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Socialista, revolucionario y masón

Alfredo Nistal | Su acción pública le llevó a ejecutar un programa social encaminado a erradicar las lacras de la provincia. Por eso fue masón activo, revolucionario, diputado socialista, dirigente político, en la República

PEDRO VÍCTOR FERNÁNDEZ | textoPEDRO VÍCTOR FERNÁNDEZ | texto
16/10/2005

 
En provincias, ocurre con cierta frecuencia que la personalidad de alguno de sus hijos queda ensombrecida por el quebranto social de la época que le tocó vivir; otras veces, por la indiferencia con que se contempla la Historia desde el presente. La vida del leonés Alfredo Nistal encaja como un guante en ambos parámetros. Aunque de familia y ascendientes leoneses, Alfredo Nistal Martínez nació en Madrid, en 1892, cuando su padre cubría una plaza de interventor, en la España oficial que se regía por el sistema canovista. Su juventud transcurre en tierras leonesas. Alfredo entra en el servicio de correos en los inicios del siglo XX. Se enfrentó a una realidad cruda, y a un sueldo ajustado. Fue un lector voraz, hasta ir tomando contacto con una realidad política nacional, la del reinado de Alfonso XIII, que no le convence. Por el contenido de discursos y artículos posteriores, leyó y releyó a Pi y Margall, Costa, Picavea, a los autores de la Institución Libre de Enseñanza. Aquel bagaje de autodidacta forja una personalidad de pensamiento crítico con las estructuras oficiales, un desacuerdo social y político con el modelo implantado en España. Aprende inglés y francés, se matricula como alumno libre en la Universidad de Madrid y termina Derecho. Afianza su ideario. Usará pronto la pluma el joven Alfredo para denunciar lo que él consideraba injusto: la España de los caciques y la holgada oligarquía. Formó parte de los colaboradores de La Democracia, periódico leonés republicano y progresista, y de la redacción de Vida Leonesa , revista ilustrada en la que ejercían plumas como Demetrio Monteserín, Mariano Berrueta, Publio Suárez y María S. Miñambres. Acrisola en su pensamiento los principios de justicia social, crítica política y libertad ciudadana: bajo aquel programa no es de extrañar que entrara a formar parte de un partido de nuevo cuño: el socialista, «al cual me adherí -comenta- siendo casi un niño, porque los socialistas no admitían más norte que sus propios pensamientos, ni otra guía a sus propios actos que la pura y práctica razón, rechazando todo artículo de fe, dogma o mito». Con 25 años participa plenamente en la Huelga General de 1917, su primera prueba de fuego. Es expedientado por ello. Aún así, no se retrae: se afianza en el partido, acude afanoso a su trabajo y ensaya artículos con su afilada pluma. Sus intervenciones y escritos abundan en la crítica social, en el modelo político implantado, en las denuncias a la casta militar, en su hondo sentimiento antirreligioso, en su probado republicanismo. Además, Nistal fue miembro de la masonería en la capital, en el único taller que trabajaba bajo la escuadra y el compás. Concibió su entrada en la masonería como otro frente desde el que pulir su espíritu y contribuir a una labor filantrópica. Perteneció a una Orden maldecida por la Iglesia, con fama de conspiradora, a la que se atribuyó siempre un poder oculto que, por cierto, nunca tuvo. La francmasonería estableció su frente programático en el último tercio del siglo XIX y, pese a dificultades de organización y proselitismo en el reinado alfonsino, consigue remontar vuelo en el marco de la II República, defendiendo libertades públicas y privadas: anticlericalismo, antijesuitismo, renovación pedagógica, pluralismo político, Estado laico, matrimonios y cementerios civiles¿ Alfredo estudió la historia de la francmasonería. Pronto le atrae su filosofía iniciática, hija de la Ilustración, y sus principios de racionalidad, progreso y moral pública. Nistal entra en columnas el 28 de diciembre de 1930, tomando el grado 1º, de Aprendiz. Tras la dimisión de Primo de Rivera, la masonería se muestra abiertamente republicana; muchos políticos, artistas y profesionales liberales se abscriben. Subió al grado 3º, de maestro masón, el 25 de abril de 1931, días después de proclamarse la República. Su exaltación de grado se produce en un momento clave, aunque continuó dentro del cuadro de hermanos del taller el Triángulo Libertad, que se convertiría en la Logia Emilio Menéndez Pallarés dos años después, cuando superó el número de siete miembros; eran por tanto una minoría, un grupo de inquietos. El nuevo bautismo del taller hacía referencia a valores republicanos y leoneses. Otros miembros eran José Mollá, Pío Álvarez, Julio Marcos Candanedo, Rafael Álvarez o Francisco Valdés. Casi todos poseían el grado 3º y vivían y trabajaban en León. ¿Ayudó