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El discurso de Pablo VI en la ONU

 

04/10/2014

Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

En el patio de ingreso a la sede de las Naciones Unidas en la ciudad de Nueva York, se encuentra una estatua muy significativa. Representa a un hombre de apariencia fornida que con un martillo en su derecha está tratando de convertir en una reja de arado la espada que mantiene en su mano izquierda.

A los pies de la imagen se recoge la conocida profecía de Isaías: «De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas» (Is 2,4). Paradójicamente, esa estatua ha sido regalada por la antigua Unión Soviética a todos los pueblos de la tierra, en tiempos de la llamada guerra fría.

El día 4 de octubre de 1965 Pablo VI visitó ese edificio de las Naciones Unidas en la ciudad de Nueva York. Ante los representantes de todos los Estados, el Papa se presentó como revestido de una minúscula y casi simbólica soberanía temporal. Minúscula, pero necesaria para ejercer su misión espiritual con libertad e independencia de todo poder.

Felicitó a los miembros de la Asamblea por hacer posible el encuentro de los unos y los otros. Deseó que los pueblos puedan caminar los unos con los otros, de modo que los unos nunca se sitúen por encima ni contra los otros. Con este juego de palabras exhortaba a la humanidad a caminar en la igualdad y la fraternidad.

Llegado ahí, Pablo VI había de pronunciar el vibrante mensaje que se esperaba de él: «¡Nunca más la guerra, nunca más la guerra! Es la paz, la paz, la que tiene que guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad (…) Si queréis ser hermanos, dejad caer las armas de vuestras manos. No se puede amar con armas ofensivas en las manos»..

Pero no basta con evitar la guerra. El Papa recordó que la Organización de las Naciones Unidas tiene una finalidad positiva: procurar que los Estados trabajen los unos por los otros. El valor de la paz se une así al valor de la solidaridad: «Es el ideal con que sueña la humanidad en su peregrinación a través del tiempo; es la mayor esperanza del mundo».

Además de desterrar la guerra, hay que evitar el hambre en el mundo. Como previendo las campañas que habrían de lanzarse sobre los pueblos en vías de desarrollo, advertía Pablo VI que la tarea de la ONU «consiste en lograr que haya pan abundante sobre la mesa de la humanidad…en lugar de disminuir el número de convidados al banquete de la vida».

Con razón citaba las palabras del profeta Isaías que pronto quedarían grabadas al pie de la estatua que acoge a los visitantes. Para que las armas de la guerra se transformen en herramientas para la paz, decía el Papa que es necesario renovar nuestras conciencias. «Ha llegado el momento de la conversión».

Por fin, Pablo VI prometía orientar la acción de las instituciones de caridad de la Iglesia a la lucha contra el hambre en el mundo, para colaborar así a la construcción de la paz. Con palabras valientes concluía afirmando que la civilización moderna sólo podrá asentarse sobre la fe en Dios.