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Robert capa, en estado puro

El maestro del fotoperiodismo de guerra, también conocido como «el hombre de las dos cámaras», muestra su faceta más sorprendente con medio centenar de instantáneas

AGENCIAS
11/02/2018

 

Ava Gadner pintándose los labios, Picasso bañándose con su nieto, Bogart fumándose un pitillo y Truman Capote en un rodaje, además de chicas en bikini, fueron retratados por el maestro del fotoperiodismo de guerra Robert Capa pero, en su faceta más sorprendente, a todo color y para revistas de sociedad y de viajes.

A Capa se lo llegó a conocer como «el hombre de las dos cámaras», por internarse en los campos de batalla de Indochina —donde una mina antipersona acabó con su vida en 1953—, armado de una para el blanco y negro y otra para el color, técnica que cultivó desde 1938 y por la que peleó contra la inicial resistencia de los editores, que no consideraban el color digno de los «temas serios».

En 1938 empezó a hacer fotos en color, en 1941 a publicarlas y en 1943 «tiró la toalla» ante la resistencia de los editores y las exigencias de Kodak que —«como sucede con la fórmula de la Coca-Cola»— durante años obligó a que se le enviaran los carretes para devolverlos revelados con tal de no descubrir los secretos de su patente.

Así lo ha explicado la comisaria de la exposición Robert Capa en color, en el CaixaForum de Sevilla, en la presentación a la prensa, la estadounidense Cynthia Young, quien ha asegurado que esta selección de un centenar y medio de fotografías de los años cuarenta y cincuenta sirve para acabar con varios mitos, como el que considera un «sacrilegio» relacionar al mítico autor de «Muerte de un miliciano» con la fotografía en color.

Otro mito es que Capa no fue un fotógrafo técnico, afirmación que echa por tierra el virtuosismo de estas imágenes, o de que «no fuera estético sino emocional», un intuitivo disparando para atrapar el instante —lo que desmiente que se metiera en el agua del mar junto a Picasso para inmortalizar al genio como un simple mortal, disfrutando de los chapoteos de su nieto, desnudo entre sus brazos—.

La exposición se acompaña de ejemplares de las revistas de actualidad —aquella fue su época dorada— en las que Capa publicó sus fotos en color y de las cartas que a mano o a máquina escribió a su hermano Cornell y a sus editores para defender su trabajo en color, y para que esta técnica se abriera paso en los temas desprovistos de frivolidad.

Young ha recordado que The New York Times no cedió su primera página al color hasta 1997, lo que da muestra de la visión de Capa en mostrar la guerra en toda su crudeza, para lo cual, consideró tempranamente, ayudaba el color.

Además, cuando llegó el color se reservó para la publicidad y la moda, o sea «para la ficción y el sueño», lo que lo alejó aún más de las pretensiones de Capa de demostrar que «el color es información», como el tiempo ha acabado demostrando, según Young.

La comisaria ha explicado que, en sus primeros años, el color exigía una velocidad baja de disparo y que fotografías como la de un grupo de soldados que desde un buque dejan perder su mirada ante las orillas de África, listos para marchar al frente, durante la Segunda Guerra Mundial, mientras la brisa despeina sus flequillos, tuvieron que estar muy meditadas.

Hasta ahora ninguna retrospectiva de Capa ha incluido el color y la mayor parte de las fotos reunidas en esta exposición se quedaron sin publicar en su día, de ahí que Young haya explicado que «en el momento de abrir las cajas» que conservaban estos negativos la sorpresa fue mayúscula por la calidad de las imágenes, como mañana explicará la propia Young en un conferencia en CaixaForum.

Unas imágenes que confirman que el hombre que desembarcó en Normandía y perdió a su mujer en Brunete «nunca fue un fotógrafo pasivo y siempre estuvo en la vanguardia»; no solo en la batalla, también en la técnica.

 

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