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lugares pintorescos

Un paseo por el Valle Gordo

 

Iglesia de Barrio de La Puente, uno de los pueblos que conforman el Valle Gordo. - DL

ENRIQUE ALONSO PÉREZ
22/01/2012

El Valle Gordo, raíz del histórico Concejo de Omaña, abre sus puertas al curioso viajero por el paso secular del puente de Aguasmestas, donde ya los romanos, o quizá los astures, pusieron las primeras piedras de su basamento. Los legionarios del Imperio recorrieron una y mil veces los caminos de este valle en cumplimiento de lo que Roma les exigía para control, vigilancia y protección del oro extraído en los generosos filones que se escondían en las entrañas de las crestas que escoltan el valle desde Fasgar hasta el Cueto de Rosales.

Y como la primera semilla que cae en buena tierra, suele fructificar al ciento por uno, bien puede ser de aquellas fechas y trasiegos el origen de los nueve pueblos que salpican el Valle Gordo.

El viajero andarín, que desde la cabecera del valle haya querido bajar desde las Fuentes del Boeza —viniendo del Bierzo— se habrá topado con la ermita de Santiago, donde el Santo decidió un día la victoria de los cristianos sobre los moros, montando en su popular caballo blanco. Esta ermita ha cobrado un cierto interés turístico a partir de su protagonismo en la película leonesa El Filandón de San Pelayo, que recoge también el extraño fenómeno de la coloración de las fuentes citadas, cuyas aguas, contagiadas del color rojizo que las presta su contenido férrico, ha dado pie a numerosas leyendas donde la sangre forma el componente principal.

La llegada a Fasgar sirve al viajero para un buen descanso; y en alguno de sus establecimientos —sobre todo en verano— puede tomarse un refrigerio y compartir unas copas con la bulliciosa muchachada que alegra el estío de Fasgar.

Valle abajo, siguiendo el curso del río Vallegordo, nos encontramos con el pueblo de Vegapugín, donde todavía vimos en su tiempo algunas pallozas como vestigio de la cultura celta, presente aún en muchos pueblos de la montaña occidental leonesa. El paso por el sugestivo lugar de Posada de Omaña, nos dará ocasión de comprobar cómo sus gentes han agradecido en una espléndida placa de mármol, los méritos contraídos por sus hijos predilectos, Luciano y Samuel Rubio Calzón, agustinos que alcanzaron las más altas cotas del saber en lenguas semíticas, el uno, y en musicología el otro.

 

Leyendas

La mancomunidad espiritual de Vegapugín, Posada y Torrecillo, se puso de manifiesto desde la Edad Media compartiendo los fervores y cuidados de la ermita de Peñafurada, donde se repite la leyenda de la virgencita aparecida en algún estratégico agujero con la intención de perpetuar su presencia bajo techo y culto incluido. Aunque los privilegios y disfrute de los bienes asignados a la fundación de esta ermita, hayan desaparecido con la desacralización de los tiempos, en el ecuador de agosto de sigue celebrando la solemnidad de la Asunción, víspera precisamente de otros fervores no menos arraigados que terminaban con la procesión de San Roque y el pegadizo soniquete del multirrepetido estribillo: «Pues médico, eres divino/ con prodigios y señales/ líbranos de peste y males/ Roque Santo, peregrino//.

El viejo caserío de Barrio de la Puente, el tercer pueblo del valle en censo vecinal, después de Fasgar y Cirujales, aparece a los ojos del viajero como una nueva tentación para escudriñar en su pasado atendiendo a las muestras del presente. El vetusto puente de una sola arcada, cuya importancia fue determinante en la toponimia del lugar, sigue siendo paso obligado para unir el núcleo principal del pueblo con las casitas que se asientan a la falda del monte «Suspirón», y que las gentes distinguen con el curioso nombre de «Portugal». La antigua capellanía fundada por el cura Juan Rubio Bardón, materializada por la ermita de Nuestro Padre Jesús Nazareno, muestra las heridas del olvido frente a la iglesia parroquial.

La salida del valle, hasta enlazar con el padre Omaña en sus tablas trucheras aledañas a la antiquísima y arruinada venta de Aguasmestas, pasa forzosamente por los pintorescos lugares de Marzán y Villaverde, que han visto disminuir notablemente su censo hasta quedar prácticamente despoblados.

El último pueblo del valle -según el recorrido inverso que nos hemos trazado desde la cabecera- es Cirujales, topónimo que nos recuerda la abundancia de ciruelas en las épocas de su primer asentamiento. Es el mayor de los núcleos de población del Valle Gordo, y junto a Marzán, Villaverde y Villar de Omaña, pertenecen al macro municipio de Riello (39 pueblos), mientras que los otros cinco descritos se integran en el de Murias de Paredes.

La llegada a Cirujales, después de la caminata que suponen los dieciocho kilómetros de recorrido, desde el Campo de Santiago, invita al viajero a un alto para tomar siquiera un café y convivir un buen rato con las gentes omañesas de este recoleto valle montañés.

Y tuvimos suerte, pues en Cirujales todavía encontramos abierto el ‘bar del pueblo’, conocido por Casa Amable, donde nos sirvió un riquísimo café la chica que regenta el establecimiento, que dejó por un momento la partida que estaba jugando con su particular clientela para atendernos. Y se quejó —como todo el mundo— de las consecuencias de esta crisis, que además de la despoblación propiciada en los pueblos del valle —quedan unos cincuenta habitantes entre todos los pueblos—, ha frenado el turismo y el «modus vivendi» de estos pequeños establecimientos, y eso que yo lo atiendo,- nos dice la chica- aunque no soy de aquí, sino de Barrio de la Puente.

Una vez más nos hemos dado cuenta de que Omaña, aunque ya no está amenazada por el fantasma del pantano, es víctima de la despoblación y el poco interés de los políticos por buscar soluciones.



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