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Con flores a porfía

 

04/05/2013

Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

Venid y vamos todos con flores a porfía. Venid y vamos todos con flores a María, que Madre nuestra es». Con esa canción comenzaba cada tarde del mes de mayo el ejercicio piadoso de «las flores». En nuestras tierras, la devoción popular lo ha dedicado especialmente a recordar y meditar la figura de María de Nazaret.

En bastantes parroquias y colegios católicos esa devoción sigue en pie. En estos tiempos hay que ajustar los compromisos de cada día a las nuevas situaciones de la sociedad, la Iglesia entera y la pequeña comunidad que vuelve sus ojos hacia Santa María.

Pero el ritmo de los tiempos no es tan universal como pensamos. En el hemisferio austral, mayo no es «el mes de las flores». En Chile el ejercicio de esta devoción mariana se extiende desde la segunda semana de noviembre hasta el día 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de María, en vísperas ya del verano austral.

Por aquellas tierras, el ejercicio piadoso de este mes es cuidado con especial atención. En realidad constituye una especie de «misión» cristiana. Centrada cada año en un tema específico, esta práctica religiosa va subrayando día a día un aspecto de ese temario que va siendo seguido por todas las comunidades católicas del país.

La religiosidad popular, o la piedad del pueblo, ha contribuido a transmitir la fe cristiana de una generación a otra. En su carta sobre «El anuncio del Evangelio», el papa Pablo VI subrayaba sus aportaciones fundamentales y anotaba también las deficiencias que deberían ser subsanadas y las desviaciones que había que evitar.

En este caso, el ejercicio del «mes de María» es un ejemplo estupendo que puede ser importado por otros países y otras comunidades. En este «Año de la fe», se nos ofrece una excelente oportunidad para ir meditando cada día un aspecto de la fe, siguiendo los pasos de esta primera cristiana, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia.

Se podría iniciar el mes recordando en la primera semana la fe de Abraham, de los patriarcas y las matriarcas de Israel, el camino del éxodo y las exhortaciones de los profetas a confiar en el Dios de la Alianza.

En la segunda semana habrá que evocar los pasos de la vida de María. En ellos podemos descubrir el don de la fe que María ha acogido al escuchar la palabra de Dios, así como la fidelidad con la que ha aceptado la voluntad de Dios a lo largo de su vida junto a Jesús y en los primeros momentos de la comunidad cristiana.

En la tercera semana se debería meditar en este año concreto la doctrina sobre la Virgen María que el Concilio Vaticano II incluyó en la Constitución sobre la Iglesia.

Y en la cuarta semana se podría mencionar la devoción secular que nuestros mayores han demostrado a Santa María en los numerosos santuarios que pueblan nuestra tierra.

Es una sugerencia que puede y debe ser aplicada a las comunidades concretas. Que nos guíe Santa María, Madre de la Iglesia y Estrella de la Evangelización.

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