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el negocio del viento

Vikingos de acero para conquistar el báltico

Las remotas aguas colonizadas en su tiempo por vikingos y lugar de ensayos bélicos durante la Segunda Guerra mundial son hoy un horizonte de prosperidad para las energías limpias. Diario de León visita las entrañas de ‘Wikinger’, el mastodóntico parque eólico marino de Iberdrola en Alemania con talentos importados de León

marco romero
14/05/2017

 

El barco deja atrás una recortada costa de acantilados de tiza blanca mientras se adentra en alta mar. Las aguas vikingas del Báltico recuperadas por Alemania tras la unificación y convertidas en un campo de ensayo bélico durante la Segunda Guerra Mundial dibujan hoy un horizonte de prosperidad a través de un excepcional proyecto de energías renovables abanderado en solitario por Iberdrola. El mayor parque eólico marino en construcción por parte de la empresa española —a finales de este año se convertirá en la instalación marina eólica más grande ejecutada en aguas profundas— se empieza a intuir a sólo una hora de viaje: unos molinos de viento que sobresalen 225 metros sobre la superfice marina, la altura equivalente a cuatro catedrales como la de León o a tres edificios como la Rosaleda de Ponferrada, advierten la primera imagen de Wikinger, nombre que significa vikingo y que ha sido heredado del proyecto eólico adquirido en marzo de 2010 por la compañía de Ignacio Galán a las dos empresas germanas que tenían la concesión. El nuevo corazón energético del Báltico, un referente en tecnología y protección ambiental producido principalmente por mentes y empresas españolas, incorpora talento leonés entre las 20 nacionalidades que forman parte del proyecto. Los ingenieros industriales Pedro Fernández Viñuela y Luis Javier Osorio Arias —ambos trabajan desde Londres en la ejecución y proyección del negocio eólico 'offshore' (alejado de la costa) de Iberdrola— son piezas clave para «salvaguardar que los intereses del negocio estén cubiertos desde un punto de vista contractual», como define su función Fernández Viñuela. Todo un reto cuando hablamos de un proyecto en el que las contrataciones supondrán una inversión global de 1.400 millones de euros y en las que habrán trabajado cuando se hayan concluido más de 3.000 personas, con picos puntuales de 700 empleos simultáneos. Por lo tanto, resulta comprensible entender al ingeniero leonés cuando subraya que uno de los mayores logros de este proyecto ha sido coordinar, no sólo al ingente equipo humano multinacional y multicultural, sino a otros aliados estratégicos fundamentales para el éxito del parque, como el gobierno alemán, los grupos de protección del medio ambiente, inversores y proveedores y medios de comunicación durante los dos años que Wikinger lleva en ejecución.

Ya bajo la imponente imagen de los primeros 18 molinos que Iberdrola ha instalado para explotar los vientos del Báltico en un área aproximada de 34 kilómetros cuadrados y a algo más de 20 millas náuticas de distancia del puerto de Mukran, el barco inicia un lento periplo entre las patas de acero o 'jackets' que cimentarán las 52 turbinas que faltan para completar la instalación de los 70 aerogeneradores con los que la compañía eléctrica española producirá 350 megavatios (MW). Tal cantidad de energía limpia dará cobertura a las necesidades eléctricas de 350.000 hogares alemanes de la Pomerania Occidental, región donde se sitúa el parque, y lo que es igual de importante: se evitará la emisión de 600.000 toneladas de CO2 a la atmósfera cada año. Sólo como referencia, durante el pasado año la industria eólica marina instaló 1.558 MW nuevos en Europa que suponen una potencia total acumulada de 12.631 MW.

