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El leonés que escapó de los vuelos de la muerte

Rubén Quesada del Reguero sale hoy de las sombras a las que el asesinato de sus padres le condujo las Navidades de 1977. Tenía 26 años cuando un comando de la muerte de Videla les secuestró. Pasó 24 horas detenido y ha permanecido los 33 años siguientes empalado en una cárcel de miedo y dolor. Cada día rememora aquella noche en la que la oscuridad viscosa del terror se le pegó a la vida

 

Rubén Quesada del Reguero, el pasado día 17 de diciembre en León. SECUNDINO PÉREZ -

02/01/2018

cristina fanjul | león

No sabe dónde estuvo, no sabe qué le hicieron durante las horas que permaneció secuestrado, aunque está seguro de que su madre falleció a los pocos días de ser detenida y su padre fue asesinado, lanzado al mar en uno de los tenebrosos vuelos de la muerte que el régimen de Videla proyectó para acabar con la vida de miles de personas entre 1976 y 1983. Él tuvo más suerte, si es que esa palabra puede ser utilizada para referirse a Rubén, Rubén Quesada del Reguero, leonés, nacido en Villablino en 1951 y emigrado de niño a Argentina, el único español en librarse de los centros clandestinos de detención en los que los militares argentinos encerraban a los presos políticos. Su vida ha estado marcada por esa noche, una sola noche en la que sus días se malograron para siempre. En el recuerdo, las imágenes de la infancia, una vida de emigrantes leoneses en Argentina, de trabajo duro —«mi padre era soldador y mi madre, modista»— con el que lograron levantar un negocio de carpintería y herrería de obra que el golpe laminó.

A Rubén se le agolpan los recuerdos, pero rememora con nitidez cada segundo de lo que ocurrió esa madrugada, la madrugada del 26 de diciembre de 1977. Dos días antes habían celebrado la Nochebuena en casa de los padres de su novia. Al día siguiente, Rubén viajó a Luján, un pueblo cercano a la ciudad en la que vivían y regresó a su casa alrededor de las dos de la mañana. Hacía calor. Tal vez por eso Rubén no conciliaba el sueño, aunque pudiera ser que a Rubén no se le fueran de la cabeza todos los amigos que ya por entonces habían sido detenidos, amigos que aparecían en los diarios argentinos y que no volvían a nombrarse nunca más. El terror sabe cómo borrar el rastro.

El caso es que Rubén no conciliaba el sueño. Poco antes de las tres el perro dejó de ladrar. «Escuche ruidos, pasos y gente murmurando. Sin prender las luces, espíe por la ventana y cuando vi quién era se me congeló la sangre». En el jardín de su casa había al menos diez encapuchados armados con ametralladoras y armas largas. Los gritos y las amenazas no tardaron en llegar y Rubén se abalanzó a la puerta de entrada. «Quería proteger a mis padres, pero me tiraron al suelo y a ellos les sacaron de casa. Nos encapucharon, nos metieron en una camioneta y se dirigieron a alta velocidad al destino que nos esperaba....»

Viaje hacia la muerte

El viaje que siguió a la detención estuvo marcado por el silencio que siempre impone la certeza de la tragedia. «Mis pensamientos y sensaciones fueron de pánico y desesperación en el poco tiempo que estuve alerta y consciente», recuerda después de casi medio siglo. Pasó muchas horas dormido a causa de las drogas que le dieron y se acuerda, ¡cómo olvidarlo!, de los gritos y llantos de los detenidos y los golpes con los que los militares los sofocaban. «A mí no me interrogaron ni una sola vez y a la noche siguiente me metieron a un coche, siempre encapuchado, me dieron un manojo de llaves que enseguida reconocí como las de mi casa y me soltaron en un pueblo llamado José Paz, a unos 40 kilómetros de la ciudad». Cuando le soltaron, les preguntó por sus padres. «Me aseguraron que les soltarían. No fue así. Ahí tome un autobús con algún dinero que también me dieron ellos, y llegue a nuestra casa bien tarde, ya el 27 de diciembre».

