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El deber de ser luz

 

Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
14/01/2017

Estamos en un tiempo de masificación. Miremos una ciudad: gentes vestidas igual, sin el menor asomo de personalidad, sin ningún detalle que las singularice. Los medios de comunicación se encargan de que todo esto sea así, pero además consiguen que todos pensemos igual, tengamos los mismos gustos y aspiremos al mismo estilo de vida. El resultado es un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde en la multitud y pierde su identidad. Por eso resulta sorprendente la lectura de Isaías en este domingo: Dios llama en persona a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa ni de hombres sin nombre ni rostro. El Señor piensa en cada uno de nosotros y nos llama por nuestro nombre y nos señala un camino singular al que hemos de responder en persona.

La llamada de Dios ofrece elegir la luz como símbolo de la existencia: «Te hago luz de las naciones». Aceptar esta misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos acostumbrados; supone actuar, decidir, elegir; en una palabra, vivir. Sin estas realidades no puede hablarse de auténtica vida cristiana, igual que si en lo humano no decidimos y elegimos, no tenemos vida. El gran pecado de nuestra vida cristiana acaso sea el de omisión. Hemos de ser luz del mundo y no hacemos nada o casi nada. Y, sin embargo, es urgente ser capaces de acoger el reto de ser luz en una sociedad donde muchos han elegido el camino de la tiniebla, de manera palpable y aunque exija muchos esfuerzos. Frente a esta elección se alza la llamada para ser luz. Si no damos una respuesta pronta, caeremos en el pecado que, según el evangelio de Juan, es arrancado por el Cordero de Dios, es decir, Jesús; ese pecado que consiste en no hacer, en no comprometerse con Dios y con los hombres, en no arriesgar nada, en no responder a un estilo de vida marcado por la fe cristiana.

Pero no se olvide que la respuesta personal debe ser un compromiso constante. Por eso, la alusión al Cordero como alimento nos lleva a descubrir que, para recorrer el camino de la vocación personal cristiana, es necesario estar bien alimentado y sentirse acompañado. Todo eso lo tenemos los cristianos: ese Cordero de Dios, sinceramente recibido, es el alimento que puede convertir la debilidad en fortaleza, la indecisión en resolución y el conformismo en sana inquietud. Así lo deberíamos celebrar cada domingo: en la Eucaristía, reunión de comunidad, recibiremos la fuerza y el ánimo para que todos los que en ella participan estén dispuestos a aceptar los mismos compromisos y a tender sus manos para ayudarse en este camino.

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