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La revolución de los hombres

 

Rosa Villacastín
17/12/2017

Parece mentira pero es verdad. Tres jugadores del equipo de fútbol de Aranda de Duero, de tercera división, han sido enviados a prisión por presuntos abusos sexuales a una menor, que han reconocido ante la juez que lleva el caso. Después de oír, ver, y comprobar la dura respuesta de la sociedad española a este tipo de delitos, tras lo acaecido en las fiestas de San Fermín del pasado año en las que cinco individuos (no se me ocurre mejor calificativo) violaron a una joven, estos tres deportistas han repetido la hazaña con una adolescente de 15 años.

Lo descubrió la madre de la menor, que inmediatamente lo denunció ante la autoridad competente para sorpresa de sus vecinos, de los compañeros, y de todos aquellos que conocen a estos tres jugadores, a los que no han dudado en defender con buenas palabras. Lo que demuestra lo enferma que está una parte de nuestra sociedad o, lo que es más grave, que cuando les defienden no se ponen ni por un segundo en la piel de la victima, ni de sus padres, porque de hacerlo no es posible que le den tan poca importancia a la violación, al acoso.

La pregunta que me hago desde que estalló el escándalo de «La manada» es: ¿qué se les pasa a los hombres por la cabeza o la entrepierna para tener en tan poca estima a las mujeres, el cuerpo de las mujeres?. Sinceramente no encuentro la respuesta porque a mí también me cuesta entender que a estas alturas del siglo XXI, con la libertad sexual que existe, se sigan utilizando prácticas tan vejatorias solo para satisfacer sus instintos más primarios, convencidos como están de que nada de lo que hagan o digan tendrá repercusión en su futuro o en su vida.

La tiene, y la mejor muestra de que las mujeres están hartas de sufrir humillaciones, violaciones, acosos sexuales, lo demuestran las denuncias presentadas por estrellas de Hollywood, pero también por chicas normales y corrientes. Y lo hacen aún a sabiendas de que una parte de la opinión pública las condena de antemano, sin escucharlas, aunque la mayoría, entiende y comparte su firme determinación de poner fin a estos usos y costumbres, aunque para ello tengan que caer pesos pesados de la industria del cine, de la política o de la empresa.

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