Al día siguiente, Rubén acudió a la policía local, al consulado español, a Cruz Roja, al consulado suizo y a Amnistía Internacional... Nada.

Los padres de Rubén, José Quesada Maestro y Guadalupe del Reguero Sánchez, habían llegado a Argentina en los años sesenta. Ella, natural de Rabanal de Abajo, en el valle de Laciana, era huérfana de madre. José, aunque zamorano, se había criado también en el valle, donde su padre había trabajado en la mina. Allí se conocieron, allí se casaron y allí decidieron que construirían su futuro en el país austral.

Rubén asegura que sus padres nunca estuvieron afiliados a ningún partido político. «Mi madre ni siquiera sabía quién era Isabel Perón. Pero mi padre no sabía cerrar la boca para expresar sus ideas políticas y enfureció a mucha gente del pueblo. Ya te darás idea como habla un antifascista», explica.

Los Quesada del Reguero fueron detenidos un año después del golpe. Durante todo aquel año, las desapariciones y asesinatos se sucedían, pero ellos nunca pensaron que pudiera tocarles. ¿Por qué? Puede que fuera porque en Argentina el fascismo había sido una ideología dominante. El propio Rubén lo explica de manera muy gráfica: «Yo, personalmente, no me preocupé mucho al principio, porque el gobierno de Isabel (Perón) era el más fascista y criminal de todo lo que había visto en 23 años en el país». Pero al poco tiempo todo cambió. Los nombres de amigos suyos comenzaron a aparecer en los periódicos, los militares tomaron el control de los medios de comunicación... «Todo se puso muy malo. Yo seguía visitando a mis amigos y mi novia en la ciudad una o dos veces a la semana y no había una sola vez en la que la policía y los militares me pararan y me pusieran el coche patas arriba. Hasta que el 26 de diciembre de 1977 nos tocó a nosotros»...

En Campo de Mayo

Julia Quesada narró a la directora de La Opinión de Zamora Marisol López que su hermano fue secuestrado junto a un sacerdote de Palencia. Ambos desarrollaron una clave con la que sabían que seguían vivos. El sacerdote gritaba ¡Palencia!, a lo que José Quesada contestaba ¡Zamora!. «Fueron torturados. Les aplicaban la picana, golpes de corriente o descargas sostenidas en contacto con las partes más delicadas del cuerpo, les arrancaban las uñas... Había lamentos desgarradores. El sacerdote logró salir y el día que le soltaron gritó de nuevo ¡Palencia!, pero ya nadie le contestó»...

La Comisión nacional sobre la desaparición de Personas (Conadep) constató la existencia de 340 centros clandestinos de detención, dirigidos por Altos Oficiales de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, en los que los detenidos eran recluidos, torturados salvajemente y en muchos casos, asesinados.

Los inhumanos y sofisticados métodos de tortura sistemáticamente empleados eran en algunos casos desconocidos en otras partes del mundo. Además de apaleamientos habituales, quemaduras, aplicaciones de corrientes eléctricas por todo el cuerpo, abusos sexuales, violaciones vaginales y anales, mutilaciones, ahogamientos y otros horrores, se describen varios casos de torturas de niños o ancianos en presencia de sus familiares a fin de que estos facilitasen las informaciones que pudieran conocer. Los cadáveres eran quemados, enterrados en fosas comunes con cal, arrojados en ríos o en el mar, o abandonados en vertederos sin documentación. En ocasiones, aparecieron con los dedos mutilados a fin de que no fuese posible su posterior identificación.

Rubén sabe dónde estuvo. A pesar de las drogas siempre permaneció alerta. «Nos llevaron a Campo de Mayo. Lo sé por el olor a humedad, a campo, y porque en todo momento pude oír el sonido de un arroyo y de un tren eléctrico». Todo ello, unido al ruido constante de los aviones, hizo que en menos de una semana descubriera el lugar, uno de los principales centros clandestinos de detención (CCD) que se utilizaron para ejecutar el plan sistemático de desaparición de personas de la dictadura, un plan al que se denominó de manera eufemística Proceso de Reorganización Nacional.

