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CANTO RODADO

Quiero ser pensionista

Cuando era pequeña, María Zambrano le decía a su padre que quería ser capitán de navío. Y él contestaba a la niña: «No puede ser María, eso es para chicos». Así que pidió ser caja de música.

 

Quiero ser pensionista -

Ana Gaitero
04/03/2018

Y tampoco podía ser. «Una niña no puede ser caja de música», le dijo su padre a María Zambrano. Aquella niña se convirtió en filósofa y con la guerra tuvo que cruzar los Pirineos y dejar atrás a su país. En la frontera se encontrón con Antonio Machado. Su patria fue el exilio. Cuando regresó a España ya tenía edad de pensionista y más que pensionista. El exilio se convirtió en su identidad.

María Zambrano es inspiradora. Yo en este momento quiero ser pensionista, sin cobrar pensión (todavía). Eso sí, espero cobrarla algún día. Pero me ha dicho un diputado del PP que voy lista. Que la caja ya no da para más. Y Mariano, su jefe, nos dice que ahorremos. Y Montoro más de lo mismo.

Digo que quiero ser pensionista para vestirme, especialmente esta semana, con su coraje. Para que me contagien esas ganas de pelear por lo suyo. Y por lo mío, que es el futuro. Quiero ser pensionista, sí, para sentir que puedo salir a la calle con libertad (vigilada, ya sabemos) y sin rendir cuentas a nadie.

Quiero ser pensionista para rescatar a esta sociedad, ya no de la abulia, que buena falta hace, sino de la pobreza. A ver si nos enteramos: mientras el Gobierno rescata a la banca, a la sociedad, a la gente precaria, en paro o en la nada, la han rescatado las pensiones de la abuela y del abuelo, del padre y de la madre.

A los pensionistas les debemos mucho. Son esa masa, hasta ahora silenciosa, que lo mismo hacen de colchón de la crisis que de servicios de cuidado a nietos y nietas y a esposos y esposas. Son ese grupo, es verdad, a veces impaciente por cruzar las calles por cualquier sitio aún a riesgo de su vida.

¡Ay, si no fuera por los pensionistas, las mujeres y los pocos niños y niñas que nos van naciendo. ¿Qué sería de León? Un vacío, un pozo de silencio, un páramo yermo, no nuestro fértil Páramo. Son la cuarta parte de la población y comparten casa y pensión para, a la postre, ser acusados de cuasimillonarios por el gobernador del Banco de España porque tienen una vivienda.

A los pensionistas les debemos mucho y las pensionistas tanto y más. Aunque sus pensiones son infinitamente más pequeñas que las de los hombres. La brecha de las cotizaciones, de los salarios y del empleo repercute en el presente y en el futuro. Nuestras abuelas, nuestras madres, a estas edades ya nos faltan muchas, trabajaron a brazo partido en el campo, en la casa y en los oficios más inesperados. Cosiendo en casa, lavando y planchando ropa de ricos, de curas o de los mismos jefes de la mina, como aquellas mujeres que trabajaban de limpiadoras en las oficinas de las minas de Sabero. ¡Ay, esas mujeres!

Se merecen más que una pensión. Nuestras abuelas, madres y bisabuelas se merecen que nos revolvamos en nuestros cómodos asientos del espejismo del bienestar. Se merecen que sigamos avanzando por nosotras, por nuestras hijas e hijos y por nuestras nietas y nietos.

Ahora, los pensionistas, enarbolan un mensaje inequívoco: «Sin lucha no hay victoria». Lo ha hecho circular por los muros de las redes sociales una mujer que peina canas subida a un andador y que armada de unos guantes de goma de color rosa, de los de toda la vida, va pintando las paredes de optismimo combativo.

Quiero ser pensionista. Por el coraje, hoy. Por la pensión, mañana. Porque no quiero esperar a la jubilación para reclamar lo que también hoy es nuestro, de la clase trabajadora, un sistema de pensiones basado en la solidaridad y la redistribución de la riqueza.

Quiero ser pensionista para oír la caja de música de los sueños y pilotar el navío de María Zambrano. Porque una «actitud cambia el mundo». Lo escribió la sabia. La inventora de la razón poética.


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