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«Quien pide eutanasia no pide morir sino dejar de vivir con sufrimiento»

España podría estar a punto de sumarse al club de países que ya han legalizado el suicidio asistido, un cambio que, según demuestra este reportaje, no estará exento de polémica. Sanitarios, profesionales del Derecho, filósofos y sacerdotes muestran su posición ante una modificación que cambiará el país..

 

cristina fanjul
19/08/2018

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Varios ciudadanos se manifiestan en contra de la eutanasia ante el Parlamento en Lisboa. - tiago petinga

"Creo que cualquier médico o enfermera a los que preguntes siempre te dirán que habría que hacer una ley que recogiera la correcta atención a la persona cuando se acerca la muerte. ¿Eso incluye la eutanasia? Pues en determinados casos sí pero, desde mi punto de vista, quien pide eutanasia no quiere morir sino dejar de vivir con dolor». José Andrés García Martín sabe el terreno que pisa. Médico del Equipo de Soporte Domiciliario de Cuidados Paliativos, ha sido la mano que ha dulcificado el trance hacia la muerte de miles de pacientes en León. Su trabajo no es fácil y sin embargo asegura que, para todo aquel con la suficiente sensibilidad, es una labor que «engancha». Lleva muchos años mirando cara a cara a la muerte.

España puede convertirse en uno de los países del mundo (junto a Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Colombia y Canadá) en legislar el derecho a la eutanasia. De hecho, el PSOE registró en el mes de junio un texto, respaldado por la mayoría de los grupos de la Cámara, que contempla «el final anticipado de la vida con el objetivo de evitar alargar el sufrimiento» de personas que padecen una enfermedad grave e incurable o una discapacidad severa crónica. La proposición reconoce un derecho subjetivo, individual, que será incluido dentro de la cartera del Sistema Sanitario de Salud como una prestación básica, universal y gratuita.

Sin embargo, y a pesar del aparente quórum de los partidos políticos (tan sólo el PP, Foro Asturias y UPN votaron en contra), la pregunta aún escuece. Cuando se cuestiona por la eutanasia, se produce un silencio que convierte el despacho en un lugar presidido por la la incomodidad. «Yo prefiero no hablar de eso — dice uno de los integrantes del equipo—. Sé lo que querría para mí o mis hijos, pero es una decisión que debe tomar el propio enfermo».

José Andrés transmite la opinión de la Secpal, la Sociedad española de cuidados paliativos: «¿Qué ocurre si con cuidados paliativos hay personas a las que no podemos ayudar? No sé responder, pero es cierto que hay un porcentaje de personas a las que no podemos aliviar el sufrimiento.

—En esos casos ¿es la eutanasia una alternativa?


—Si y no. Lo importante es la adecuación del esfuerzo terapéutico a cada paciente, pero incluso eso está a medio legislar.

Se refiere el doctor a la sedación terminal, una práctica que resulta ‘alegal’ a pesar de que sólo en el Área de Salud de León es administrada al año a unos 300 pacientes. El profesional y su equipo coinciden en reivindicar su uso, siempre que esté bien indicada y los sanitarios tengan la acreditación específica para ello. José Andrés García Martín añade que en bioética hay dos conceptos antagónicos: por un lado, la eutanasia, y por otro, el encarnizamiento terapéutico. «La sedación no es ninguna de las dos. No es más que acompañar a la persona en el curso lógico de la enfermedad, para que el paso se dé de la manera más dulce», destaca. «Pretende que personas que llegan al final de su vida, con algún síntoma difícil de controlar, se busca disminuir su nivel de conciencia para intentar que fallezcan más tranquilos y de forma más pacífica». Sin embargo, asiente ante la pregunta que todos se hacen al hablar de eutanasia.

—¿Es posible que aún con sedación, la muerte se convierta en una tortura?


—Por desgracia, puede pasar. Como cualquier otro tratamiento, puede complicarse o no. El enfermo puede tener algún episodio de dolor, de agitación o de fatiga. No es lo que queremos, pero no podemos prometer la eficacia, cien por cien, de todo lo que hacemos.

Puede pasar, y los profesionales reunidos alrededor de la mesa del Servicio de Cuidados Paliativos, en el Centro de salud de José Aguado, ponen ejemplos demasiado duros como para que la sociedad sea capaz de mirarlos cara a cara. Es el caso de la ELA (esclerosis lateral amiotrófica), por ejemplo, una enfermedad devastadora para el paciente y su familia, así como ciertos tipos de cáncer. «Hay personas que quieren morir, que quieren que les aceleres el proceso, que lo piden a gritos», dice uno de los colaboradores de García Martín, que muestra su convencimiento en que «conoceremos una ley a favor de la eutanasia».
Todos ellos añaden que uno de los extremos más importantes de la eventual ley es que dé cobertura legal a quien la practique. «Recuerdo que hace unos meses estuvo aquí Diego Gracia, uno de los mayores expertos en bioética de España. En su opinión, la eutanasia es la respuesta fácil, pero la respuesta fácil no siempre es la buena. Yo tengo dudas, pero considero que debe haber una ley que recoja al hueco de pacientes para quienes lo mejor es adelantar la muerte. Eso sí, nunca ha de presentarse como la primera opción. No se puede ser ni muy restrictivo ni actuar con manga ancha», defiende. José Andrés García Martín añade que hay personas cuyo sufrimiento no se puede aliviar.

—¿Qué ocurre con ellos?


