cita a Virgilio y a Cicerón, rima sus poemas al ritmo sincopado que marca el trasiego de unos cuantos Prietos y goza, como ningún otro literato, del siguiente y raro privilegio: «Me levanto pronto para tener más tiempo con el que no hacer nada». Es Eleazar Villa, singular escritor de vida y obra muy poco convencional y tan radicalmente honesto que a pesar de que bullan en su cabeza miles de versos y prosas, relatos y libros de viajes, autobiografías, memorias y hasta voluminosos tratados filosóficos, aún no ha visto publicada una sola de sus creaciones. «Mezclar el arte y el comercio, ni es arte ni es comercio, es atraco», sentencia.

Dice de su año de nacimiento, 1955 —en San Cipriano del Condado—, que fue la rampa de lanzamiento de la «generación desgraciada», la que sufrió muchas consecuencias de la Guerra y que «ni comió ni dejó comer». Sus padres eran labradores y a él le tocó, como hijo único que era, y desde bien guaje, apechugar con gran parte del trabajo de la casa. «Con 13 años ya cargaba a brazo los carros de hierba», evoca. Cultivaban alubias, remolacha, lúpulo, menta, cereal... de todo. «Como trabajé tantísimo cuando no debía, llevo treinta años sin hacerlo ahora que puedo», informa sin pudor.

Eleazar era alumno brillante. A los seis años se inició en latines con el entonces ex seminarista y hoy catedrático de Universidad Hermenegildo López. Lo mandaron a estudiar al Seminario Menor; bachiller, sexto, reválida, COU... todo con nota. Se decantó por la Filología y, al poco de culminar, esa extrema lucidez que es su nimbo y su cruz le hizo reflexionar: «¿Para qué quiero yo un título, si sé más que ellos? ¡Prefiero tener paredes antes que títulos que colgar en ellas!». De excelente formación humanística, también comenzó Comercio y Derecho y hasta se sacó unas oposiciones a Caja León con sobresaliente, pena que al final lo tumbara el psicólogo. «Pues si usted no me quiere, yo tampoco», le largó.

Sobrevivió tres meses de camarero en Madrid y después marchó a Bembibre, con un amigo, a buscar trabajo en la mina. Labor no encontraron, pero sí un billete de 500 pesetas (del año 1977) en una bocamina. Acabaron en Coruña de juerga en juerga y al regresar quedaron en San Ciprián, Lugo, al tema de la alúmina, él como ‘peón especialista’. «Ganábamos un cuarto de millón de pesetas al mes, porque hacíamos muchas horas extra y fines de semana completos». Fueron unos meses muy productivos, pero luego Eli pidió la cuenta y se compró un traje blanco impecable que le duró quince días. Anduvo también a las vendimias de Francia, vagabundeó por Amsterdam y regresó a casa. Aborda fugaz el tema del matrimonio: «Dije en broma que me quería casar, y al medio año me casé» (también apunta que ahora dice en serio lo de casarse y ninguna le hace caso), ocho años duró el enlace, dos criaturas incluidas.

Eleazar fue secretario, discípulo y amigo personal del gran escultor leonés, hoy injustamente olvidado, Manuel Díaz Rollán, aquel que decía del famoso Negrillón de Boñar: «Me vio nacer y lo vi morir». «Era excéntrico, un poco pajarero de tanto andar con Dalí y Fassbinder», dice.

Eli recorrió con un amigo en el año 2000 la baja California mexicana —25.000 kilómetros, y sin un chavo— para acabar dando con sus huesos en la cárcel «en estado comatoso» por armarla en un bar a pesar de haber soltado 4.000 pesos de ‘mordida’. «Mi abuelo, que era rico, decía que no se podía andar sin un céntimo en el bolsillo. Por eso yo ahora siempre llevo... pues eso, un céntimo». No tan poco, pero sus padres nonagenarios, con los que vive, le dan de paga diaria 2,20 euros, ni uno más. Pero ¿por qué no escribe más Eleazar, por qué no publica? Es pronto para él. «Si no veo, si no comparo, si no valoro... ¿cómo voy a saber quién soy yo, qué es lo único que me preocupa?». De todas formas, anda en negociaciones para Desahogo de poemas, que será su primer y flamante poemario. Esto no es un prólogo, es una orden, escribe ante él Pedro Trapiello. Y anima: «Léalo, el cosmos que nos late dentro está esperándole».

 

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