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La forja de la identidad

¿Hay convenciones sociales que determinan qué es y qué no es patrimonio? y ¿De qué manera influye esta concepción en el diseño de la sociedad. El antropólogo José Luis Alonso Ponga considera que este concepto es cambiante y está en función de los intereses de grupo en que se desarrolla..


17/07/2017

 

cristina fanjul | león

La cultura vinícola, la explosión gastronómica, la lucha contra los toros... De qué manera se va generando en un país el poso patrimonial y cómo determina éste el modelo social que se genera son preguntas difíciles de contestar pero que generan nuevas cuestiones para la reflexión. El profesor de Antropología Social de la Universidad de Valladolid, José Luis Alonso Ponga, abre la conversación con una declaración de intenciones: «El patrimonio, al menos desde el punto de vista antropológico, es una convención social a través de la cual un grupo elige y pone de manifiesto los elementos culturales que le representan». El investigador destaca que ésta se construye mediante adhesiones colectivas e individuales que lo refuerzan. «El patrimonio visto desde esta perspectiva es cambiante, siempre está en función de los intereses del grupo», sostiene Ponga, que descarta que sea la colectividad la responsable de esta construcción mental sino las clases hegemónicas. «Luego sí, será el grupo el que las acepte o rechace, y en este caso, fracasarán».

José Luis Alonso Ponga defiende la identificación entre patrimonio cultural material e inmaterial y niega su distinción en que el calificado de material sólo lo es si es capaz de explicar a través de esa materialidad la cultura del grupo al que pertenece, y al revés. «No hay música sin instrumentos y una canción, para que se considere patrimonio tiene que ser conocida por mucha gente y para ello se requiere una puesta en acción en lugares precisos, en contextos determinados», precisa.

Materialización conceptual

La pregunta que llega a continuación es si la materialización de un concepto o un objeto en patrimonio es fruto del azar o, en cambio, tiene una direccional política. Para el catedrático, la extensión y distribución tiene mucho que ver con el poder persuasivo que tenga el encargado de distribuirlo. «La creación, pero sobre todo la difusión de elementos patrimoniales siempre está dirigido por intereses, que pueden ser políticos, religiosos, sociales, pero siempre con una fuerte connotación tanto económica como identitaria», sostiene. Así, Alonso Ponga se refiere a la creación patrimonial casi inmediata debido a la acción de los medios de comunicación. «La gastronomía como patrimonio es un invento que da buenos resultados. Se ha puesto de moda desde hace unos años, y se ha extendido por la sociedad como una mancha de aceite. Aparecen programas y programas en los medios de comunicación, casi tantos como de futbol, y lo bueno del caso es que todos siguen los mismo parámetros, todos siguen unas directrices que se venden como originales y únicas, pero son reiterativas. Un programa como Master Chef es un producto de grandes empresas de televisión, extendido por los países de cultura occidental, pero en cada uno de ellos se vende como original y propio del lugar. Algo así está pasando con recetas, con el vino y una largo etcétera», defiende.

En este sentido, rechaza que pueda hablarse de raíz patrimonial stricto sensu y lo explica a través de su origen humano. «El patrimonio es fruto de la cultura y la cultura sólo es patrimonio de los humanos, ya que sólo estos son capaces de crear, transmitir, recibir y hacer evolucionar lo recibido y transmitirlo a su vez modificado». Así, el antropólogo subraya su preferencia por la voz ‘patrimonios’ y defiende su convencimiento en que las masas sean capaces de acabar con nada que se considere patrimonial. «Otra cosa es que rechacen algo que hasta ese momento era considerado patrimonio y lo cambien por otra cosa. Pero una sociedad no puede vivir sin patrimonio. Cuando se llega a la destrucción de elementos patrimoniales, es que detrás de esto hay corrientes de pensamiento que empujan a los ejecutores a la destrucción de símbolos patrimoniales». José Luis Alonso Ponga ejemplifica su argumentación en la destrucción de símbolos religiosos durante la guerra o en la Desamortización de Mendizábal. Y es precisamente en este último en el que incide el catedrático debido al carácter vertical que tuvo la medida. «Los que tenían dinero, entre ellos muchos católicos practicantes, compraron los bienes de la iglesia y después convirtieron iglesias y monasterios en granjas y explotaciones agropecuarias, que produjeron la ruina de verdaderas joyas arquitectónicas», lamenta. En este orden retórico, sostiene que nadie ha colaborado tanto al expolio de los bienes muebles de la Iglesia como los sacerdotes postconciliares. «Interpretaron a su manera ciertas directrices del Vaticano II y se deshicieron de todo lo que en ese momento empezaba a ser caduco, viejo y trasnochado. Es muy difícil hablar en términos absolutos», reflexiona.