la masonería a Alfredo? No existe documento que lo pruebe, pero sin duda se envían cartas de exaltación de su valía y personalidad a los mandatarios de la Orden en Madrid, muchos de ellos con cargos importantes en partidos políticos y ministerios de la República. La fraternidad masónica cobra aquí su auténtico valor. Cuestión distinta sería argumentar que los masones utilizaran el taller como trampolín político y social. Nistal entró en la Orden explorando su dimensión espiritual: «La Declaración de Principios de los rituales masónicos anotan que la masonería se propone la investigación de la verdad y el perfeccionamiento intelectual y moral del género humano (la fe religiosa como dominio exclusivo de la conciencia individual) y rechaza todo dogmatismo combatiendo el fanatismo y la intolerancia a la vez que se opone a toda opresión y tiranía (escuela que admite en su seno a fieles de cualquier religión)». Eligió el nombre simbólico -el que se usa dentro de la logia- de Ariel. En la historia del pueblo hebreo Ariel es uno de los espíritus del aire, y bajo un sentido mitológico hace referencia a un ídolo de los moabitas que se convirtió más tarde en ángel de las venganzas. El torrente heterodoxo de su espiritualidad, su ideología y su participación en los sucesos insurreccionales de octubre de 1934 hacen que ambas acepciones del simbólico Ariel resulten acertadas, incluso premonitorias. De los miembros del taller de León, sólo él tiene una verdadera carrera política. Su doble militancia le marca a fuego como personaje poco deseable en ciertos ambientes reaccionarios leoneses. Asistimos a la «demonización». Se llegó a creer en los ritos satánicos de la masonería, hecho que traerá nefastas consecuencias tres años más tarde. En Nistal los principios de la masonería se imbrican con el mensaje socialista, enmarañando más la imagen subversiva. Su rebeldía política tiene parangón en la dimensión espiritual e iniciática de las logias. En 1931, tras una fuerte campaña socialista por la provincia, es elegido Diputado a Cortes por León. Meses antes había sido nombrado, por el Gobierno Provisional, Director General de Correos. Sus valía humana e intelectual era reconocida. No pierde el contacto con la provincia. Vive y viaja entre León y Madrid. Son los años del llamado Bienio Izquierdista (1931-33). Pero a León las reformas llegan tarde y mal. ¿Desencanto? Nistal comienza a disentir de un modo oficial de hacer política. En el seno del PSOE se adhiere una dualidad ideológica y táctica: los prietistas y los largocaballeristas; el pacto con la burguesía reformadora o el frente obrero. Nuestro diputado se inclina por la segunda, por la preeminencia de UGT, por el bloque proletario. Nistal se alarmó cuando la República, en 1933, sufre un viraje de signo conservador. Pierde el acta de diputado en Cortes; la política se torna reaccionaria. Regresa a su trabajo diario, en León, a su logia, a su sede, a su pluma,¿ pero no se amilana. Choques callejeros, conatos de violencia, huelgas. En León la inestabilidad generó confusionismo ante varios acontecimientos que desbordaban la capacidad de análisis de las masas. En aquel contexto Alfredo decide actuar. Sigue consignas de su partido. Orquesta un movimiento insurreccional cuando el Presidente Lerroux concedió carteras ministeriales a la Ceda. Nistal arriesga prestigio, acomodo y hasta la propia vida. Cuando los cedistas asaltan el poder central, en León se interpreta pronto la señal, funcionando un Comité Revolucionario de enlace entre dirigentes izquierdistas asturianos y cuencas mineras leonesas. Aquel comité coordinado y dirigido por Alfredo Nistal y otros ugetistas. El grito de Unión de Hermanos Proletarios (UHP) recorre las bocaminas leonesas, haciendo que los mineros tomen el protagonismo de ser el único colectivo provincial con capacidad para subvertir el orden establecido. El 5 de octubre de 1934 se inicia la insurrección en Villablino, Cabrillanes, Villaguer, Villaseca. El día 6 se proclama una huelga general, extendiéndose por Toreno, Bembibre, Ponferrada, Sabero, Olleros, etc. Varias localidades son tomadas por el torbellino minero. El día 8 hay enfrentamientos de trabajadores del carbón, que se acercan en camiones a la capital, y fuerzas del orden. En una de aquellas escaramuzas moriría el hermano de Buenaventura Durruti. Nistal coordinará los movimientos desde la capital, incluso establece contacto físico con varias avanzadillas y enlaces. La pugna dura poco; los acuartelados de la capital consiguen mantenerla bajo su control, con lo que la marea de mineros comienza a desarticularse. Se pacifican núcleos importantes. La revolución de octubre del 34 -el presagio más claro de la guerra civil- quedaba controlada, pero comenzaban sus consecuencias políticas. Alfredo es