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Volver a vivir en paz en Alepo

 

Una de las instantáneas ganadoras del segundo premio de Historias en la categoría de Noticias de Actualidad de la 60 edición deL World Press Photo. -

mIKEL aYESTARÁN
04/02/2018

Piedra a piedra, así se trabaja en la restauración del casco antiguo de Alepo. Ejército sirio y grupos armados de la oposición convirtieron el corazón de la segunda ciudad del país en un frente de batalla en 2012 y las armas no callaron hasta hace poco más de un año. Desde entonces, la ciudad trata de recuperar la vida y han vuelto de forma parcial servicios como el agua y la electricidad, pero la devastación es de tal magnitud y ha muerto y huido tanta gente, que todos saben que Alepo no volverá a ser la misma.

El casco antiguo fue una de las principales zonas de combate y es el lugar en el que más se trabaja para convertirlo en el motor de recuperación de la ciudad. El único sonido que se percibe ahora es el del martilleo sobre las piedras de edificios emblemáticos como las mezquitas Omeya y Fustoq.

Tras un primer estudio de esta zona que abarca 365 hectáreas, Unesco aseguró que el 60% de los edificios había sufrido «daños graves». En la recién reabierta oficina municipal del casco antiguo han establecido una comisión para llevar adelante un plan de restauración. «El primer paso ha sido el desescombro de las calles y ahora hay que valorar edificio a edificio para determinar si la destrucción es total y hay que derribarlo, o si es parcial y podemos restaurarlo», informa Ahmed Al Ahmed, responsable municipal del casco antiguo.

Además de las mezquitas y otros edificios históricos, preocupa la situación de los zocos. Mahmoud Meme dirige a un grupo de profesionales y «vamos tienda a tienda, necesitamos al menos un mes para terminar cada comercio porque se trata de un trabajo manual. Hablamos de una zona protegida y lo antiguo debe seguir pareciendo antiguo, hay que conservar al máximo su valor histórico», apunta a pie de obra en el zoco de las telas.

Este mercado tradicional resultó directamente afectado por la voladura del hotel Carlton Citadel. Los opositores armados cavaron un túnel por debajo del hotel, que entonces ocupaba el Ejército, lo llenaron de explosivos y lo volaron en mayo de 2014. «Fue como un terremoto para toda la ciudad vieja, menos mal que hablamos de edificios de muy sólida construcción», apunta Meme.

En un corto paseo desde este zoco se llega a la ciudadela, posición estratégica que el Ejército ocupó durante los cinco años de combates. La fortaleza medieval, considerada una de las mayores y más antiguas del mundo, recuperó su función original y pasó de ser atracción turística a baluarte defensivo de los soldados sirios. Estuvieron rodeados durante toda la guerra, pero conseguían alimentos, municiones y podían hacer relevos gracias a un túnel secreto que les permitía el acceso y que el enemigo no logró descubrir, según confiesa un uniformado.

Un enorme cartel en inglés que reza ‘I Believe in Aleppo’ (yo creo en Alepo) recibe a quienes se acercan a este monumento que deja atrás esta nueva fase militar para reabrir sus puertas al público. Forma parte de la campaña que inunda la ciudad con eslóganes como ‘Volverá.’ o con el ‘I love Aleppo’ con letras de colores que se ha instalado en la céntrica plaza Saadallah al-Jabiri, uno de los espacios que han recuperado los alepinos que antes no se atrevían a sentarse en este lugar por el miedo a morteros y francotiradores.

Barrios orientales, zona cero

Después de subir la escalinata y penetrar en la fortaleza, cada visitante se asoma a uno de los miradores y lo que descubre a sus pies es la inmensidad de la destrucción en el casco viejo y en todos los barrios orientales que se extienden hasta el horizonte de una ciudad que antes de la guerra llegó a los 2,3 millones de habitantes y era el motor económico del país. Los visitantes se asoman y miran en silencio. No hay palabras.

