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LEONESAS DE AYER Y HOY | JULIANA GÓMEZ FERNÁNDEZ

La monja que enfadó a los ‘barones’ leoneses

 

vida leonesa / la dictadura de primo de rivera en león -

09/01/2018

ana gaitero | león

Que a una monja la defiendan las corrientes de opinión de izquierdas y sea atacada por las que representa a la iglesia no parece lo más lógico. Fue lo que sucedió en los años 20 del siglo pasado con el caso de sor Juliana.

Juliana Gómez Fernández, la superiora de las Hijas de la Caridad que llegó a León en 1919 para ocuparse del Asilo de Beneficencia Municipal y renunció a los hábitos para seguir al frente de esta institución cuando en 1924 la orden abandonó el asilo municipal.

El personaje ha sido rescatado del olvido por los historiadores Víctor del Reguero y Wenceslao Álvarez Oblanca en su serie sobre los años previos a la Guerra Civil, distribuida por Diario de León. Dentro del tomo dedicado a La dictadura de Primo de Rivera en León aparece el apunte De Sor Juliana a doña Juliana.

Nacida en Ávila en 1869, habría llegado a León con 50 años de edad para ponerse al frente del asilo municipal, que el Ayuntamiento de León, abrió en 1915 en el naciente barrio de San Mamés. La gestión al frente de la institución de nueva creación le valió las simpatías de los gobernantes municipales, de modo que cuando en 1921 el superior de las Hijas de la Caridad órdenó el traslado de las hermanas, «el Ayuntamiento escribió a la orden pidiendo que Juliana se quedase», apuntan los historiadores.

Las Hijas de la Caridad se fueron el 7 de noviembre de aquel año, pero se quedaron sor Juliana Gómez y sor Teresa de Jesús, añaden. El alcalde, Isidro Alfageme Alfageme, y la comisión de Beneficencia que integraban Demetrio Zorita, Miguel Carro y Santiago Solsona acordaron contratar con Juliana Gómez el servicio directamente, con un cargo «único e inamovible», añaden.

La monja tuvo que colgar los hábitos ante lo que a todas luces, en una sociedad cerrada como la de entonces, se consideró un escándalo por parte de los influyentes ‘barones’ leoneses. Curiosamente, el mismo Demetrio Zorita que estaba en la Comisión de Beneficencia fue uno de los próceres de la ciudad que firmó un recurso en contra de tal decisión en octubre de 1922.

El episodio no tiene desperdicio puesto que provocó una ardorosa polémica en la prensa local, con escritos a favor y en contra con artículos a favor de sor Juliana en La Democracia y en contra en Diario de León. Criticaba Bonifacio Rodríguez en el rotativo católico que se le dieran a la monja en el contrato «atribuciones omnímodas» y «derechos lesivos para el interés público sin que le hayan impuesto obligaciones o deberes que cumplir». El artículo anónimo de La Democracia, por su parte, tilda de reaccionarios a los promotores del recurso, que además de Rodríguez son el citado Zorita, Antonio López Robles y Fortunato Vargas Zamora.

«Tú si que has salido para demostrar que de algún modo hay que pagar a la incomparable superiora el gesto admirable de faltar a sus votos de obediencia», escribe Rodríguez, quien habla ya de la monja como «doña Juliana» y viene a culpar al Ayuntamiento de que las Hijas de la Caridad salieran del asilo municipal. El concejal reprochaba que se adjudicara por diez años el «sagrado servicio» de la atención a ancianos «sin más garantía ni más obligaciones, que la libérrima voluntad de una señora».

Según este edil, todos los servicios que excedieran las 2.000 pesetas anuales de presupuesto debían de salir a subasta pública, alegando que eran razones de esta índole las que movían su posición en contra. Por el contrario, acusaba a los partidarios de doña Juliana en La Democracia de moverse por intereses políticos.

El caso es que doña Juliana no sólo permaneció al frente del asilo en los diez años siguientes sino que su labor fue reconocida con la Orden de la Beneficencia en 1924, lo que motivó una nueva campaña de prensa de partidarios y contrarios.

La labor, con todo, perduró más allá de los diez años de aquel contrato y posiblemente hubiera continuado de no haber sido por la Guerra Civil.

Con la llegada de la II República, la mujer pasa a ser designada como empleada municipal por el alcalde Miguel Castaño y en 1934, con ocasión de los sucesos revolucionarios, es de nuevo condecorada por su labor patriótica. Así que no es de extrañar que tras el golpe militar de 1936, como apuntan Oblanca y Del Reguero, sufriera persecución del nuevo régimen. Su generosidad con los facciosos no le sirvió de mucho y eso que donó un reloj de oro con diamantes y cadena de oro para la causa.

Juliana Gómez fue destituida en diciembre de 1936 como directora de la Beneficencia y encausada en un procedimiento por malversación en 1938. En 1941, quedó libre de cargos por una sentencia del Tribunal Supremo. Falleció a los 79 años en 1948. En su esquela figuran las condecoraciones que había recibido. Además de la Cruz de Beneficencia de Primera Clase y la Cruz del Mérito Militar, se incluye la Medalla de Oro de la Cruz Roja Española. Los acontecimientos por los que discurre su biografía denotan que Juliana Gómez fue una mujer de gran personalidad.

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