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ÁNGEL MUÑIZ ALIQUE

un coloso de piedra y metal

subcampeón de españa de boxeo, tuvo como mascotas un lobo y un león. puso en marcha antibióticos, descargó barcos, fue gerente de funerarias... y ante todo es un artista que no sabe de edades ni de fatigas

 

ramiro -

emilio gAncedo
27/01/2013

La escultura es lucha, siempre lucha», gusta de decir Muñiz Alique, invencible escultor leonés de poderoso porte, manos como mazas y volúmenes tan rotundos como sus propias criaturas. Los símiles esforzados y pugilísticos son apropiados porque su biografía es así, agitada y levantisca. Y ni siquiera ahora, con las ocho décadas largas que soportan sin flaqueza sus anchas espaldas, deja que lo domen. Muñiz es y será... ingobernable.

La saga de los Muñiz Alique es bien conocida en esta tierra: todo el mundo sabe ya que su padre Sixto fue uno de los ‘ultimísimos’ de Filipinas y que, por fiel a la República, pasó 13 años escondido en un pajar de Represa del Condado. Una vez rehabilitado, tuvo como uno de sus destinos el puerto de La Coruña, donde nacería Ángel Germán, el más pequeño de una prole de letrados y emprendedores formada por seis varones y dos mujeres, una de las cuales acaba de alcanzar el siglo de vida. Contando año y medio el pequeño Ángel, regresó la familia a la tierrina residiendo, entre otros inmuebles, en el edificio de San Isidoro que luego ocuparía la ampliación del colegio Leonés —la ‘casa de los fantasmas’, donde ocurrieron no pocos fenómenos extraños y donde sus hermanos instalarían la Academia Minerva—. Allí vivía también el escultor Melero, y el futuro artista miraba embelesado cómo éste modelaba bustos y animales. «Por eso yo, en cuanto me caía en las manos un trozo de madera, hacía un indio».

Acudía a clase a los Maristas pero no de forma constante. La guerra le pilló con diez años y le hizo interrumpir sus estudios, amén de obligarle a echar una mano en la modesta tienda propiedad de su familia. Amante de la libertad y la acción, pronto se sintió atraído por deportes como el rugby y el boxeo, pero también cantaba en los coros del Padre Eduardo e iba con amigos a pintar al campo («más que nada por la merienda»).

Fue subcampeón de España con 19 años y eso en parte porque cuando llegó a Madrid se lo llevaron de fiesta unos amigos («y yo, que nunca había bebido, ¡me empezaron a dar vermuses y de todo!»), y se presentó al combate un tanto desmadejado («‘a la derecha, sin vaselina, sin zapatillas, sin nada’... así me presentaron», recuerda riendo).

Comenzó mecanografiando juicios de faltas, también en notarías, y en Antibióticos fue nada menos que el primero de sus trabajadores, esto es, quien efectuó todas las labores previas a su instalación en León («era tanto ingeniero como señora de la limpieza»). Jefe de Compras hasta 1951, ese rígido mundo de horarios y reuniones no acababa de ir con él («en una ocasión, y aquella fue muy gorda, me olvidé el maletín con las nóminas en el bar La Solera, llegué a casa, pegué un bote y marché corriendo por todos los bares donde había estado. ‘¿No han encontrado un maletín?’, pregunté. ‘¿Y cómo sé yo que es suyo?’, me largó el tipo. ‘¡Coño, pues porque tiene 190 mil y pico —le dije la cifra exacta— de pesetas!’».

Un buen día cogió los bártulos y se fue a vivir a Argentina. En Comodoro Rivadavia (Patagonia) y en otros lugares trabajó descargando barcos (una pelea portuaria le dejó tuerto, a saber cómo acabó el otro), en compañías petroleras y hasta en una funeraria como encargado nocturno. Y poco a poco se fue dando a conocer como escultor: a la madre, al general San Martín, al célebre futbolista Aníbal Troncoso... Alique sembró el país austral de imágenes y acabó siendo muy apreciado y valorado por la comunidad artística del país, en especial de Bahía Blanca. Después de 16 años regresó («aunque tenga que limpiar zapatos en la calle, yo he de hacer obra en mi tierra»), y ahí están los frutos: Odón Alonso, Ángel Barja, San Francisco, al minero en Bembibre, al ganadero en Boñar, al peregrino en Mansilla, a la lucha leonesa en la capital... decenas de estatuas y bustos, públicos y privados. Pena de los enormes Ordoño II y Alfonso IX, que aún duermen su sueño de arcilla, envueltos en polémica. «A mí los políticos me han quitado la ilusión... ¡pero estos reyes los acabo, vaya que si los acabo!».

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