Originalidad patrimonial

José Luis Alonso Ponga destaca que tanto el concepto original como el de autenticidad se utilizan como categorías que no siempre responden a la realidad y se pregunta qué es original desde la perspectiva de lo patrimonial: « ¿Una pieza según salió de las manos del autor? Todos sabemos que cualquier elemento cultural se carga de significado y de historia desde el momento que nace. Una Virgen románica no nace como Virgen románica auténtica sino como una imagen que el artesano talló para ser adorada y reverenciada por los fieles», explica. Para el antropólogo la autenticidad es un concepto que introducen quienes —de nuevo— tienen poder para decidir, para nombrar las cosas. Así, Ponga defiende que si bien de forma general el patrimonio no se impone por la fuerza, quienes decretan que sea patrimonial tienen mecanismos para que los usuarios acepten sus posiciones.

falseamiento patrimonial

El profesor recuerda que cualquier patrimonio es plurisémico y destaca que esta es una de las razones por las cuales los responsables pueden activar cualquiera de ellos estableciendo niveles de categorías. Todo ello lleva parejo un cambio de significado. «Valdría el ejemplo que hemos utilizado antes de la Virgen románica. Una talla de la Virgen que la devoción ha cubierto con vestidos, mantos y joyas es una expresión del pueblo que vuelca su cariño sobre ella. Un día algún ‘culto’ descubre que es del siglo XII y decide que una joya de ese calibre no puede estar en esa iglesia, y la lleva al museo, al mismo tiempo decide que el pueblo tiene derecho a gozar de su patrona, hace una copia exacta y la coloca en el altar, pero entonces lo hace en toda su pretendida ‘original autenticidad’, o sea la Virgen tal y como salió de las manos del artista —sin ropajes, la madera vista en sus prístino colores—», ejemplifica. De esta manera, Ponga pone el dedo sobre la llaga de una de las discusiones intelectuales que más ríos de tinta ha vertido. destaca que ese acto ha cambiado el lenguaje y, por lo tanto, el valor patrimonial que tenía la imagen en la iglesia. «Los devotos se quejarán de que esa no es su Virgen, y quizás hasta pierda devotos. La original se coloca en un museo entre un bosque de otras similares y pasa a ser un objeto de un aburrido muestrario que interesa a muy pocos», lamenta. El catedrático añade que, de esta manera, el cambio del lenguaje ha cambiado el sentido del patrimonio. «Hay una frase de Marguerite Yourcenar que siempre me ha llamado la atención: ‘Nada hay tan pernicioso para las estatuas, que el cambio de gusto de sus admiradores’».

—De ahí que la copia, la creación en serie sea la siguiente de mis preguntas. ¿Son un bien patrimonial o Andy Warhol fue simplemente un comercial?

—Desde luego. Las esculturas griegas que han llegado hasta nosotros, en su mayoría son copias romanas. La denominada neocueva de Altamira es un bien patrimonial de primer orden. Si hablamos del patrimonio inmaterial relacionado con las fiestas, las tradiciones o el patrimonio religioso, entonces vemos con más claridad que la mayoría de estas manifestaciones se hacen por acumulación de elementos que son copias o remedos unos de otros.

La ruina podría ser también la mayor de las muestras patrimoniales de la humanidad puesto que trastocan, modifican el paisaje natural. «La ruina se ha convertido desde el romanticismo en un legado patrimonial, pero cobra todo su sentido cuando se la dota de significados. A veces se ennoblecen tanto que la ruina adquiere un valor superior al hombre y a su ecosistema, y estos se supeditan a los discursos creados sobre la ruina».

 

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