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Con la mochila a cuestas

El secreto amazónico

El montañero leonés Javier Fernández relata su última aventura, un recorrido fascinante por una zona salvaje de Perú, entre los parques de Tingo María y la Cordillera Azul

 

Imagen típica de la Amazonía peruana, donde la naturaleza se muestra exuberante. - Óscar Díez Higuera

Javier Fernández López
22/05/2016

«Nada habría podido suceder si alguien no lo hubiera imaginado antes»
Reinhold Messner

Es al Norte de Perú donde encaminamos nuestros pasos en esta ocasión. Tras recorrer las Cordilleras Blanca y Negra partimos de Huaraz hacia la localidad de Tingo María, ya en la Amazonía y cerca de la Cordillera Azul. Utilizando diversos medios de transporte, desde taxis hasta autobuses, atravesamos el río Marañón y desde Huánuco descendemos por el valle del Huallaga. Tras 15 horas de duro viaje llegamos a la población. Tingo María se encuentra en la confluencia de los ríos Monzón y Huallaga y su nombre procede del vocablo quechua tincco que significa encuentro. Se caracteriza por tener una pequeña cordillera llamada la Bella Durmiente pues en su perfil yace la figura de una hermosa mujer, según representa una leyenda. A sus pies circulan los citados ríos Monzón y Huallaga que recorreremos durante unos días.

Hace algún tiempo, también llegaron aquí aventureros, militares, plantadores, ganaderos, misioneros… deslumbrados por el ansia de conocimiento o gloria y también seducidos por el afán de lucro o excitados por mitos como El Dorado. Todo ello hizo que el entorno fuera propicio para establecer aquí la ciudad.

Gallito de roca, una de las muchas especies de aves. DÍEZ HIGUERA
Cueva de las lechuzas. ÓSCAR DÍEZ HIGUERA

EL RÍO PERDIDO

En el valle del Monzón nos adentramos en la amazonía del lugar. Partimos de Tingo María en coche, pero nada más salir se suelta una rueda del eje por lo que tenemos que tomar un mototaxi para llegar hasta el poblado de Bella. Subiendo por el río del mismo nombre al poco observamos una mimosa púdica, curiosa planta que al tocarla pliega sus hojas. El suelo cruje a cada pisada, su frondosidad nos envuelve y de repente un sonido en la hojarasca. Es rápido, se trata de una serpiente jerbona, con la cabeza más ancha que su cuerpo y venenosa, pero que emprende la huida ladera abajo.

Algunas de las plantas cultivables en la Amazonía son el café y el cacao que también tenemos ocasión de observar. Alcanzando un camino perdemos desnivel y encontramos una casa donde nos preparan un caldo de ‘gallina de chacra’, lo que aquí llamaríamos de corral, acompañado de fideos, huevo duro, yuca y plátano, aunque la carne resultó un tanto dura. Por la tarde continuamos ladera abajo hasta el valle del río Santa (mismo nombre que el que pasa por Huaraz), y por sus orillas llegamos al tragadero del Río Perdido, ya en la quebrada Tres de Mayo. En este lugar el río se hace subterráneo y tras atravesar la montaña de la Bella Durmiente surge de nuevo cerca de la cueva de Las Lechuzas tras descender 450 metros en un recorrido interior de más de 5 kilómetros.

No hace mucho, aún se podía entrar en la cueva sumidero, pero los sedimentos provocados por la erosión de las laderas, consecuencia de la incipiente deforestación, lo han ido colmatando y en la actualidad se ve cómo el agua se filtra por dichos sedimentos formando remolinos. En esta zona tenemos la oportunidad de ver al pequeño mamífero achuni (Nasua nasua) y el ave más representativa, el gallito de roca (Rupicola peruviana).

CUEVA DE LAS LECHUZAS

La cueva de Las Lechuzas está al noroeste del Parque Nacional de Tingo María, a una altitud de 673 metros. Conocida también como la gruta de Monzón, es el principal atractivo del Parque. La cueva es una gigantesca gruta de piedra caliza en la que se puede apreciar una gran diversidad de figuras e imágenes, tanto en el piso como en las paredes y en el techo, moldeadas por las numerosas estalactitas y estalagmitas que se encuentran a lo largo de esta caverna.

