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CANTO RODADO

El silencio de la nieve

Subimos el puerto de Pajares en medio del silencio hiemal. Con la mirada hipnotizada por la nieve y la cima de las montañas como al alcance de nuestras manos. Cercana la felicidad, lejos del ruido

 

El silencio de la nieve -

Ana Gaitero
18/02/2018

Hay algo en la nieve que hipnotiza. Sobrecoge su silencio blanco. Capaz de adormecer el mayor ruido. Dura poco. El invierno también se va. Lo lamen los ríos y riachuelos que bajan con sus alforjas cargadas de nuevas aguas, aunque no alcancen aún para llenar la barriga de los pantanos leoneses. ¡Agua va!

La quitanieves avanza rasgando la espesura blanca y repone el sonido sin ritmo ni armonía. Vuelve la zozobra de los días aplastados por un alboroto de mentiras. Que van a salvar Cataluña. Mentira. Que van a salvar España. Mentira. Que van a salvar León. Mentira. Sólo van a salvar su sillón y el de Guindos en el Banco Central Europeo.

El silencio de la nieve hace olvidar que el país se va por el sumidero de la corrupción sin que nadie dé cuentas porque las únicas cuentas que salen son los números rojos de la Seguridad Social y más prejubilaciones en la banca que cargarán en nuestras espaldas anchas, mientras olvidamos que los bancos no van a devolver ni un euro de la prestado para su salvación. Vamos de culo.

Bajo la espesa capa de nieve se ocultan las miserias de un servicio público, como el tren, sí el tren, el olvidado convoy que hace poco más de un siglo echaba a los arrieros de los caminos. Los adelantos del siglo XXI fueron incapaces de sacar al tren de Puente de los Fierros y hacerlo llegar a León durante casi una semana.

No es la nieve, no. Es el Alvia diseñado para otras latitudes, tal vez para La Meca. Es el desajuste entre la realidad y la ficción del AVE. Ese tren que vuela pero no pasa por según qué lugares. Definitivamente, León es un territorio imaginario, a lo sumo literario, que no existe para los planes de la administración. Somos novela, poema y tragedia griega. Capital de la comida.

Si hay que cerrar las minas se cierran, si hay que echar a la gente del campo a fuerza de desaliento ya se estudiará dentro de cincuenta años... Y los que quedan, que se agarren y empiecen a meter dinero en un plan de pensiones. Que la caja no llega ni a la vuelta de la esquina.

La ofensiva neoliberal, que ha penetrado en las escuelas para marcarnos a fuego la lección del capital, nos ha cambiado el traje de ciudadanía por el de clientes y clientas, un disfraz carnavalesco tejido por manos esclavas. Como las banderas.

En el silencio de la nieve se oyen grandes verdades. Puede que sea verdad que también nosotros y nosotras podamos derrapar por la cuesta de la marginalidad en cualquier momento y nos conviertan en un expediente con número para salvar la cuentas de la caridad.

El mayor triunfo del estado liberal es que sean las voces de los más pobres las que se alcen contra los más pobres. Porque Trump es el resultado del mantra de la era Thatcher: ‘No society’. Puede que el mayor acto de rebeldía, ahora que manifestarse cuesta caro y cárcel, sea hacer comunidad, en la comparsa del Carnaval o en el COP El Candil, que alumbra a la ciudad desde hace cuatro años en esa esquina del barrio de El Ejido.

Es rebeldía que en Edimburgo un #OneDayWithoutUs visibilice la vida que aporta la población inmigrante a la sociedad escocesa. O que en España, camisa blanca de mi esperanza, una huelga de mujeres demuestre que sin mujeres se para el país, más allá de la brecha salarial, son formas de atacar al corazón del capitalismo.

Yes, we can. Se puede parar el mundo porque sin mujeres no hay cuidados. No hay vida, por mucho fondo buitre que venga de Irán. No es una cuestión de poder sino de seguridad social y emocional no reconocidas. De ese PIB invisible y sin remunerar o precario y malpagado en el que inmigrantes y mujeres ocupan muchas veces el mismo sitio.

Que la poca gente que queda en los pueblos del norte quede sepultada por la nieve es una metáfora de lo que ya no somos. Pueblo, comunidad, provincia... Sólo quedan pequeños héroes y heroínas. Resistentes y resilientes. Y la esperanza de que triunfe el discurso del feminismo.

   
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