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CRÉMER CONTRA CRÉMER

Un hombre bueno

 

VICTORIANO CRÉMERVICTORIANO CRÉMER 26/01/2006

ANDRÉS SUÁREZ Suárez era un hombre bueno. No abunda esta clase de seres en un mundo como el nuestro tan agitado, tan convulso y arisco. Días pasados los restos de Andrés Suárez fueron depositados en los jardines de la Universidad de León. Sin Andrés Suárez tal vez este centro superior de enseñanza civil no hubiera sido posible. La Universidad de León se hizo, merced a los esfuerzos y vocaciones de tres hombres singulares: Hurtado Llamas, el último hombre benemérito de su tiempo, Cordero del Campillo, uno de los pocos sabios que en el mundo han sido y Andrés Suárez, hombre bueno y constante, para el cual resultaba inconcebible el grito, la iracundia, y la perfidia. Andaba el que suscribe por las crestas de la vida leonesa cuando, entre otras señales, la cultura nacía y se mantenía gracias a la Facultad de Veterinaria que ha sido el germen real del progreso intelectual del León moderno, cuando tuve la suerte de establecer contacto con Andrés Suárez, un hombre silencioso amable, generoso y sabio en el concepto más puro del término. Sabio, -parecía proclamar- no es el que se carga de titulaciones y alardea entre el vulgo ignorante y asombrado, de emblemas ganados en la plaza pública. Andrés Suárez había alcanzado, sin prisa pero sin pausa, sin perder ni el estilo ni la sonrisa, los títulos de mayor rango, desde las cátedras de Agricultura y Economía Agraria, hasta la fundación de la Estación Experimental Agraria. Y la Universidad, le otorgó la medalla de oro que se había ganado día tras día, sin algarabías retóricas, sin seguimientos tortuosos, limpiamente, seriamente. Porque la bondad que le acreditaba no se significaba abandono de los derechos inherentes a su condición de hombre de su tiempo. Andrés Suárez fue sin duda al primer liberal de su hora, y su liberalismo alcanzaba a los seres más necesitados de comprensión y ayuda. Allí donde la autoridad no llegaba aparecía siempre que se le requería la mano salvadora de aquel maestro limpio de corazón caballero sin tacha y sin apego a maniobras torpes para alcanzar lugares de privilegio. Hasta que un día del mes de mayo del año 2005, que fue año desdichado por muchas y graves razones, se dejó convencer de que estaba llamado para el último tranco de una carrera profesional brillante y la biografía humana digna de ser registrada en los anales de la ciudad. Su enterramiento fue justamente lo contrario de lo que García Lorca registraba en su poemario: acudieron gente con el corazón en la cabeza, sin algaradas oficiales, sin discursos resonantes: a la delicada sombra de un jardín de la sabiduría, con su compañera del alma, compañera, sus hijos y unos pocos amigos. Y se hizo el silencio. Y la ciudad entera percibió claramente que algo importante y realmente doloroso había acontecido. Pasará el tiempo estriadamente establecido para la duración del recuadro y la figura serena, limpia, generosa y sabia de Andrés Suárez seguirá proyectándose sobre las losas históricas de León. Y vendrá el olvido y quedará clavada la tierra y en el corazón de los leoneses la sombra benemérita de Andrés Suárez, un hombre bueno.



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