A Rubén le soltaron, una decisión que siempre le ha atormentado. «Conmigo se equivocaron. Me dieron unos zapatos muy caros y pensaron que yo no era un preso cualquiera, que era la víctima de un secuestro». La policía de Videla mantenía una red criminal paralela. Se lucraba a través de la extorsión de ciudadanos adinerados, que pagaban por recuperar a los suyos. Así que el sistema de anulación de la identidad con la que se gestó el genocidio argentino y unos simples zapatos fueron los que salvaron la vida de Rubén. «No lo digo yo, fue lo que me dijo años después el vicecónsul», destaca. «Nunca tuve noticias de ellos, nunca más», dice con tristeza, y añade que no ha logrado, después de más de cuarenta años, asimilar todo lo que le ocurrió. «Nunca me recuperé. Todos los fracasos que tuve en mi vida después de ese día se debieron a que no supe, no pude o no quise recuperarme. Algunas personas somos así. Me enojé con todo el mundo. Deje de creer en la gente, Misántropo? llámalo como quieras. Dejé de tener amigos allí en Argentina y ya no confíe en nadie nunca jamás, hasta el día de hoy», sostiene.

Y es que Rubén, lejos de amilanarse, dedicó los siguientes años de su vida a descubrir qué había pasado con sus padres. Acudió a la policía para denunciar la desaparición. «Nunca dejé de revolver el avispero, aunque me advertían de que un día me pegarían un tiro», rememora, al tiempo que explica que las advertencias de amigos estuvieron entre las razones por las que abandonó el país. Lo hizo sin dinero, con el billete del avión pagado por un amigo que le ofreció trabajo en Estados Unidos. De ilegal, claro. Nunca heredó nada porque sus padres nunca fueron declarados muertos. A finales de 1982 regresó a Argentina y tres años después se fue para no volver nunca más. «Las únicas víctimas no fueron los asesinados y sus familias», dice con tristeza. Rubén subraya que el país se sumió en un estado de locura colectiva. En Nueva York conoció a un paisano que le confesó haber presenciado uno de los vuelos de la muerte. Era mecánico en Palomar y una mañana pidió que le llevaran en uno de los viajes ‘de reconocimiento’ que cada día veía despegar. «De repente vio cómo tiraban a decenas de hombres y mujeres al mar. Me confesó que esa noche se le fue la cabeza», rememora Rubén, que añade que los recuerdos le llevaron a morir a los pocos años de una sobredosis.

A pesar de su pasaporte español, Rubén nunca recibió ayuda de la embajada, tampoco de las Madres de la Plaza de Mayo. «Me preguntaron si era peronista y cuando les dije que no, me invitaron a que me fuera. Son unas fascistas», dice con desprecio.

El miedo sigue

Rubén sostiene que muchos de los militares y policías que colaboraron con Videla están en Estados Unidos. «Se dedican al negocio, ya te imaginas», dice con amargura. «A veces, cuando vivía allí y leía que habían matado a un argentino en Miami, sabía perfectamente de qué se trataba», dice para explicar que, incluso en Estados Unidos, su vida nunca ha dejado de estar en peligro. Rubén es un hombre agotado, agotado por el miedo, por la tristeza, por una vida en la cuerda floja, por la incertidumbre, por la derrota...

—¿Piensas en tus padres? le pregunto. Rubén se acaba de poner las gafas de sol para que no se le vea la conmoción interior que le acabo de provocar, como si el tiempo se hubiera detenido aquella noche, la única noche de su vida.

—«Todos los días», dice, y lo repite con la voz entrecortada. «Cada día de mi vida», exclama mientras esquiva mi mirada. Fuera, los transeúntes pasean con prisa por la avenida de Roma, ajenos a la tiritona emocional de Rubén, que antes de despedirse me explica que su madre le puso Rubén por Rubén Darío.

José Quesada Maestro junto a sus dos hijos, Rubén, a la izquierda, al poco de llegar a Argentina.