La plaza frente a la ciudadela recupera poco a poco la función de centro neurálgico que tuvo hasta 2012. Dos cafeterías han reabierto sus puertas y los vendedores ambulantes esperan a los visitantes con puestos de palomitas, helados, pasteles. «La cosa ha mejorado mucho, ahora podemos salir a la calle sin temor a los combates y no hay bombardeos, pero queda mucho por hacer y se necesita ayuda de todo el mundo, dinero que nos ayude a reconstruir la mitad de la ciudad», asegura Zuher, veterano profesor de árabe que vive a cincuenta metros de la fortaleza. Su casa ha sufrido lo que se considera como «daños graves», pero el edificio está en pie y eso le ha bastado para regresar y tratar de rehacer su vida.

Algunos vecinos han regresado a sus casas en la parte oriental de la ciudad, devastada por los bombardeos aéreos y de artillería del los Ejércitos de Siria y Rusia. Vuelven a zonas cero en las que la maquinaría pesada ha logrado abrir carreteras y calles, pero donde llevará mucho tiempo restablecer los servicios. «¡Sólo queremos que todo vuelva a ser como era antes de 2011¡», exclama una madre del barrio de Al Shaar, otro de los barrios castigados al este de la ciudad, que acude con sus hijos a pasar la tarde frente a la ciudadela. Esta es una de las reflexiones que más se escucha en Alepo cada ves que se pregunta sobre la situación actual, pero aquí todos saben que, después de tanta muerte y destrucción, nada puede ser igual.

El infierno de Dei Hafer

Un cuadrado de color negro perfectamente marcado en el suelo es todo lo que queda de la jaula que el grupo yihadista Estado Islámico (EI) levantó en el centro de Deir Hafer, gran bastión de los seguidores del califa en la provincia de Alepo y a las puertas de la de Raqqa, para encerrar a los condenados a muerte. «Aquí los traían y les cortaban la cabeza. Luego crucificaban los cuerpos decapitados durante tres días en estos árboles», recuerda Mohamed Abdulatif, trabajador del hospital local, que hacía lo posible por evitar asistir al macabro espectáculo. Camina sobre las líneas negras pensativo y se queda en silencio frente a estos árboles con un pasado teñido de sangre. Cuando le tocaba pasar por aquí, apartaba la mirada. La plaza está presidida por una enorme bandera nacional y ha sido renombrada como ‘plaza de los mártires’, incluso hay unas flores en recuerdo de los asesinados, pero para la mayoría de vecinos sigue siendo ‘plaza de las ejecuciones’ y así es como se refieren a ella. Imposible borrar ese recuerdo en los diez meses que han pasado desde que el EI fue expulsado por el Ejército sirio. Los cuerpos no se entregaban a las familias, «los tiraban a la basura o los dejaban para los animales», recuerda uno de los vecinos de esta localidad de 35.000 habitantes en la que los yihadistas contaban con una importante base militar, una fábrica de armas y varios hospitales de campaña. hoy casi todo reducido a escombros tras los bombardeos aéreos de Rusia. A diferencia de otros lugares liberados de manos del EI, en éste solo han sufrido daños los centros de mando empleados por los yihadistas y el resto del núcleo urbano permanece en pie, lo que ha hecho posible que la vida se recupere con rapidez. La historia de Deir Hafer, que los yihadistas renombraron como Deir Fatah (la casa de la conquista) es la misma que se repitió en el resto del califato. Esta zona se levantó contra el Gobierno de Damasco en 2011 y pronto cayó en manos del Ejército Sirio Libre (ESL). Con el paso de los meses, el Frente Al-Nusra, brazo local de Al-Qaida, se impuso sobre el ESL y, finalmente, tras una dura lucha interna entre facciones islamistas, el EI incorporó la ciudad al califato. Siete años después, los ciudadanos vuelven a estar bajo control de las autoridades de Damasco y las banderas nacionales y las fotografías del presidente, Bashar el-Asad, son omnipresentes.