Porque hablar del proyecto Wikinger es mencionar cifras mastodónticas. El orden de las magnitudes cambia radicalmente cuando hay que referirse a la construcción y el transporte de aerogeneradores con rotores de 135 metros y palas de 66 metros de largo que pesan 25 toneladas cada una. O a la colocación de pilotes de más de 50 metros de largo para hincarlos en el suelo marino. Por no mencionar el transporte desde Puerto Real (Cádiz) de una subestación eléctrica marina y su plataforma, que pesa más de 8.000 toneladas y que para su delicado viaje desde los astilleros de Navantia tuvo que ser desencajada y trasladada en dos piezas. En España se ha generado un extraordinario valor añadido con la realización de este parque, sobre todo por la garantía de futuro que puede suponer para los astilleros. Wikinger integra 29 plataformas o 'jackets' construidos para los aerogeneradores en los astilleros de Navantia en la ría de Ferrol, y 70 torres y 116 pilotes ejecutados en la factoría de Windar en Avilés (Asturias). Sólo las exigencias de plazos obligó a Iberdrola a contratar en el extranjero 41 'jackets', además de que es en Alemania donde Gamesa fabrica las 70 turbinas. «Todo esto es posible por la profesionalidad en España», declaró durante la expedición el director del proyecto, el bilbaíno Estanislao Rey-Baltar, quien resaltó que las cualidades técnicas del parque están sobradamente preparadas para aguantar las agresiones de los estragos de la meteorología y de las condiciones marinas del mar Báltico durante los 25 años que dura la concesión administrativa de las autoridades alemanas para explotar el viento en estas instalaciones.

Contra viento y marea

Los trabajos en Wikinger se encuentran en estos momentos en plena ebullición. El puerto de Mukran acoge la terminal offshore del proyecto. En el este de la isla de Rügen, a muy poca distancia de bellos y lujosos pueblos costeros como Bitz y a unos 300 kilómetros de Berlín, una plataforma industrial de 100.000 metros cuadrados es, con diferencia, la mayor área reservada por una empresa en la zona portuaria. Tras evaluar diferentes instalaciones cercanas, la terminal en el cordón industrial de Sassnitz fue seleccionada como la alternativa óptima para almacenar y acoger las actividades de ensamblaje, conservación y transporte de los componentes de turbinas eólicas. Principalmente, aquí se realiza la carga desde los buques de transporte, el almacenamiento y la carga hasta los buques de instalación de los principales componentes del parque eólico, caso de los pilotes, los 'jackets', los aerogeneradores y el cable. Aquí también se encuentran las oficinas y el centro de gestión y coordinación marina, una de las claves para que el trabajo en cadena sea operativo, según explicó Fernando Reartes, responsable de Comunicación de Adwen Offshore, durante un breve acceso a estas imponentes instalaciones, donde, a escala, un ser humano parece el equivalente a una hormiga al lado de piezas que pesan decenas de toneladas. Lo primero que se hizo desde aquí fue la colocación de los pilotes en el fondo marino. Se trata de tubos de unos 40 metros de longitud que se introducen en vertical a unos 30 metros de profundidad y en bloques de cuatro piezas. En ese momento, por decirlo del modo más gráfico, el fondo marino se convierte en una especie de pasta de dientes que se ablanda para luego volver a su estado original y fijar definitivamente los pilotes.

Cómo ha evolucionado 'Wikinger':

Estos trabajos han supuesto uno de los retos más importantes para los ingenieros, dada la restrictiva legislación alemana en el cumplimiento de niveles de ruido durante los procesos de pilotaje para no dañar a los mamíferos marinos. El ingeniero leonés Pedro Fernández Viñuela destaca que Iberdrola ha sido pionera en este ámbito y ha puesto en marcha una medida preventiva que ha sumado un coste al proyecto de 40 millones de euros. Cada vez que se ha realizado una maniobra de pilotaje para hincar los pilotes en el suelo marino se ha activado un sistema único. «Hemos sido pioneros en la utilización de cortinas de aire. No simples o dobles, sino que la hemos llegado a hacer triple para apantallar el sonido en el agua. Si cortas el medio fluido e inyectas burbujas de aire creas una pantalla y el sonido no se transmite de la misma manera, lo amortiguas». El resultado ha sido impacto cero.

Antes de poner en marcha el proyecto en alta mar, se llevó a cabo un gran volumen de trabajo, que incluyó levantamientos geológicos de los fondos marinos, muestras estratigráficas de rocas sedimentarias y levantamientos sísmicos del terreno del fondo marino. Se aplicó también una innovadora campaña de pruebas de pilotes de primera clase para evaluar el diseño de la base elegida, que incluyó pruebas de presión en estructuras cosa afuera durante semanas.