detenido y juzgado por lo militar. Bajo una condena que buscaba la ejemplaridad, guardará cárcel desde octubre del 34 hasta febrero del 36. En esta última fecha la tortilla política sufre otra vuelta, cuando gana el Frente Popular, se excarcelan a los represaliados de octubre. Nistal había cumplido prisión durante 17 meses. Los masones de León y Astorga, practicando la fraternidad masónica, ayudaron con óbolos de beneficencia a su familia. En el juicio militar no se habían juzgado sólo los hechos, sino lo que representaba; se había juzgado un modo de entender la vida pública, la política de ideales, la acción directa. El juicio a Nistal abría la brecha entre dos concepciones de España que pronto anidan en León, engrandeciéndose, hasta la batalla final que se libra en 1936. Nistal adivina la inminencia de un golpe militar. Aquella premonición le salvaría la vida. A las 14:00 horas del 20 de julio de 1936, desde su casa, azarado por las noticias, se asoma a la ventana. Venía repitiendo la operación cada cinco minutos. Se trata de un quinto piso de la calle Palencia. Desde aquella altura confirma su mayor temor. A lo lejos, siguiendo con la vista el eje principal de la calle Ordoño II, divisa el movimiento de tropas que salen del cuartel del Cid hacia la Plaza de la Libertad (hoy, Santo Domingo). Se dirige hacia el norte, siguiendo la vera del río Bernesga. Dos horas más tarde llamaban a su puerta con la intención de detenerle. Hubiera corrido la misma suerte que Miguel Castaño o Ramiro Armesto o Nicostrato Vela o Pío Álvarez. Huye hacia las cuencas mineras de Asturias, hacia donde salvar el pellejo. «Vagaba yo en los días iniciales de la tragedia por los montes que dividen León y Asturias. Éramos un hato de desarrapados. Un desgarrón de piojos, con una misión a cuestas. Irrisoria misión; como que consistía en defender los pasos de aquella ingente y fragosa cordillera, en cada uno de cuyos mínimos repliegues se quedaba perdida nuestra indefensión e indigencia». Formó parte de la resistencia del norte de la provincia, del Comité Provincial de Milicias Antifascistas de León, pero el destino le aguardaba en Valencia, la capital de la República: el 5 de marzo de 1937 es nombrado Subsecretario del Ministerio de Estado, cuyo titular era Julio Álvarez del Vayo. Aquel cargo supuso el primer eslabón de una cadena de desencantos ligados a la marejadilla de ministerios entre republicanos, comunistas y socialistas, de codazos políticos. Vivió con desazón las turbulencias y las escisiones del poder frentepopulista, algo por lo que él había luchado años antes. Permanece sólo tres meses en el Ministerio. Luego será nombrado Comisario General de Guerra. Aquel mismo día, en su querido León, se subastaban los enseres de la familia Nistal en 5 lotes: uno de ellos estaba compuesto por 900 libros, una evidencia de la biblioteca de Alfredo. Las presiones partidistas minan su quebrantada moral. El 2 de mayo del 38 sería nombrado Cónsul en Toulousse. Conocía el idioma y sin duda los masones catalanes ayudaron a este nombramiento. El nuevo cargo es más querido por él y Toulousse le acoge con toda su familia, compuesta por mujer, cinco hijas, nieta, padres, yernos,¿ Nistal fue uniendo a los suyos y arrastrándoles a su suerte. El exilio parecía ya la única salida. En febrero del 39 es nombrado Cónsul General de la República en París. Trabaja en el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles). En París es también Secretario de la Comisión Representativa de la Familia Masónica Española, organizando documentación, pasaportes, ayudas, beneficencia, evacuaciones para Ibero-américa, etc. Cuando cree sentirse a salvo, Hitler avanza sobre Francia. Nistal y su familia tienen que abandonar su labor de ayuda a refugiados y emigrantes españoles, dando otro salto en exilio, esta vez a Chile. En Santiago de Chile se dispone a trabajar en lo que mejor sabe: colaborará en la Oficina de Propaganda de los Aliados, entrará en sus logias y contactará con los socialistas. En aquel clima conoce a un joven socialista llamado Salvador Allende; incluso es nombrado Presidente de la Agrupación Socialista de Chile. Trabajará también en la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) como traductor. El exilio en Chile reproduce todas las constantes vitales e ideológicas por las que luchó Alfredo. Sus convicciones políticas fueron una simbiosis del autodidacta honesto, del convencido republicano, del concienzudo masón y del comprometido socialista. Hizo gala de una honestidad, honradez y filantropía en desuso, asumiendo todos los actos en los que participó en defensa del principio más preciado en su código: la libertad. Nistal murió en Santiago de Chile en 1952, sin poder regresar a su patria.

 

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