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olga lópez

«yo enseño a escuchar»

profesora, abogada, psicóloga... esta ucraniana que tuvo entre sus múltiples cometidos estudiar las solicitudes de legalización de nuevos partidos en rusia acaba de abrir una academia de violín para niños en León

 

RAMIRO -

emilio gancedo
16/12/2012

No son sólo paisanos nuestros el boticario de La Baña, el campanero de Vegas o el cura de Santa Olaja, no. Cada vez hay más leoneses, y con pleno derecho de serlo, que nacieron en lejanas geografías y que hoy viven, aman y laboran aquí como el que más, plenamente integrados en estos sotomontes, o en avanzado proceso de estarlo. Uno de estos casos peculiares —que llegan a León cuando casi todo el mundo se va o amaga con irse— es el de la ucraniana Olga López, abogada, profesora, psicóloga, maestra de violín, especialista en educación infantil... mil inquietudes tuvo y sigue teniendo, y la prueba está en que acaba de montar una academia en pleno centro de León, ha homologado su título de jurista, busca su hueco en la universidad y prepara un libro sobre enseñanza musical.

No parece López un apellido muy ucraniano, pero es que en realidad corresponde a su ex marido, matemático al que conoció en San Petersburgo. Nacida en la cuenca minera del Donetsk en 1953, su padre, pintor, le inculcó el amor y la sensibilidad por el mundo del arte y la creación artística, algo en lo que también tuvo mucho que ver su madre, directora de la red de bibliotecas regional.

Titulada por la Escuela Profesional de Música de Artemivsk en 1973, fue maestra en varias escuelas e intérprete de orquesta sinfónica en su Ucrania natal. Olga comenzó la que es una asombrosa y multiforme carrera siendo profesora de música, con tan sólo 20 años de edad, en la ciudad de Dimitrov, pero su tremenda avidez hacia el saber le hizo licenciarse en Filosofía, en 1982, por la Universidad Estatal de San Petersburgo. Compaginando su trabajo como profesora de violín, impartía también clases de Filosofía en la Universidad de Tver y en 1989 acababa su segunda carrera universitaria, la de Derecho, y ese mismo año obtenía asimismo el título de doctora en Filosofía.

Siguiendo una meteórica progresión, en 1993 Olga ya era jurista de primera instancia en la sede del Ministerio de Justicia en San Petersburgo y se inscribía en el Colegio de Abogados. La Unión Soviética acababa de derrumbarse y por todas partes bullían las ansias de libertad: uno de los cometidos de Olga fue entonces, precisamente, estudiar las solicitudes para la legalización de los nuevos partidos y asociaciones, que llegaban en masa, pero siguiendo el criterio de no considerarse «peligrosos» para el nuevo Estado. Como abogada, además, se especializó en defender a los menores, a esos niños de la calle por todos olvidados, en unos años harto complicados para Rusia. Y aunque también fuera colaboradora científica en el instituto de ciencia e investigación de la Academia Estatal de Educación y profesora de la Academia del Ministerio de Justicia, y siguiera formando a jóvenes violinistas, en 2008 decide instalarse en España junto a su hijo, también músico, y que aun nacido allá «tiene todos los rasgos del español», declara una Olga satisfecha de su residencia en León y quien recuerda cómo, en Rusia, «si no estás alabando constantemente a Putin, no tienes nada que hacer».

Esta intelectual ‘todo terreno’ no se arredra ante nada y pese a que antes no sabía una palabra de español —con su marido sólo hablaba en ruso— se defiende ya muy bien, finalizó la enseñanza superior en Psicología, homologó sus títulos de profesora de música y de Filosofía, y ya ha comenzado su doctorado en la capital leonesa. Hace sólo dos meses abría en la calle Alcázar de Toledo el Centro Musical León, una academia expresamente dedicada a despertar en los más pequeños, y «de una manera integral», el gusto por tocar el violín. «Habiendo un interés previo, cualquier niño puede tocarlo», anota esta apasionada por los niños y por la música, que considera la enseñanza musical algo «básico» para el desarrollo de la persona y quien asegura no enseñar a tocar un instrumento; «sino, sobre todo, a escuchar».

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