Se han llegado a tener hasta 18 barcos y barcazas para el transporte de los equipos, algunos con 70 personas a bordo. Por eso, el barco tipo 'jack-up' atracado en el puerto se constituye como la maquinaria más impactante utilizada para el transporte y colocación de las estructuras. Es gigantesco. Ha sido bautizado como Brave Tern, quizá en honor a la valentía de surcar las aguas del Báltico para transportar tres aerogeneradores completos en cada viaje. El periplo tarda unas 24 horas desde el puerto hasta el parque y, si todo va bien, fijar cada 'aero' puede ocupar el mismo tiempo. Sin embargo, la heladora sensación térmica durante el invierno y, básicamente, el viento pueden extender este tiempo hasta 15 días por cada pieza. Aquí trabajan sin decanso a dos turnos, de día y de noche, con unas 40 personas en cada turno. La idea es que los trabajadores hagan todo lo posible para que todo esté a punto para que a finales de este año el parque entre gradualmente en servicio comercial. Para no perder ni un solo día, el barco hotel se eleva sobre el nivel del mar como si fuera un ascensor para no depender del tiempo y permitir hacer todo tipo de pruebas en la subestación y en los aerogeneradores. Movilizar una embarcación de este tipo puede suponer unos 800.000 euros con un coste diario de unos 140.000 euros, según datos extraídos del informe europeo Leanwind.

Otra de las tecnologías interesantes del proyecto es la utilización de un equipo de medición de viento. El ingeniero Pedro Fernández Viñuela explica que normalmente en los parques eólicos se suele utilizar una torre meteorológica, tanto en 'onshore' como en 'offshore', que se monta sobre una cimentación. Iberdrola en este caso está apostando por tecnología que además de reducir costes y dar mayor eficiencia, constituye mayor exactitud en las mediciones. «Eso empieza a ser norma, pero cuando tomamos la decisión fuimos pioneros». En esta línea, la compañía está apostando por la energía eólica marina como una de las bases de su crecimiento futuro y persigue liderar el desarrollo de esta tecnología; se trataría de la segunda revolución de las energías renovables tras la que abanderó la energía eólica terrestre en su momento. Para ello tiene un plan de expansión hasta 2025 que pretende producir 3,3 gigavatios a través de un ambicioso plan de inversiones. «Y en este contexto, Wikinger es sólo el primer paso; además un paso solos, sin socios», indica el contract manager Fernández Viñuela.

Desde el año 2014, Iberdrola tiene en operación el parque de West of Duddon Sands, en el mar de Irlanda. A finales de este año se prevé la entrada en operación de Wikinger. A continuación empezará la entrada en servicio gradual de East Anglia 1 —esto se prevé para 2019— y a partir de 2020 se pretenden tener a punto los desarrollos en el Báltico con Windanker, Baltic Eagle y Wikinger South. En Francia estará el parque Saint-Brieuc con otros 500 megavatios. Posteriormente los planes incluyen completar la zona de Reino Unido, con la expansión de East Anglia 1, 2 y 3. Lo único conocido es que Iberdrola, a través de su filial estadounidense, Avangrid, entra en el proyecto eólico marino Vineyard Wind, en la costa de Massachusetts, cuya construcción comenzará en el año 2020. «Tenemos para estar ocupados», bromea el ingeniero Pedro Fernández.

Este tipo de desarrollo tiene mucho que ver con las políticas ambientales de los gobiernos del norte de Europa. En concreto, Alemania tiene programado su apagón nuclear para dentro de cinco años, por lo que facilita con legislación y subvenciones las energías renovables como alternativa a las convencionales. «Hay una clara apuesta por ello. España no puede competir, entre otras cosas porque nuestra plataforma continental no está preparada», comenta Fernández. En concreto se refiere a que el Báltico tiene mucho viento, pocas corrientes y olas y muy poca profundidad, ya que a 34 kilómetros de la costa el suelo marino está a 40 metros. En España, un proyecto así requeriría alejarse kilómetros y kilómetros en la costa, con sobrecostes en el mantenimiento.

Desde luego, en el paisaje de la energía del futuro que están dibujando los países del norte no se ven minas de carbón.


 

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