+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario Diario de León:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 

Cuando los mineros indultaron al ‘Cristo rojo’ de Bembibre

Las cuencas mineras del Bierzo se anticiparon a la revolución asturiana con la insurrección libertaria de 1933. Se saldó con más de 600 detenidos y las cárceles atestadas. Pero no se arredraron y en octubre del 34 llevaron a las barricadas al ‘Cristo rojo’ de Bembibre

 

La imagen del Cristo rojo de Bembibre con la cartela del indulto de los mineros insurrectos de 1934 se difundió en la revista Estampa y en otros periódicos de la época como un símbolo de la devoción popular de unos hombres que buscaban cambiar la sociedad -

ANA GAITERO | LEÓN
26/01/2018

“El día once de diciembre

en el pueblo de Fabero

se proclamó la anarquía

con muchísimo salero.

Estaba la ceneté

llena de hombres conscientes,

todos de muy buena fe

con las ‘Star’ ya calientes”.

La copla, recogida en el valle del Laciana, refleja la pervivencia en la memoria popular de unos acontecimientos que «no han pasado a la historia ni siquiera con minúsculas», lamenta Luismi García, colaborador de Ser Histórico, a propósito de la insurrección del Bierzo de 1933.

Los «revoltosos dinamiteros» quedaron silenciados primero por el ejército que, desplazado desde Burgos, sofocó el levantamiento libertario y, tras la Guerra Civil, con la purga que se sufrió en las cuencas mineras por la represión franquista.

Episodio tan épico es rescatado mañana en una conferencia organizada por el grupo de investigación de la Memoria Viva de CNT en León a las 20.00 en la sede de la organización (calle Fruela II, 9). La insurrección del Bierzo, 1933, es el título de la charla que ofrece este estudio del movimiento anarquista.

La insólita movilización, que García enmarca en el contexto de la «gimnasia revolucionaria tan en boga en el noroeste peninsular», eclosiona el 11 de diciembre de 1933 con la huelga general más fuerte de las muchas que se habían producido en la provincia aquel año.

Desde la llegada de la II República se había producido un crecimiento sindical espectacular debido a «las condiciones de vida, salariales y económicas» de las clases obreras y agrarias, precisa el investigador. La CNT goza de una expansión inusitada, como sucede a escala nacional con esta organización «incómoda para el Gobierno».

Llegó a contar con un millón y medio de afiliaciones. En León, se constituye el Sindicato de Oficios Varios en localidades relevantes como Veguellina, Cistierna y Cacabelos y el Sindicato Único Minero (SUM) superaba los 3.000 afiliados en 1932. En Fabero era la fuerza hegemónica al 100%: «Tenían su sede, un Ateneo, donde se disponía y se prestaban libros y prensa libertaria, y una cooperativa obrera», explica.

La toma de conciencia se agudizó con el triunfo de las derechas en las elecciones de octubre de 1933, que aviva el descontento con la República, sumado a las penosas condiciones laborales que padecían los mineros: «Bajaban a las minas hacinados en jaulas, carecían de ventilación en las explotaciones trabajaban desnudos porque las temperaturas alcanzaban los 40ºC», según los testimonios que recogió entre hijos de algunos protagonistas.

La insurrección del Bierzo «no fue un levantamiento al tun tún, sino un plan estratégicamente pensado», apostilla. El 11 de diciembre pararon el sector de la construcción, fábricas y tipógrafos, se incendiaron varias iglesias y varios dirigentes de la CNT-FAI fueron detenidos con material incautado.

«El estallido revolucionario se extendió por la provincia con especial incidencia en el Valle de Laciana donde el SUM era amo absoluto de los medios de producción; el día 10 fueron tiroteados y heridos dos guardias civiles en Veguellina y se cortaron las líneas telefónicas, el 12 se repitieron los altercados con varios detenidos más; en Cistierna explotaron varios cartuchos provocando desperfectos en los tendidos eléctricos, en Olleros se izó una bandera revolucionaria en la torre de la iglesia y en Valderas se decretó el comunismo libertario», relata García.

Pero fue en Fabero donde la épica alcanzó su cénit con una revuelta que empezó a las 7.30 de la mañana con la quema de papeles en el juzgado y el edificio del ayuntamiento, seguida de un ‘paseo’ por el pueblo en busca de armas. Luego se subieron a los camiones y tomaron Sésamo, Vega de Espinareda y Arganza, donde «incendiaron el Ayuntamiento, el archivo y las casas del párroco y un tendero y se recogieron más armas».

Los mineros «llegaron a Cacabelos hacia las 6 de la tarde y al amparo de la oscuridad, tras volar las torres eléctricas e incomunicar por teléfono a la autoridad, se vieron sorprendidos por una guardia civil bien pertrechada y preparada para recibirles», añade el investigador.

La encerrona, que se completó con la llegada del regimiento de Burgos, una compañía de ametralladoras y aeroplanos enviados desde el aeródromo de La Virgen del Camino, se achacó a un chivato que había sido expulsaado del sindicato por un desfalco económico. Pero en este punto, «los datos se confunden con la fábula y el mito», advierte García.

Tras tres horas de tiroteos, la revuelta fue controlada con un saldo de dos guardias civiles heridos y cuatro obreros muertos. La llegada de nueve autobuses del 36 regimiento de Burgos forzó la retirada de los mineros que a su regreso quemaron el Ayuntamiento de Candín. Las detenciones atestaron las cárceles, desde Villafranca hasta Sahagún, con más de 600 hombres.

Por los hechos de Fabero, fueron procesados 48 hombres, de los 14 quedaron absueltos y para el resto se pidieron penas de 23 años de cárcel por sedición. Con la amnistía de 1934 se libraron de la acusación de tenencia ilícita de armas.

«En Asturias aprendieron la lección y en 1934 se unieron todos, que es lo que no se hizo en León», aclara el investigador. Fue nueve meses después y las cuencas mineras leonesas también protagonizaron un nuevo episodio épico. El 7 de octubre de 1934, dos mil mineros de la cuenca del Sil, de Toreno, de Matarrosa y de Páramo «bajaron como un alud de sus altas montañas y se apoderaron de Bembibre». Fue el día que los mineros indultaron al Cristo rojo.

«Proclamaron la República socialista en el Ayuntamiento, rociaron la iglesia (s.XII) con gasolina y le prendieron fuego», relata el cronista de la revista Estampa. Antes habían sacado la imagen de un Sagrado Corazón que dejaron en medio de la plaza con un letrero que decía: «Cristo rojo, a ti te respetamos por ser de los nuestros». La imagen del Cristo rojo se fijó en la retina del país. Cuentan que los mineros llevaron al Cristo amnistiado a las barricadas y sobrevivió a aquellos días en los que, otra vez, los mineros en León, Asturias y Palencia y los obreros en Madrid y Barcelona «soñaron un mundo mejor», subraya García.

Mineros posan en una foto de los años 30. ARCHIVO CNT DE LEÓN