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CANTO RODADO

Tengo un vestido amarillo

Soy sospechosa. El vestido es amarillo y tiene escote. Y además se me asoman las rodillas. Soy sospechosa por tomar la palabra, por andar de noche por las calles y por tomar unas cañas.

 

Tengo un vestido amarillo -

ANA GAITERO
29/04/2018

Tenía 20 años y había salido de fiesta después de terminar la jornada en la redacción. Era mi primer verano de prácticas. Hacia las tres de la madrugada regresé a casa. Fui andando como otros días. Como otras noches. Me alojaba en casa de mi hermana, al otro lado de La Chantría que era un inmenso y oscuro descampado.

Apenas me quedaban 150 metros para llegar a la vivienda. La tenía a la vista. Iluminada por la farola. No recuerdo si vi su sombra o sentí sus pasos sobre la hierba seca. Sólo recuerdo que de pronto sentí que alguien se abalanzaba sobre mí por la espalda. Me cogió de la cintura... Me aterroricé.

Grité, pataleé, di codazos. Traté de zafarme. De pronto, me soltó. Quedé libre. Sentí un inmenso alivio cuando le vi huir corriendo. Creo que no soportó el escándalo en mitad del silencio nocturno. El muy imbécil no sabía que la casa estaba vacía. Que todo el mundo estaba de vacaciones y nadie iba a responder a mi petición de auxilio.

Al día siguiente no conté a nadie el ‘incidente’. Ni al siguiente. Ni tampoco al tercer día. A decir verdad, pasó mucho tiempo hasta que verbalicé el asalto. Cuando lo hice fue porque, en el fondo, me sentía orgullosa de haber ‘repelido’ el ataque y parecer valiente. Pero callé.

Una vez más, callé. Porque, ¿a quién se le ocurre y más siendo chica marchar sola a casa de noche y atravesar un descampado? «No sabía de feminismos ni de luchas, pero ya percibía que contarlo no me traería nada bueno», escribió estos días Virginia P. Alonso. Esa es también mi respuesta.

Ahora pienso que no fui valiente. Aquella noche del verano del 86 simplemente tuve suerte. La víctima de la Manada sí fue valiente. Aquella maldita noche de San Fermín de 2016. Una pareja la vio llorar sentada en un banco y se acercó. Y ella, la que a partir de entonces, se convirtió en ‘la denunciante’, renunció a encerrar la violación múltiple, en el rincón del portal de la calle Paulino Caballero de Pamplona donde cinco bestias la penetraron bucal, vaginal y analmente.

Violación, no abuso. Lo dice el Convenio de Estambul, que España firmó en 2014 y no aplica a sus leyes, ni inculca a sus jueces, y lo es en cualquier país civilizado, en toda en Europa, pero no en la España que tapa la corrupción con unos botes de crema antiedad para poner fecha de caducidad a una política.

A la joven, que aún no había cumplido los 19 años, los bestias le hicieron el gesto de guardar silencio con la mano abierta y la rodearon con sus cuerpos tatuados y de una superioridad física incuestionable.

Miedo, no. Lo siguiente. Pánico. Estupor. Terror. La denunciante empieza a ser juzgada por andar sola, por dejarse acompañar por aquellos tíos y por haber bebido desde el mismo momento en que trasciende la noticia. Los medios, la profesión periodística, también nos lo tenemos que mirar. Lo del machismo, digo. Desde entonces, no ha dejado de ser juzgada.

Sufre estrés traumático. Los psicólogos aún no pueden evaluar si le quedarán secuelas y abandonó sus estudios en la universidad. No dejo de pensar en ti, quien quiera que seas, y no quiero saber quién eres, porque quiero que sigas tu vida. No dejo de pensar que lo que te ocurrió le podría ocurrir a mi hija. A las hijas de mis amigas y a las amigas de mis hijas. A cualquier mujer.

Quiero darte las gracias y decirte que has sido muy valiente. Que hiciste lo que tenías que hacer y que ahora eres el detonante de muchas mujeres que confesamos en público lo que nunca nos atrevimos a reconocer ni en privado ni ante nosotras mismas. Pasamos página y sobrevivimos. Con el silencio.

Era mejor callar. Callar. Callar. Callar era una garantía de vida, de ‘normalidad’. Callamos para poder vivir y nos borramos la memoria para parecer libres. Como las víctimas del franquismo callaron por miedo. El silencio es marca de esta casa llamada España.

Hacemos como que la democracia existe cuando camina hacia atrás como el cangreo. Las mujeres, si hablamos somos sospechosas. Porque salimos a provocar con nuestras ropas, con nuestros cuerpos, disimulamos el placer y fingimos miedo cuando somos violadas, nos quejamos de vicio y, además de atascar la justicia con denuncias falsas para vengarnos de los hombres, hemos cogido por costumbre salir a la calle a exigir ser tratadas como personas. Pues, como dijo Ángela Davis, «el feminismo es la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas». No cuerpos que se cosifican al antojo de las manadas.

Así que no nos soprende, a mí no me sorprende nada en este país, que a los jóvenes que iban al fútbol con camisetas amarillas se las retirara la Policía como medida preventiva para evitar que declararan la independencia de Cataluña.

Tengo un vestido amarillo y... un recuerdo olvidado.

   
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