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EL AULLIDO

Tomás Sánchez Santiago

 

LUIS ARTIGUELUIS ARTIGUE 27/01/2007

UNA VEZ, en aquellos tiempos de entrega y palpitaciones que eran inicialmente los jueves del Bar Ekole, el poeta zamorano y de aquí Tomás Sánchez Santiago vino a la penumbra de la tertulia del Club Leteo con sus versos desgarbados como quien nos advierte así de que la elegancia es principalmente algo interior. Nunca he sabido decírselo pero entonces leyó igual que un padre que reprende amorosamente, sí, aquello inolvidable que empieza diciendo: «Cuando escribes te manchas de ti mismo./ Y pones oscuridad y aire atacado/ cuando respiras encima/ de lo que nombras¿». Ahora acabo de leer el último libro de poemas de este autor titulado El que desordena (Dvd ediciones) y me lo he encontrado ahí, advirtiéndome, preguntándome si yo aún sigo siendo de los míos: «Esto ya no consuela y debes aprender/ otras maneras/ de enjuagarte¿». Un libro escrito así, con finura moral y fe contagiosa en la poesía y su capacidad para cuestionárselo todo y reordenarlo todo, no sólo nos libera de dogmatismos sino que tiene aún el poder de ponernos ante nosotros mismos para que hagamos repaso con piedad y autoexigencia. Sí, mezclábamos el humo, el jazz y las triangulaciones amorosas. Bebíamos besos. Fumábamos flores. Idolatrábamos el cadáver de Rimbaud... Éramos aprendices de desertores del lenguaje con miedo del futuro laboral, pero teníamos la poesía que nos hacía distintos; la poesía «donde arde sólo la sangre/ silenciosamente,/ donde arden los labios recién mordidos/ invitando a encender un poco/ -un poco más-/ el mundo». Creímos que todo estaba dicho pero quedaba mucho por hacer, e hicimos. Nos entregamos. Nos desgastamos. Apuramos casi hasta el límite la amistad y el resto de nuestros vínculos y ya apenas queda el vínculo de la poesía; de esa poesía «que abre por el centro las palabras/ en busca de otra luz/ y pulsa todos los timbres prohibidos» por decirlo con otro verso de este libro. Y es que se puede decir un poco todo con un verso de este libro raro como todo lo que importa; de este libro impregnado de extrañeza radical. En él encontramos ese lirismo cifrado y exigente que entonces nos movía y conmovía; ese lirismo heredero entre otros del último Gamoneda que nos abrió los ojos y los abrazos cuando lo compartíamos todo porque no teníamos nada; esa poesía densa que cuestiona lo real y lo exacto al advertirnos de que existe la intuición y es una vía de conocimiento; de que existe ese otro discurso exigente, imaginativo y visionario que va más allá de la lógica y hasta la sustituye por lo emocionante inexplicable. La poesía tiene eso: nos ayuda a distinguirnos a nosotros mismos en medio de nuestro contexto, y nos invita después a una postura honesta y coherente en medio de la dictadura de la vanidad, el éxito, la pose, la exterioridad y la falta de alma al fin y al cabo¿ Sí, en medio de todo eso que está hoy de moda y nos circunda. Un libro como éste pues, ahora que los de entonces ya no somos los mismos, nos pregunta en definitiva si por fin somos quienes quisimos ser: «Nadie vigila/ el difícil estar del habitante/ entre los relámpagos de la simpleza./ Y a nada aspira él:/ no hay valor ni victoria,/ ni la gamuza de las mitigaciones,/ ni las inmediaciones de la notoriedad./ Pero en el curso de todas las conductas/ -rosa, manzana, aliento-/ hay una mejoría/ que no es afán, no es interés,/ no es un cálculo amargo de condecoraciones:/ hay una relación/ política.». Debería existir una forma de devolverle a la poesía todo lo que nos ha dado. Acaso más allá de los premios a estrellas internacionales, los eventos realizados prensando en conseguir subvenciones públicas e influencias y las ambigüedades políticas, seguir leyendo apasionadamente libros como éste sea una forma de hacer eso; devolverle a la poesía un poco de su mucho¿ En fin.

   
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