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LEONESAS DE AYER Y HOY BEGOÑA DEL POZO CARNERO

Las ingenieras que estrenaron el campo

 

marciano pérez -

Las ingenieras que estrenaron el campo -

02/10/2018

ana gaitero | león

«Yo también quiero al campo», dijo un día Begoña del Pozo a sus compañeros ingenieros técnicos cuando empezó a trabajar para la administración. El jefe del equipo miró a aquella mujer, la única de su departamento en muchos años, y le preguntó: «¿Sabes jugar a las cartas?. Y ella respondió: «No, pero aprendo».

Esta anécdota resume la determinación que tuvo Begoña del Pozo para abrirse camino como ingeniera técnica agrícola cuando aprobó la oposición. No recuerda si fue al julepe o al tute, pero con 125 pesetas que ganó en aquellas partidas se compró sus primeras botas de goma para ir al campo.

Begoña del Pozo ingresó en la Escuela de Ingeniería Agrícola en 1967 con la primera promoción. Las mujeres entraron con fuerza en la ingeniería técnica agraria en León. No fueron una ni dos. En la primera promoción se graduaron seis de veinte y en la segunda cuatro de treinta. La carrera se estrenó en León en 1967, en la Facultad de Veterinaria hasta que se terminaron las obras de la Escuela de Ingeniería Técnica Agraria que se levantó en terrenos donados por la Junta Vecinal de Armunia.

Begoña del Pozo Carnero fue una de las alumnas que accedieron a la primera promoción. «Éramos unas 17 entre más de 100 y nos ponían a todas en la misma fila», recuerda. Había hecho el bachillerato por Ciencias y le gustaba el dibujo lineal y tenía una cosa muy clara: «No quería dedicarme a la enseñanza, que era la tradición familiar».

Así que se fue a Agrícolas por descarte. Y ha hecho una carrera profesional de 42 años de servicio «muy satisfactoria», señala. En aquellos tiempos se accedía a la ingeniería técnica sin hacer el preuniversitario. «Venía mucha gente de fuera porque apenas había escuelas en España. Después de León se abrió la de Lugo y otras», recuerda.

Tras el primer curso en El Albéitar, pasaron al moderno edificio de la Avenida de Portugal (cincuenta y un años después en obras de reforma) que sobre todo tenía la ventaja de contar con «una espléndida finca» para las prácticas.

«Entré con la primera promoción y me gradué con la segunda porque en primero me quedaron dos asignaturas y no se pasaba de curso», explica. El campo le gustaba cada vez más y no dudó en trabajar duro para salir adelante como otras compañeras.

En la escuela, la mayoría del profesorado de aquellos comienzos era personal adscrito a los servicios de Concentración Parcelaria y Colonización Agraria. La presencia de las mujeres en estos estudios se consideraba una anécdota. «Yo me hice novia de quien luego fue mi marido en aquel curso y recuerdo que durante una visita el director, el señor Aguado Jolís, nos presentó como algo exótico: «Ya tenemos una pareja». Me moría de vergüenza», comenta al evocar la anécdota.

Al salir de la escuela, tras un verano trabajando en Teléfonica se enteraron de que había unas oposiciones al Irida (Instituto Nacional de Reforma e Investigación Agraria). «Fuimos a preguntar y nos atendió una mujer llamada Ana María, no se me olvida. Nos dijo que sólo había una ingeniera agrónoma en Asturias, pero que ya empezaban a llamar a mujeres y efectivamente nos llamaron para el examen de interinas». Su primer destino como interina fue La Coruña. Después convocaron las oposiciones y se presentó. «Aprobé con buena puntuación y me tocó Oviedo», recuerda. Pero al poco tiempo consiguió el traslado a Orense, donde estaba destinado su marido, también ingeniero técnico agrícola.

En La Coruña entraron dos mujeres. «A mi compañera, como había sido alumna del jefe provincial la enviaron a subvenciones y a mí me hicieron un gran favor porque trabajé en el campo que es donde se aprende», asegura. En Orense fue la única mujer durante bastante tiempo. «Me dejé querer y me mimaron un poco», apunta.

«Fui al campo e hice cosas igual que cualquier otro compañero. Me he considerado casi igual de capaz que los demás, en lo único que no era igual era en fuerza física», añade. Al principio, «no me dejaban ir sola, iba con el conductor y la gente se dirigía a él. ‘No, si la técnico es ella’, decía el conductor», cuenta. No se arredró ni para aprender a jugar a las cartas, que era una costumbre que tenían los ingenieros de aquella época al terminar la jornada laboral antes de ir para casa.

Tampoco para reclamar aquel complemento que desigualaba su salario con respecto a un compañero. «Don Francisco, ¿Por qué a él si y mí no?», preguntó al jefe. Le dijo que él era el único que ingresaba sueldo en casa y le hacía más falta y que en su casa trabajaba ella y su marido: «Pero yo madrugo igual y trabajo todos los días», argumentó ella. Consiguió el complemento cuando se lo dieron a todos los demás.

   
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