Alberga una importante colonia de aves conocidas como guácharos (Steatornis caripensis), especie en peligro de extinción. Estas aves son difíciles de ver porque se ocultan en las rocas aprovechando la oscuridad. El suelo y las paredes de la cueva están poblados por millones de insectos, arañas y quilópodos y es posible observar murciélagos, así como golondrinas y otras aves como los loros y cotorras. En cuanto a la flora, existen especies botánicas que crecen en forma de ‘manchales’ (grupos de plantas apretadas) en los sectores más húmedos y que brotan de las semillas que llevan los excrementos de las aves.

El sacerdote canadiense Juan Pablo Mornea encontró cabezas de hachas de piedra labradas, por lo que se presume que, en tiempos remotos, pudo haber servido como templo o santuario donde se celebraran rituales mágicos y religiosos. Por la tarde nos acercamos a El Jacintillo, donde unas fuentes de aguas sulfurosas, al pie del cerro Cotomono, forman un balneario al aire libre donde nos bañamos. Comemos en la quebrada de Las Pavas y aquí visitamos la cueva de Las Vírgenes. Por la tarde seguimos hacia la cascada de Santa Carmen y la laguna de Los Milagros, donde vemos el atardecer desde un bote de remo.

Un momento del recorrido de los expedicionarios leoneses. ÓSCAR DÍEZ HIGUERA
Hotel España, en Lima. ÓSCAR DÍEZ HIGUERA

PISCIFACTORÍA Y HERPETARIO

Ciertamente, los ríos sirvieron para abrir distintas rutas a los colonizadores, que no se adentraban más allá de la varzea (la zona de vegetación que bordea los cauces). De una forma intencionada o no las enfermedades por ellos introducidas causaron la aniquilación de culturas indígenas. Existen documentos de epidemias de viruela desde el año 1651 con alguna evidencia de uso intencionado de enseres y utensilios contaminados que se distribuían entre la población.

Pero también tenemos gente emprendedora como Walter Hidalgo Sifuentes que en estas tierras tuvo la iniciativa de crear una piscifactoría, Villa Hidalgo, que se ha convertido en un próspero negocio familiar. La verdad, nos sorprenden sus instalaciones. Con abundante producción de pescado, nos llama la atención el paiche (Arapaima gigas) un pez cuyos ejemplares adultos son enormes. Cuando extraen alguno preparan una cena con decenas de comensales e incluso guarda fotos con algunas autoridades locales cenando en su piscifactoría.

No muy lejos de Tingo María se ubica un herpetario, el cual vistamos con la correspondiente decepción. Como en casi todos, los reptiles están en malas condiciones, completamente inmóviles o aletargados, sus jaulas son pequeñas y el estado de las instalaciones denota un descuido total.

PUCAYACU

Es hora de continuar nuestro periplo siguiendo hacia el Norte por el valle del Huallaga, y tras un día en Aucayacu ponemos nuestras miras en el centro poblado de Pucayacu, donde se encuentra una de las entradas al Parque Cordillera Azul. Ya en este lugar conocemos al guardaparques Abilio, quien nos ofrece un lugar para montar la tienda bajo techado. Nos explica diversas cuestiones sobre el funcionamiento del parque y nos proporciona información sobre geología, flora, fauna y pueblos indígenas.

Al día siguiente nos adentramos en la selva con la tenue primera luz del día. Cada pisada comprime la hojarasca bajo nuestros pies, contemplamos uno de los árboles que emergen en esta zona, una inmensa ceiba con contrafuertes tabulares, aquí todo es exuberancia y verdor. Como todo amanecer, la selva despliega un surtido de sonidos cuya procedencia muchas veces desconocemos. Zumbidos de insectos y pájaros sobre el dosel forestal, muchos no los vemos pero los lugareños reconocen los graznidos de los guacamayos, aunque están fuera del alcance de nuestras cámaras. En el suelo las flores rojas de la heliconia crean un atractivo contraste con el fondo verde.

