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¿Por qué leer el ‘Quijote’?

 

Juan Gómez-Jurado
13/05/2018

Hay muchos motivos por los que leer el Quijote, ese libro al que nos encadenaron en algún momento de nuestra vida escolar y que, seamos sinceros, nos pareció un bodrio, en el mejor de los casos. Que ahora mismo el lector se puede llevar las manos a la cabeza, diciendo que a él la primera vez le pareció la octava maravilla del mundo, pero, si es usted sincero consigo mismo, eso es mentira. Nos gusta leer el Quijote cuando somos adultos, somos maduros, y nos enfrentamos al libro para que él nos examine -—él a nosotros— y no fracasemos.

No somos pocos los que nos hemos enfrentado al libro más hermoso e importante de la historia y hemos fracasado en repetidas ocasiones, como el que no para de catear el carné de conducir (en el cual acumulo yo cinco suspensos aún no superados).

El propio Mario Vargas Llosa confesó hace unos años —yo estaba entre el público afortunado— que la primera vez que intentó leer el Quijote, con quince años, «fue un fracaso rotundo», lo cual quiere decir que le aburrió soberanamente y no entendió nada, que es lo normal.

Dijo algo más Vargas Llosa aquella tarde: «Debe empujarse, motivarse a los jóvenes a leer el Quijote, pues además de vivir una aventura fantástica, uno descubre el poder extraordinario de la imaginación como motor de cambio del mundo en el que vivimos». Que es, al final, de lo que va leer. Tampoco Vargas Llosa descubrió la pólvora, pero sí empleó una palabra tan correcta como peligrosa: empujarse.

Empujar a un niño a leer es jodido. Por un lado, jamás van a salir de la vídeo-consola y el balón si no les pones un libro en las manos. Por otro lado, si no lo haces bien, lo más probable es que arruines a generaciones completas, como lleva haciendo el sistema educativo español desde hace cuarenta años.

Hay muchos educadores muy buenos, que lo intentan, peleando contra el plan estupidizador del gobierno de turno. Y curiosamente, los más entregados, los más motivados, son los más partidarios de la libertad, de dejar hacer. De que el niño escoja su camino. Y de acercamientos graduales, progresivos, con versiones ‘blandas’, si se quiere. Dirá el lector (como decía mi padre, que con 8 años ya declinaba latín a palmetazos) que estamos criando flojos. Quizás. Pero se atraen más moscas con miel que con vinagre, sobre todo cuando las moscas están revoloteando alrededor del móvil, con el que ‘Cervantes’ no puede, desgraciadamente, competir.

   
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