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Actitudes ante el emigrante

 

Cada día su afán José Román Flecha Andrés
13/01/2018

Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia». Así comienza el mensaje que el papa Francisco nos ha dirigido para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que tendrá lugar el día 14 de enero de 2018.

A este desafío todos estamos llamados a responder con generosidad, diligencia, sabiduría y amplitud de miras. Retomando lo que escribió en el mensaje para la Jornada Mundial de la paz, el Papa resume nuestra respuesta común en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar».

1. Acoger significa ampliar las posibilidades para que los emigrantes y refugiados puedan entrar de modo seguro y legal en los países de destino. Hay que incrementar y simplificar la concesión de visados por motivos humanitarios y por reunificación familiar.

En lugar de la expulsión colectiva de emigrantes y refugiados, hay que ofrecerles un alojamiento adecuado y decoroso. Sus condiciones requieren que se les garantice la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos.

2. Proteger significa defender los derechos y la dignidad de los emigrantes y refugiados, en su patria y en el país de inmigración. Esto implica «un acceso equitativo a la justicia, la posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital».

Además, exige la libertad de movimiento, la posibilidad de trabajar y el acceso a los medios de telecomunicación. Hay que facilitarles la asistencia sanitaria, un sistema de pensiones y la transferencia de sus contribuciones en caso de repatriación.

3. Promover quiere decir dar a los emigrantes y refugiados la posibilidad de realizarse como personas en todas las dimensiones que componen la humanidad querida por el Creador, según lo indicaba Pablo VI, en su encíclica Populorum progressio.

Entre estas dimensiones de la persona, menciona el Papa la valoración de su trabajo, el reconocimiento de la libertad de profesar y practicar la propia fe, el apoyo a la reagrupación familiar y la ayuda a los discapacitados.

4. Integrar, no significa suprimir u olvidar la identidad cultural de los inmigrantes, sino el reconocimiento de sus valores. Este proceso exige el ofrecimiento de la ciudadanía a los emigrantes que llevan una larga permanencia en el país.

Hay que favorecer la cultura del encuentro, multiplicar las oportunidades de intercambio cultural, demostrar y difundir las prácticas de integración y crear programas que preparen a las comunidades locales para los procesos integrativos.

La Iglesia está dispuesta a comprometerse para que se lleven a cabo todas estas iniciativas. Sin embargo, para obtener los resultados esperados es imprescindible la contribución de la comunidad política y de la sociedad civil.

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