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Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
21/01/2017

La esencia del cristianismo es la persona de Jesús, no un curso de teología o de moral cristiana. Fe personalizada es, ante todo, vivencia sentida, no mero saber teológico. La conversión no será cambiar comportamientos morales externos por otros más acordes con la moral cristiana, sino permitir un encuentro interior con quien es el motor y raíz de ese comportamiento: Jesucristo. El Evangelio de este domingo relata la elección de los primeros discípulos, gente como nosotros, llamada por el Señor en su faena diaria, sin cita previa, tocados de luces y de sombras, invitados con su propio nombre y sus particulares circunstancias a seguirlo y a darlo a conocer a otros. Esta vocación o llamada se puede resumir en dos verbos: «vio» y «dijo». Una mirada y una palabra. Son las únicas armas de que dispone este Maestro. Él mira y elige. Se trata de una mirada que se fija en un individuo, una mirada que escoge y que invita a cambiar.

La vida cristiana es respuesta a la gracia, no decisión autónoma. Si me decido, es porque alguien, que se pone a mi favor, de invita. Solo podemos ponernos en camino, cuando Dios comienza a caminar por los nuestros. No es que nosotros salgamos a la búsqueda de Dios. Es Él quien se pone a buscarnos. La vocación cristiana no es una conquista. Sino un ser conquistado. El discípulo es quien es captado por el Maestro y no al revés.

La respuesta a la iniciativa de Jesús se concentra también en el verbo «dejar». Seguirle es también dejar las redes, el oficio, los lazos familiares, el presente, las cosas... Cristo pasa a ocupar el puesto de las cosas y de las personas. Hay que dejarle espacio, hacer vacío fuera y dentro de la persona. No existe respuesta que no se traduzca en una separación o renuncia. Esta experiencia jamás es indolora. Ni tampoco se puede considerar acabada de una vez por todas. Hay distanciamientos (sobre todo de uno mismo) que hay que actualizar cada día. Además, tampoco se puede separar el verbo «dejar» del verbo «seguir»; son dos acciones unidas. Indican el desplazamiento del eje de la propia vida. No se deja por dejar. Se deja para seguir. Se deja para salir fuera junto con Él, para moverse detrás de Él. No vale, pues, poner el acento sólo en el «dejar». Discípulo no es quien ha renunciado a algo; es uno que ha encontrado a Alguien. La pérdida es absorbida abundantemente por la ganancia. El descubrimiento hace palidecer lo que se ha abandonado. El desprendimiento no es el fin, sino la condición del seguimiento. También los discípulos de hoy, que no podemos tener contacto físico con Jesús, estamos llamados a seguirle, lo que se puede traducir por «imitación». Es recorrer el mismo camino de Cristo, tener sus opciones, repetir sus gestos, asumir sus pensamientos y sus posturas, inspirarse en sus criterios, tener sus preferencias.

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