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CANTO RODADO

El repique del recambio

Albert Rivera quiere fichar a Manuel Valls, el exministro francés de origen español, hijo de republicanos, para dar la campanada en Barcelona. Y lo mismo lo que hace es el ridículo.

ANA GAITERO
22/04/2018

 

Repican las palabras de Sancho en mi cabeza como las campanas que ayer se fundieron en un clamor multitudinario en Europa por el lenguaje milenario que ha regido la vida de los pueblos durante siglos, milenios.

Toques para espantar nubes, para despedir a los muertos, para llamar a concejo o apagar el fuego. Los principales. Pilares y fundamentos de la vida comunitaria que no necesitaban más señales que el preciso y precioso toque de campanas. Ni más gobiernos que el campanero sabio con las manos en el badajo.

«Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimular cualquiera injuria, porque tengo mujer e hijos que sustentar y criar; así que séale a vuestra merced también de aviso, pues no puede ser mandato, que en ninguna manera pondré mano a la espada, ni contra villano, ni contra caballero...».

Así se expresaba el escudero después de haber caído al suelo en la refriega que el caballero don Quijote y él tuvieron con los yangüeses; mientras ellos quedaron sin costillas, el jumento quedaba «libre y sin costas».

Leí y releí las palabras ‘pacifistas’ de Sancho y me cayeron encima los estertores de las bombas que pagamos con nuestra hacienda para masacrar, una vez, otra vez más, a la población siria. No íbamos de la mano de don Quijote, ni siquiera con el mandato de la ONU. Sólo nos guiaban los designios caprichosos de Donald Trump.

Nos hemos resignado a la guerra permanente. Después de las clamorosas manifestaciones contra la guerra de Irak, cuando el siglo del progreso empezaba a cabalgar, han seguido las bombas destrozando vidas. Y expulsando a gente de sus países que aquí no queremos dejar entrar.

Sancho se declaró pacifista por puro interés. Para no perder más costillas por culpa de las aventuras de su amo. Nuestra civilización se declara belicista mientras hace cantos a la paz. Para justificar el trabajo en las fábricas de armas y los buenos réditos de la balanza comercial con la venta de fragatas a los países árabes, damos la espaldas a otras vidas, a Siria, a Yemen, Palestina...

Hasta Pyongyang, el bárbaro de Corea del Norte, apunta maneras de pacifista después de anunciar que abandona la carrera nuclear. La gran noticia era celebrada en el mundo mientras la gente seguía muriendo bajo las bombas. Y nadie lloraba por esos muertos, salvo los suyos.

Repican las campanas para evitar su propia muerte, el apagón definitivo de los bronces bajo la dictadura del Facebook, Twitter, Instagram, etc... y siento que también doblan por los hombres buenos, como el doctor Luis Montes, que se van en silencio con un legado inmenso tras de sí. A ese hombre que lincharon los guardianes de la vida indigna, desesperada, maltratada en sus últimos pálpitos y que pronto arderán en el infierno de las condenas con sus siglas.

Las campanas doblaron también por el PP. La maquinaria del recambio está en marcha. Ciudadanos ha contratado a un paracaidista en plan brigada internacional para conquistar la ciudad condal. Albert Rivera quiere sumar votos por la izquierda, con un halo de progresía que es populismo puro y duro.

Repican las campanas y sus notas se pierden con las almas buenas que hemos perdido. Como José Ramón Ortiz, director y alma del Museo Etnográfico de León ubicado en Mansilla de las Mulas, a quien la Diputación provincial homenajeó el domingo. «Tu ejemplo debe ser el espejo en el que nos miremos», dijo el presidente Majo. Pues manos a la obra. A impulsar el Etnográfico como es debido con medios y gente. Con sabiduría y tino.

Fueron largas las conversaciones y los paseos que dio con Concha Casado. «Voy paseando a Miss Daisy», solía decir Ortiz cuando viajaba con ella por la provincia. Todavía falta que la Diputación le brinde su homenaje merecido a esta mujer que sonreía a la vida y se alimentaba de acción. Hoy las campanas también doblaron por todas las voces que se pierden bajo las bombas, bajo el olvido.

 

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