La profusa vegetación impide que la luz solar llegue al interior, apenas un porcentaje de entre un 1% y un 5%. Las flores de la familia de las bromelias con sus hojas en forma de roseta acumulan el agua, circunstancia que hace que en ellas viva gran número de seres, desde insectos, hasta batracios como las ranas del género dendrobates. Finalmente divisamos la cascada del Otorongo, espectacular salto de agua, y ascendiendo por un lateral llegamos hasta la parte alta del mismo. Por la tarde entramos en una cueva en la zona de Consuelo y permanecemos en su interior durante casi una hora contemplando formaciones calcáreas y con multitud de murciélagos revoloteando a nuestro alrededor. Durante el regreso constatamos la tala indiscriminada de árboles y observamos plantaciones, algunas de hoja de coca.

Tragadero del río Perdido. ÓSCAR DÍEZ HIGUERA
El paiche, uno de los pescados típicos de la zona. ÓSCAR DÍEZ HIGUERA

REGRESO A HUARAZ

Tenemos que regresar a Huaraz, y recordando lo «complicado» que resultó llegar hasta aquí, decidimos volver por otra ruta siguiendo hacia el Norte por el Huallaga, para después cruzar el río y continuar hacia el Oeste, atravesando la Cordillera andina.

Desde Pucayacu tomamos un taxi en el que viajamos seis pasajeros y diez cajas de papayas. Abandonando la pista cruzamos el Huallaga en una barcaza artesanal, hasta el poblado de Santa Lucía, donde hay que pasar a otro taxi con el consiguiente trasiego de papayas. Llegamos a Uchiza, donde nos espera la difícil misión de continuar hacia el Oeste, hacia Huacrachuco. Debido al mal estado de la pista solo puede viajarse en camionetas, vehículos todoterreno con caja abierta para carga, y solo queda sitio en la tolva, al aire libre. En Perú sólo están asfaltadas un 10% de las carreteras departamentales y la necesidad se palpa en el ambiente. En Uchiza tenemos ocasión de contemplar el llamado ‘oro verde’ o sea el café, tostándose al sol en la misma calle por la que circulan los vehículos.

Después de varias horas de espera partimos. Vamos ascendiendo, remontando valles y atravesando la cordillera. Anochece y nos abrigamos. Tras muchas horas llegamos a Huacrachuco donde dormimos algo en nuestros sacos, pues hacia las dos de la madrugada hemos de tomar una ‘combi’ (minibús) hacia Sihuas donde esperamos poder tomar ya un autobús a Huaraz. Cruzamos de nuevo el río Marañón y llegamos a Sihuas hacia las cinco, pero ya no hay plazas… tomaremos otro bus que nos puede dejar en la bifurcación del río Santa. Amanece y seguimos atravesando los Andes. La bajada hacia el Santa es impresionante por el difícil trazado de la carretera. Ya en el puente del río Santa el bus continua hacia la costa y nosotros tomamos otro taxi que atravesando el cañón del Pato nos dejará en Caraz, donde de nuevo una ‘combi’ nos llevará a Huaraz. Total, dos días viajando en todo tipo de vehículos y por unas pistas y carreteras difíciles de imaginar.

Se nos acaban los días y hemos de abandonar la ciudad andina de Huaraz para llegar a Lima donde, como es habitual por años anteriores, el hotel España nos espera con sus intricadas escaleras, curiosa decoración y la terraza en el ático, que ya hasta nos resulta familiar.

En esta ocasión visitamos de nuevo la Amazonía. La Guayana Francesa es la porción de selva amazónica mejor conservada de toda Sudamérica y el motivo es tan trivial como la capacidad económica de este país para preservar el entorno. En cuanto al resto, talas indiscriminadas, buscadores de oro clandestinos, intereses de las multinacionales, los cárteles de la droga. Esta Amazonía, uno de los pulmones del planeta, hogar de miles de pobladores indígenas y el mayor hervidero de vida natural, está predestinada a su irrevocable extinción si no se toman medidas.

   
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