— Sí, es cierto que hay un pequeño grupo de personas cuya mejor opción sería morir.
Sin embargo, y a pesar de que el médico es consciente de que la función médica aún vive de espaldas a la muerte, ofrece un mensaje que, paradójicamente, puede leerse como de esperanza: «Una de las facetas más positivas de este trabajo es que enfocamos en el paciente y no en la enfermedad. De alguna manera le damos la vuelta a la medicina, que en esta era se fija en cómo acabar con las patologías y se olvida del rostro de quien las sufre. Lo que les digo a mis pacientes y a sus familiares es que siempre se puede hacer algo. Ese es el espíritu».

Desde la filosofía y el Derecho

El filósofo Rogelio Blanco enfoca el dilema desde la experiencia de una muerte cercana y próxima en el tiempo. «Cuando te toca de cerca, hay que reflexionar. No somos libres para llegar a este mundo, pero sí lo somos para decidir cuándo y cómo salir de él», reflexiona el que fuera Director General del Libro, Archivos y Bibliotecas. Blanco Martínez defiende que lo deseable es no tener un final agonizante o mecanizado y critica la postura de cuantos se oponen a la aprobación de una ley. «El problema es que la filosofía y la moral están muy contaminadas por la teología», argumenta al tiempo que rechaza el principio hipocrático: «Hay un acto de libertad que nadie puede tomar por mí, y en el que la medicina no se puede entrometer». Rogelio Blanco añade que todos tienen el derecho a no rendir en esta vida de «forma miserable» y defiende que «nunca unos pocos deben decidir por la mayoría».

El catedrático de Filosofía del Derecho, Antonio García Amado, formula el análisis desde el punto de vista del principio de la libertad. «Somos dueños de nuestra vida y de formularla de manera libre en tanto que no perjudique a los demás», sostiene, y precisa que el ser humano se organiza como persona mediante el ejercicio de su propia autonomía: «Si soy dueño de mi vida soy dueño para quitármela».
El catedrático explica que el problema llega en el momento en el que el individuo no está en condiciones de quitarse la vida.

—¿Qué ocurre entonces?


García Amado explica que la polémica se suscita cuando alguien cree que el dueño de la vida es Dios. «Este es el fondo de la cuestión», defiende el profesor, que advierte de la necesidad de legislar con todas las garantías para «no equivocarse con quien no quiere morir». «Lo importante son los controles, las garantías, como con todo lo que tiene que ver con la vida y la muerte», dice al tiempo que muestra su opinión favorable a abrir la puerta a la eutanasia activa.

García Amado pone como ejemplo el caso de Ramón Sampedro para destacar que todo debe hacerse con la persona en plenas facultades mentales y con los máximos controles médicos, legales y éticos para defender la voluntad de la persona. Además, sostiene que en España hay expertos capacitados para llevar a buen término una ley de estas características. «Lo que ocurre con la polémica es que cada uno usa unos argumentos diferentes para defender sus ideas y cuando la idea es el pecado, entonces no hay razón que valga», dice. Asimismo, deja claro que cualquiera de los corpus legales que estructuran la ley de la eutanasia en los países en los que ésta ha sido aprobada son asimilables: «Los mismos problemas requieren soluciones similares», subraya.

La opinión de un sacerdote

Manuel Flaker, párroco de la iglesia del Mercado, se muestra absolutamente contrario a la eutanasia. «¿Qué voy a pensar? Me adhiero a la doctrina de la Iglesia y creo que lo que sería necesario es que hubiera más esfuerzo en los cuidados paliativos», argumenta. El sacerdote explica la defensa que algunos hacen de la aprobación de una ley que regule el suicidio asistido en una «pérdida del sentido del valor de la vida». Flaker recuerda la extrañeza que le provocaban las explicaciones de una política que, al tiempo que defendía la eutanasia se posicionaba en contra de los vientres de alquiler. «¡Qué paradoja!, pensé al escucharla. ¿Cómo es posible que alguien defienda la muerte y el valor de la vida en el mismo argumentario?», expresa. El religioso considera que la cultura ‘líquida’ (término acuñado por el filósofo Zygmunt Bauman para expresar la relatividad de un mundo en el que no hay nada valores permanentes ni fijos) explica las voces que se olvidan de que la vida «hay que defenderla a toda costa, también cuando hay sufrimiento». Manuel Flakel defiende que la ciencia tiene elementos para cuidar a la persona en los últimos momentos de la vida. Además, se pregunta hasta qué punto una persona que muestra su deseo de morir quiere hacerlo realmente. «Aprobar una ley de la eutanasia es abrir la puerta a la subjetividad», afirma al tiempo que incide en que todos los esfuerzos deben volcarse en evitar el sufrimiento. «La muerte es el momento más verdadero que tenemos y lo estamos banalizando», advierte el sacerdote. Flakel recuerda la conversación que tuvo con un compañero de seminario que cumple su labor en Holanda. «Me aseguró que allí, cuando los ancianos enferman, van a hospitales de Luxemburgo porque no quieren pasar por el temor a que les practiquen el suicidio asistido», afirma. El párroco advierte de que nadie es dueño de su propia vida. «No somos dioses», incide. Para explicar la importancia de los últimos momentos en esta vida, Manuel Flakel se refiere a su experiencia en el sacramento de la extrema unción: «Todos los que están conscientes, reciben al sacerdote con esperanza», asegura.

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